Apuntes fotográficos sobre la 45 Muestra Nacional de Teatro
Texto y fotografías: Gabriel Monroy
Estar de nueva cuenta en la Muestra Nacional de Teatro me permite seguir explorando la manera de capturar la emoción que atraviesa al intérprete en escena. Busco que cada imagen conserve algo de ese instante compartido con el público: una emoción, una acción que se congela, un momento que no se repite de la misma forma. Durante las funciones, intento interpretar lo que la directora o el director buscan transmitir, pero también dejo que las fotografías se abran a nuevas lecturas, como si cada disparo pudiera inventar un escenario paralelo al que ocurre frente a mí.
El registro profesional dentro de la Muestra es más que un documento visual, es una forma de acompañar el proceso escénico. Las imágenes permiten recordar, comparar, volver a mirar. Guardan fragmentos del acontecimiento teatral que, una vez terminada la función, solo sobreviven en la memoria de quienes estuvieron ahí.
Durante diez días me sumo a la experiencia del espectador. Me muevo entre la oscuridad buscando no interrumpir la atmósfera que las compañías construyen. No se trata de desaparecer, sino de aprender a estar sin alterar el ritmo de la obra. Mirar desde ese silencio es parte esencial del oficio: escuchar la escena, anticipar sus pausas, entender cuándo la cámara tiene permiso de entrar.
No todo debe ser fotografiado. Hay instantes que pertenecen al silencio que propone la dirección; momentos que deben quedar solo para el espectador. En esos pasajes, más que disparar, me corresponde escuchar y respetar la intimidad de la escena. Elegir no fotografiar también es una decisión artística. Con el paso de los días, la mirada del fotógrafo escénico se afina. Después de recorrer obra tras obra, la lectura corporal se vuelve más precisa, la anticipación más aguda y la relación con la luz más intuitiva. Cada puesta en escena representa una incertidumbre técnica: iluminación tenue o explosiva, vestuarios vibrantes o completamente opacos, cambios bruscos de atmósfera. Cada una exige reconfigurar la cámara, reentrenar la mirada y adaptar la sensibilidad.
A la par de este reto técnico, el teatro mexicano recuerda su propia urgencia. No solo busca entretener: confronta, cuestiona, denuncia, visibiliza. Las obras hablan del país, de sus ausencias y sus tensiones, de las comunidades que habitan y resisten. Fotografiar estos temas es comprender que la imagen no solo registra: también dialoga con los discursos que se están sembrando en escena.
La Muestra Nacional de Teatro vuelve a recordarme que cada obra, cada gesto, cada atmósfera enseña algo nuevo. Agradezco que la Coordinación Nacional de Teatro valore la importancia del registro profesional y confíe en distintas miradas para documentar esta fiesta escénica. Compartir este espacio con fotógrafos con mayor trayectoria también es un aprendizaje y un recordatorio de que la fotografía escénica se construye desde el diálogo, la observación y la comunidad.
Fotografiar la Muestra es, al final, una forma de acompañar al teatro mexicano. Si mis imágenes logran conservar algo de lo vivido, me sentiré satisfecho de contribuir a la memoria visual de aquello que solo ocurre una vez sobre el escenario y, sin embargo, sigue vibrando mucho después de que la función termina.





