Muere el último caudillo
CANAL 22/ Fernando de Ita
Murió el último caudillo de la revolución teatral mexicana del siglo XX. Héctor Mendoza, quien vio la luz del mundo en Apaseo, Guanajuato en 1932, fue legítimo heredero de los poetas que iniciaron esa revuelta en una casa de vecindad de la Ciudad de México en 1928. El tutor mayor del teatro universitario fue de la estirpe de Novo, Gorostiza, Villaurrutia; como ellos fue maestro de muchas generaciones de artistas de la escena y abrió y cerró el último ciclo del teatro experimental de la Universidad Autónoma de México..
Autor precoz, conoció el éxito muy joven con el estreno de Las cosas simples, una pieza que retrata la ingenuidad y el pudoroso deseo de libertad sexual de los jóvenes de los años 50. Aunque Mendoza es un dramaturgo tan fértil como disparejo fue en la dirección de escena donde levantó su magisterio, primero como la joven promesa de Poesía en Voz Alta, la segunda rebelión contra los usos y costumbres del teatro en México. Luego como el director de la obra de Tirso de Molina Don Gil de las calzas verdes, que provocó el desgarramiento de vestiduras de la academia en 1966 y a partir de ahí como un poeta de la escena capaz de establecer su propio canon.
En los años 70 Mendoza se convierte en el Peter Brook del teatro universitario por la versatilidad de sus montajes y en virtud del tratamiento contemporáneo que le da los textos clásicos y el tratamiento clásico que le da al teatro contemporáneo. En esa década toma las riendas del teatro universitario y modifica todo lo que había hecho Héctor Azar en ese puesto, salvo el principio de autoridad que ejerce de manera más suave pero igualmente paternalista, patrimonialista, excluyente.
Con la complicidad de Alejandro Luna, el otro mago del teatro universitario, Mendoza emprende en los años 80 una indagación dramática y escénica sobre el sentido del teatro y sus hacedores. Esa pesquisa tiene su momento espectacular en ¿Y con Nusistrata qué? y su cima intelectual en Hamlet talvez. La ligereza formal fue una de las mayores virtudes del teatro mendocino, un teatro aéreo que engendró actrices del altos vuelos como Julieta Egurrola, Rosa María Bianchi, Delia Casanova, entre muchas otras porque Mendoza fue sobre todo un notable formador de intérpretes. Sin su magisterio nuestra escena no tendría tres generaciones de mujeres de la escena tan fuera de serie como las mencionadas.
Como todo ser de carne y hueso Mendoza tuvo fracasos y contradicciones memorables. Su fiasco mayor fue sin duda la Ana Karenina que montó con Silvia Pinal para Teatro de la Nación en los años 80. La superproducción en la que Alejandro Luna hacía entrar una locomotora al escenario careció de las virtudes que tenía su teatro pobre y el maestro sufrió con resignación la lluvia de críticas. Ignoro cómo vivió la negación a los principios que estableció desde su llegada al Centro Universitario de Teatro donde forjó una disciplina grotowskiana, plena de pasión, respeto y entrega total al teatro.
Por años le infundió a sus alumnos la integridad por su profesión que no pasaba por los set de televisión. Para las huestes mendocinas la televisión comercial era la traición a la honradez del actor, a su ética, a su conducta y un buen día el maestro Mendoza llegó a Televisa de la mano de Ofelia Medina para dirigir una serie fuera de lo común para esa empresa, ciertamente, pero como se vio en los resultados con los vicios congénitos de la casa. No fue menor el daño moral que le hizo a sus seguidores esa paradójica decisión del maestro.
Antes de las fiestas navideñas la doctora Lidia Camacho, directora del Cervantino, reunió a Luz Emilia Aguilar, Claudio Kuri y al de la voz para ayudarle a decidir quién merecía el reconocimiento que le dará en el 2011 a un hombre de teatro. Luz Emilia que conoce al dedillo la vida y la obra de Mendoza lo propuso a él y nos sumamos a la propuesta porque salvo Alejandro Luna y José Solé ningún otro artista en activo del teatro suma tanta vida y tanta obra dedicada a esa forma de soñar la realidad que es la ficción dramática. La delicada salud de Mendoza aconsejaba que fuera él el elegido. La muerte llegó primero. Se llevó al último pilar de un teatro que estuvo a la altura del mejor teatro del mundo, entre otras cosas por la imaginación, el magisterio y la sabiduría de uno de los hombres más adelantados del teatro de nuestro tiempo.
Imagen: Cortesía de la Compañía Nacional de Teatro
