Lectores frente a la escena

Imanol Martínez
Textos que se comprueben en la escena. De eso se trata. Por más de diez años el Festival -antes Muestra- de la Joven Dramaturgia ha acercado los textos de nóveles autores a la escena, su terreno propio. Y en ese traslado éstos se confirman o dejan ver los márgenes a mejorar para poder ser traducidos en lenguaje físico, lumínico y sonoro. Se trata, la mayoría de las veces, de textos que arriesgan en su forma y sus alcances como si la juventud –esa que lo avala desde el nombre— permitiera un margen de sana imprudencia. Páginas que se expanden para luego volver al folio trabajado, calculado y medido, y luego al párrafo, y luego a la frase y luego a la palabra. Hasta que el formato arriesga sólo lo necesario, y la estructura obedece a la imposibilidad de contar esa historia desde otro sitio.
Vuelve a ser verano y el Foro del Museo de la Ciudad es, un año más, el territorio desde el cual se aproxima al paisaje de la dramaturgia en el país. Procedentes de diversos estados, las más de cien obras recibidas en la convocatoria de este año —entre setenta textos y treinta carpetas- confirman que en México la escena pasa por un buen momento nutrido por un empeño—el cual acaso oculta cierto empecinamiento— que, sin embrago, sigue siendo inexplicable: continúa habiendo, y en buen número, quienes se quieren dedicar al precario oficio de escribir, y, aún más, a la periferia del mismo, la dramaturgia.
El Festival es un diálogo. En él, los talleres y mesas de reflexión crean redes alrededor de los textos; son espacios para la reflexión desde la escena y la escritura. En esta ocasión David Olguín, Alberto Villarreal, Adrián Vázquez y Luis Santillán —un póquer envidiable del teatro mexicano— estarán a cargo de los talleres que convivirán con una programación en la que puestas en escena y lecturas dramatizadas lo mismo abordan las muchas y extrañas formas que tienen las relaciones personales, la mirada polimórfica de la ciudadanía o la sangre que hierve bajo la violencia inexplicable. El mapa de un territorio, el nuestro, con las nuevas voces que lo desentrañan.
Participar en la programación le permite a uno fungir como lector frente a la escena, hallar en las palabras cierta materialidad y cierta urgencia por habitar el espacio físico bajo las luces. Lo acercan a uno ante un panorama que muestra que el teatro sigue siendo el eco de las inquietudes compartidas, el espacio común y, afortunadamente, el sitio para el diálogo que propicia la ficción. Van trece años en que la joven dramaturgia halla en Querétaro un escaparate o sala de pruebas, trece años en que las voces siguen sumándose, los mismos trece años que confirman que el diálogo que es el teatro es nuestra particular forma de explicarnos lo que está frente a nosotros.
