Cultura sobre ruedas
EL FINANCIERO
Fernando de Ita
Del 6 al 16 de mayo me trepé con el colectivo teatral Los hijos del pulque en un “carro de comedias” para correr la legua por los 5 municipios de Baja California. Como los cómicos de antaño, como los trashumantes de la edad dorada del teatro habríamos de mostrar nuestra gracia lejos de los grandes teatros y los recintos culturales, en las colonias bravas de Tijuana y Rosarito, en el zócalo y las rancherías de Tecate, en las suaves colinas del Valle de Guadalupe, en las inhóspitas polvaredas de San Quintín, en las colonias perdidas de Ensenada, en la mágica casa que fundó en Mexicali la Nana Chela, para rematar en el epicentro del temblor que cimbró la tierra cachanilla el pasado 4 de abril.
“La estación” es una obra de teatro artesanal de mi autoría porque la hice en casa, con mi mujer y mi hijo con la idea de que la producción cupiera en una maleta, así que resultó perfecta para el programa “Cultura en Todas Partes” que el Instituto de Cultura de Baja California puso en marcha en año pasado para llevar las expresiones artísticas a la gente que por razones económicas, sociales, educativas, no va los teatros, los museos, las salas de concierto, las galerías. Para cumplir la tarea se están habilitando 5 flamantes camiones gringos como “carros de comedia”, pero a nosotros nos tocó el camión de redilas con el que el comediante italiano Ugo Palavicino ha recorrido la legua desde hace muchos años; un verdadero jamelgo del teatro.
No es la primera vez que la cultura se pone sobre ruedas. Ya ocurrió con las misiones culturales de Vasconcelos en 1924, lo hizo el finado Manuel de la Cera en la SEP y el ISSTE en los años 80; desde la rectoría del doctor de la Fuente la UNAM tiene su “carro de comedias” y a su modo, maese Luis de Tavira contó en el nuevo milenio con un trailer completo para recorrer las veredas tarascas. Lo novedoso aquí es que es un programa de gobierno, de políticas públicas para llevar la cultura a quines no la tienen, para formar públicos comunitarios, para socializar la producción artística en el sentido cabal de la palabra porque en esas colonias perdidas, en esas comunidades alejadas de la mano de dios y de los hombres eso que llamamos Arte resulta tan útil como la luz, el agua, el drenaje y los servicios educativos y de salud de la que carecen millones de mexicanos.
Hablar bien de un programa de gobierno del que uno ha formado parte, así sea ocasionalmente, resulta controvertido por lo mal que ejercen nuestros gobernantes su función pública. En Suecia no tendría este dilema porque los funcionarios cumplen con su deber razonablemente. Corro el riesgo de reconocer el valor de esta iniciativa por dos poderosas razones: la primera es que funciona muy bien. La segunda es que todos los estados de la Federación reciben los 15 millones de pesos anuales que les asignó el Congreso y dígame usted cuántos de ellos utilizan una parte de esos recursos para darle empleo a prácticamente todos los artistas locales, para inventarse nuevas formas de llevar la cultura a la gente que no tiene acceso a ella, para fomentar así la convivencia comunitaria, para darle un reposo a la violencia, al miedo, al hambre, a la jodida vida de los mexicanos que menos tienen.
Llegar a la colonia El Pípila de Tijuana –una de las más canallas de la canalla metrópoli, tan canalla que el recinto cultural de la colonia no tiene luz porque se robaron inmediatamente después de la inauguración la instalación eléctrica; abrir la caja del camión para que se convierta en un pequeño escenario; instalar las luces y el sonido de feria, llamar a la gente que no se anima del todo a sentarse en las sillas dispuestas para sus nalgas, ver con terror que una pandilla de niños se sienta en las primeras butacas, dar la tercera llamada y comenzar la función con ruidos de camiones, radios a todo volumen, ladridos de perros, mentadas de madre, cuchicheos de comadres, eructos de tomadores de cerveza; todo eso y mas pero en medio de eso la gente en las sillas atenta a la historia que interpretan Pita Domínguez y Fernando de Ita Domínguez, sobre todo los niños que no dejan de jugar pero tampoco de atender lo que hace un chamaco algo mayor que ellos, que sabe, por ejemplo, tocar el violín y mostrar las emociones del personaje. Al final el agradecimiento de la gente es conmovedor porque más allá de la televisión que es su principal distractor han presenciado lo que ocurre cuando un ser vivo se dirige a otro de imaginación a imaginación, de mirada a mirada, de cuerpo a cuerpo: de una humanidad a otra.
