Teatro y utopia
En el municipio de Ahome, cuya cabecera es la ciudad de Los Mochis, Sinaloa, existe un teatro espectacular para mil 200 espectadores que tiene un lobby en el que cabrían dos mil vacas cómodamente apacentadas, sólo en el vestíbulo del teatro, obra del afamado arquitecto mexicano, José Moyau. El recinto, inaugurado en diciembre de 2016, con una mentirosa inversión de 595 millones de pesos, por el saliente gobernador del estado, Mario López Valdez, ocupa parte del ingenio azucarero que fue el dulce combustible que propició el surgimiento de una ciudad gringa en México, que tuvo su cimiente en la utopía (*)..
Sucedió que en 1872 el ingeniero civil, Albert Kimsey Owen, llegó a la bahía de Ohuira, al noroeste del territorio que ahora ocupa el estado donde nació Osca Liera, para trazar las vías del ferrocarril con el que Porfirio Díaz conectó aquella remota zona del pacífico mexicano con el centro del país. Como Kimsey había leído a Charles Fourier, en esos menesteres imaginó una ciudad en la que el hombre no fuera el lobo del hombre y la llamó: Pacific City. Ya que los sueños convocan soñadores, llegaron a esa playa un buen número de “socialista utópicos” que practicaron una economía comunitaria, dándole vivienda al desposeído, comida al hambriento, trabajo al desempleado. Como genuinos utopistas, le pagaban igual a un médico que a un estibador, y eso los llevó a la ruina. Se esfumó Pacific City y nació Topolobambo.
Como aquel caluroso falansterio duró 30 años, a la hora de la dispersión algunos ciudadanos estadounidenses aprovecharon el clima de la región para fundar un ingenio cañero en las antiguas tierras de los cahitas, que fue el origen de Los Mochis, o tierra de tortugas, en el idioma de aquellos primeros pobladores. Actualmente ese territorio es uno de los graneros del país y mar de cultivo del camarón de exportación. Su pasado gringo se refleja en las antiguas construcciones de la ciudad, en la hora de la comida que es la hora del lonche estadounidense, en güeras y güeros de rancho y en la intervención de la iniciativa privada en la administración de la cultura.
Volviendo al teatro, que ocupa 10 mil 466 metros de terreno y tiene un volumen de construcción de 22 mil 671 metros cuadrados, lo que se descubre tras su magnificencia es que al contrario de la utopía comunitaria que buscaba la igualdad y la fraternidad de la colmena humana, éste prodigio de la tecnología provoca lo contario. Ergo; los artistas locales tienen prohibido acceder a sus instalaciones, salvo que tengan los 50 mil pesos diarios que cuesta ocupar la sala grande. Hay un auditorio de 260 butacas que se puede rentar en 20 mil pesillos pero no está terminado y tiene un grave problema auditivo, al contrario de la gran sala que se precia de ser uno de los recintos con mejor acústica del país entero.
El teatro se construyó con presupuesto público, federal y estatal, y en cuanto se inauguró, el gobernador saliente se lo cedió al municipio y el municipio se lo dio en comodato a la Impulsora de la Cultura y de las Artes, que también administra el Trapiche, un museo interactivo, y el Centro de Innovación y Educación, donde ocurre la vida política, social y cultural de los Mochis. Tan solo en los tres días que duró mi curso de periodismo cultual, ahí se dio el debate de los candidatos a la presidencia municipal, un festival de cine estatal, una exposición de Toledo, varios eventos estudiantiles y una conferencia del sujeto que escribe, que será recordada porque la audiencia en pleno terminó de pie, gritando, como poseída por el demonio de la alegría, con “la mirada abierta”.
En la cantina más próxima al ágora mochiteca, donde sólo se beben, “ballenas del Pacífico”, se habló libremente sobre el altruismo de la clase pudiente que aprovecha la inversión pública para pararse el cuello. Se dijeron cosas duras al respecto, algunas muy ciertas, pero estando de acuerdo con la crítica de mis camaradas de antaño, cuando pregunté qué habría sucedido si el municipio se queda con el teatro y lo administra, la respuesta fue contundente.
-No, pus sí.
Los cómicos de rancho sabemos la precariedad de los funcionarios culturales de los estados y particularmente de los municipios, donde es infame la atención que se presta a la cultura, con las excepciones del caso. Los Mochis es una población atípica, profundamente regional y extrañamente gringa. Se come al horario anglosajón pero comida sinaloense. El trazado original del pueblo es cuadricular y geométricamente expandido en su primer cuadro, pero no tiene zócalo o plaza pública, a la manera española y mestiza.
Una ciudad que nació de la utopía debería tener un teatro utópico, y en cambio, tiene un teatro espectacular que no le da la oportunidad a toda la gente de ir al teatro, porque el costo promedio del boleto es de 600 pesos. Si la cultura no es de todos no es nadie, parafraseando a Octavio Paz. ¿Pero si es de todos quién paga el mantenimiento, que es monstruoso?
Son las paradojas del mundo real, si existe .En el otro, el imaginario, se podrían sembrar hortalizas en los ciento de metros cuadrados del vestíbulo, acaso una parcelita de mota medicinal; varias familias podrían vivir en los palcos laterales y como la butaquería desaparece automáticamente y el foso de la orquesta surge como por arte de magia, se podrían organizar tocadas de cumbia, regetón y jazz cañero, en honor a los trapiches de alcohol de caña que perjudicaron a tanto mochiteco con la ilusión de la felicidad. Si esto no es teatro expandido, no sé qué más pueda hacerle honor al nombramiento.
(*) La extensión de terreno, la considerable cantidad de metros construidos y el diseño arquitectónico del teatro, hacen inverosímil la inversión declarada por el gobierno de MALOVA. Como el cierre del Ingenio Azucarero y la construcción del teatro fueron severamente criticados por los mochitecos, es probable que esta vez, en lugar del inflar el presupuesto, lo disminuyeran. Teatros ostentosos como los de Tamaulipas, pero no tan amplios y bien equipados, costaron el doble del Teatro Cañero, diez años antes.
(**) En 1879, Porfirio Díaz de pidió al ingeniero Kimsey un proyecto para drenar el Valle de México, conocido como el Canal de Texcoco y Huhuetoca. Aquel utopista fue el primer depredador imaginario de la alta meseta mexicana.

16 julio, 2018 @ 9:25 pm
Excelente redacción y muy buen contenido 🙂
16 julio, 2018 @ 9:28 pm
es una información que sin duda nos deja ver mas a fondo esta hermosa cultura teatral.
Sigan así y éxito en lo siguiente.