Entre la espada y la pared
Fernando de Ita
Por andar demostrando lo evidente: «que la comunidad es primaria al premio», como escribe Rubén Ortiz, hasta hoy puedo leer con calma las penetrantes reflexiones que hace a partir de la protesta por la forma en que se otorgó el Juan Ruíz de Alarcón. Su hilo de pensamiento es brillante y demostrativo del problema de fondo de las políticas públicas para el campo cultural. Por demasiados años el Ogro Filantrópico ha sido el dador de bienes y prebendas, de manera que en una relación vertical, quien está más cerca de la fuente nutricia recibe más agua para su molino.
Paradójicamente, las becas del Sistema que en un principio fueron la donación del Príncipe a las figuras emblemáticas y en esa medida cercanas al poder, ahora resultan una de las más cómodas formas de independencia del donado para con el donador. En el área de teatro, algunas de las críticas más duras en contra de los manejos del FONCA y de la burocracia cultural provienen de sus becarios. Aunque comparto las conclusiones del estudio de Patricia Chavero y Tomás Ejea que menciona Rubén, sobre la iniquidad de sus resultados.
El día que le pedí a Consuelo Saizar una ayuda económica del CNCA para el trasplante de riñón de Legom, apareció en El Financiero una diatriba firmada por mí sobre la discrecionalidad con la que se manejaban los apoyos en el Consejo. Públicamente condenaba la decisión unipersonal para favorecer a un artista y en privado pedía una excepción a la regla. La moraleja es que el estado de cosas que describe impecable e implacablemente Rubén Ortiz (en la nota escribe Una comunidad incapaz de distinguir lo esencial de lo evidente nos pone entre la espada y la pared. Como el poeta Jaime Sabines o el ingeniero Gabriel Zaid, habría que trabajar para el sustento en algo ajeno a las letras y el teatro para no pedir ni esperar nada del Poder Cultural. Cuando sólo se es capaz de escribir y hacer teatro las becas, insisto, son una forma de independencia, aunque en sustancia sólo contribuyen a la alienación y el quebranto de la comunidad cultural, como concluye Rubén.
Dentro de esta esquizofrenia, de algo sirve no quedarse callado ante los hierros de la burocracia cultural, que no entiende de razones y argumentos cuando son en su contra. Como también dice Ortiz, para la mayoría de los funcionarios, quien se opone a sus mandatos es un grillo y quien protesta un resentido, un revoltoso. Un alto funcionario del INBA se quejaba del lenguaje que usé para protestar por la formación de un jurado para el Premio Juan Ruíz de Alarcón, tan identificado con la CNT. Le respondí que si las palabras ofendían, más ofendían los hechos. Pero no escuchó. Ése es el problema. Mejor dicho, el nuestro; hacernos oír. Y para ello tenemos que articular un discurso común. Por lo pronto, el más urgente es el de la seguridad social para los artistas, como propone Antonio Zúñiga.
Comentario recuperado del panel de comentarios de la nota: Una comunidad incapaz de distinguir lo esencial de lo evidente