En la cervecera ciudad de Tecate, Pilar Silva lleva 15 años comprometida con su comunidad a partir de la cultura. Mujer de carácter nos regaña por llegar tarde pero tiene todo dispuesto para que la función sea un éxito en el zócalo de su pueblo. Y lo logra. Al día siguiente abrimos teatro en la delegación del Valle de las Palmas, caserío muy disperso al que la gente llega a caballo y en bicicleta. Para nuestra sorpresa, la gente del camino a quien le preguntamos por el sitio al que vamos sabe de la función. Rafael Rodríguez, el responsable de este programa tiene razón: el éxito de la difusión de la cultura está en el promotor. Más de 250 personas de la comunidad se reúnen al frente del “carro de comedias” porque se han enterado a tiempo y en forma de la actividad, porque saben que no se va a cancelar la función, porque han visto que los que les llevan para su diversión vale la pena, con perdón de la inmodestia. De nuevo la gente es de una generosidad entrañable y un niño de 3 años le pide a mi hijo que le deje tocar el violín, mientras otro chamaco de 8 años me resume inmejorablemente el sentido de mi pieza: “es una obra sobre el tren, sobre el tren de la vida”.
En uno de los barrios duros de Mexicali una mujer minúscula de estatura y enorme como ser humano, nombrada la Nana Chela, comenzó a mediados del siglo pasado a contar cuentos bajo la sombra de un Pino Salado. Para no hacerles el cuento largo terminó su larga vida ofreciendo un refugio en su humilde casa a los niños desamparados. Uno de ellos fue David Monay que con los años se ha convertido en un formidable promotor de la educación y la cultura de barrio. No me permite el espacio extenderme en su hazaña pero gracias a la vocación de esos hombres, de esas mujeres que sostienen secretamente a esta nación, la función de esa noche fue mágica, en medio de un patio rodeado de plantas y repleto de atentos espectadores, el teatro recobró su sentido original que es el de resumir en el tiempo y el espacio la dicha y el dolor de estar vivos.
En la ventosa costa de San Quintín un grupo de artistas de la comunidad Trique nos hizo la noche porque disfrutaron la obra y al final de la función nos dieron las gracias. Gracias a ellos por hacernos vivir nuestro oficio de comediantes como algo que tiene sentido, que tiene gracia, que tiene razón de ser. El populismo es detestable en la política y en el arte. Todos queremos triunfar en Ciudad Gótica, la metáfora de París, Nueva York, Londres, Estocolmo. Eso es el éxito. Hacer bien la tarea en tu rancho es una misión generalmente criticada. Hacerla bien en el rancho ajeno y recibir su agradecimiento es un contento interior parecido a la felicidad.
Quienes vivimos el temblor del 85 en la ciudad de México sabemos como tiembla el corazón cuando la tierra se mueve como Rosa Carmina bailando mambo. Ir al kilómetro 57en el Valle de Mexicali para dar nuestra última función fue pasar por el epicentro de la conmoción telúrica que padeció la región cachanilla el 4 de abril. No fue una función memorable pero fue el cierre de una experiencia singular: cuando hay alguien que sabe mover la voluntad del Príncipe hacia la cultura; cuando hay alguien con la experiencia y la imaginación necesarias para que esa voluntad tenga resultados concretos; cuando hay alguien que apuesta su reino por un “carro de comedias” que lleve a la cultura sobre ruedas para alcanzar el rango de política pública, merece un sombrero al aire. Como es mi amigo desde hace tantos años tenía el pudor de nombrarlo. Pero no es mi amistad la que lo reconoce, es su labor la que habla por él, es lo que está haciendo en Baja California por la difusión de la cultura la que lo pone al frente de los promotores culturales del país; si a esto le agregamos su dimensión estatal, nacional, incluso internacional como hombre de teatro su nombre es Ángel Norzagaray.
