La autogestión no significa auto-sustentabilidad
Edén Coronado
Pensando una sociedad construida con base a derechos y no a dádivas, es que lo concerniente al disfrute, a la imaginación, y en suma a la construcción de un sujeto social determinado por el pensamiento crítico, que la cultura y el arte son consustanciales a un ideal de nación. Ante el apoyo a la creación como instrumento de política pública se establece la responsabilidad del Estado Mexicano en el desarrollo y fortalecimiento artístico. Por tanto, este apoyo, no es un fin en sí, sino el mecanismo por el cual, se garantiza el derecho cultural, es decir que es una forma más de construir ciudadanía.
Apenas a finales del siglo pasado, la ampliación de modelos, programas y acciones del financiamiento público estatal a la cultura, significó el rompimiento de los sesgos de la discrecionalidad, los instrumentos de cooptación política o mercantilización, vicios propios de buena parte de las instancias públicas de cultura tanto nacionales como locales; sin embargo, es imperioso recordar que buena parte de este mejoramiento ha sido producto de luchas, esfuerzos e incidencias de las comunidades artísticas y muchas de las veces, oponerse a la ofensiva institucional que no es propia de un partido político, sino del poder y su sistemático desencuentro con el sector artístico.
A la par de esta incidencia, y fieles al espíritu de la autogestión, en los últimos años hemos vivido una proliferación de espacios culturales autónomos que buscan dar cobijo a los proyectos artísticos propios y de las comunidades culturales que les rodean, así como atención a una gran cantidad de públicos que quedan al margen de la oferta institucional o privada. Por tanto, la preocupación más vital para estos emprendimientos escénicos, más allá de sus diferentes formas de organización, poéticas o discursos artísticos, es la del sostenimiento a mediano y largo plazo; por encima de lo que implica producir una obra, girarla, o sostenerla en cartelera.
Aquí es donde resulta fundamental aclarar la nomenclatura, porque la autogestión no significa auto-sustentabilidad. En prácticamente todo el mundo, las artes escénicas, particularmente el Teatro y la Danza con fines artísticos, son imposibles de auto sostenerse a largo plazo y lo mismo sucede con los espacios autónomos que las acogen. Un ejemplo: ante lo que cuesta una producción teatral profesional de pequeño formato y lo que puede generar en taquilla en un espacio como el nuestro (con un aforo de 72 espectadores) las cuentas simplemente no dan. Ahí reside la necesidad de la participación estatal, si no queremos supeditar lo público a lo privado. Dicho de otra forma: subvencionar el boleto del espectador con la participación estatal o por los creadores con nuestro propia precarización.
Sabemos que los recursos del Estado nunca serán suficientes, por lo que la cuestión no se trata de si “becas” o no; o si más postulantes que sólo engrosan las cifras del descarte, sino ¿para qué?. ¿Qué potencia el financiamiento público en los proyectos que ya existen y qué implicaciones tiene dejar a su suerte a ese caudal de emprendimientos a lo largo y ancho del país? ¿Qué perdemos como sociedad ante el cierre de los teatros, la desaparición de las agrupaciones artísticas, y la falta de futuro para las nuevas generaciones?
Si la respuesta a estas incógnitas no es el desdén, lo que queda es la necesidad de más presupuesto al desarrollo artístico (sin ello, no hay política pública eficaz) así como la ingeniería de nuevos instrumentos para el funcionamiento de compañías y espacios autónomos, no los recortes.
* Leído en la mesa Economía cultural y creativa dentro las Reuniones de consulta hacia el Programa Sectorial de Cultura. Monterrey, NL a13 de enero 2024.
