Sergio García. In Memoriam
La provincia, decía Balzac, es el lugar donde todo llega demasiado tarde. Tal vez por ello el duelo por la muerte del director regio Sergio García, no sea nacional sino regional. Ha muerto a los 78 años uno de los directores más destacados del teatro universitario de Nuevo León. Un hombre serio, intenso, que estuvo a la altura del mejor teatro de México en el último cuarto del siglo XX.
Su introspección sobre el teatro y la vida partían de su asombro personal sobre el sentido del Mundo, más concretamente, sobre la simulación y la injusticia de nuestra vida social. Sergio fue un artista del teatro que militó fundamentalmente en la causa del teatro como un medio para sacudir la conciencia del otro.
Yo sólo vi un tercio de la obra completa de Sergio y únicamente hablé con él largo y tendido a propósito de esos montajes. En los últimos años recibí no más de cinco llamados telefónicos de su parte para preguntarme cómo podía acceder al Sistema Nacional de Creadores del Fonca y para comentar que cada año era más difícil conciliar la ficción escénica con la inenarrable realidad de nuestra vida pública.
No fue mi amigo y sin embargo siento su muerte como propia en el sentido que se muere un artista y un maestro del teatro que vio en este artificio una forma de buscar la verdad. Suena terriblemente extemporáneo, lo sé, pero esa fue la enseñanza del teatro de los años 60 y 70 que lo formaron. El Teatro como una indagación de la original condición individual y colectiva del ser humano.
Como toda revuelta ideológica, estética y social en contra el orden establecido, el Teatro de Lola Bravo, Grotowski, Brook, Barba, y el de Margules, no se nutría aún de la teoría del caos que nos muestra las contradicciones de toda acción ideológica, sino de la filosofía de la liberación de los pueblos, para encerrar en esa generalidad el hartazgo universal por el abuso de las elites.
No hay que olvidar el parte aguas del 68 y los movimientos guerrilleros de los años 70 como temas nodales en el imaginario del teatro universitario en los años de formación y asentamiento de Sergio no sólo como maestro y director sino como hombre de teatro. No digo que Sergio tenía una ideología determinada que vertía sobre el escenario; señalo que ese hombre intenso y bello, por feo, lo que hacía era montar, Marat-Sade de Peter Weis o La Orgía, una de las más logrados discursos escénicos de Buenaventura. Es decir, su postura era artística, a pesar del desdén que pueda provocar hoy este vocablo, era genuina.
Su batalla fue en contra de la rigidez académica de todo Claustro, fue oponente y cómplice del establecimiento del porfiriato que desde los años de Sergio rige los destinos de las diversas actividades teatrales de la UANL. Pero sobre todo fue un maestro del aula y de la escena; un formador de actores y el director de esa generación fundadora del teatro artístico de Monterrey, que entendió y practicó mejor el teatro actual de su tiempo, si me permiten esta rara forma de oxímoron.
Con Sergio Perdimos a ese tipo de ser que es hechizado por el teatro, a un director de escena que de verdad convocaba las fuerzas del bien para combatir el mal. El Teatro contra la barbarie, el Teatro contra la injusticia, la ignorancia Todo actor debe ser un militante del teatro de la conciencia Individual y Colectiva. Tal vez eran demasiadas utopías, demasiadas letras mayúsculas y Sergio terminó sus años de apostolado por el teatro preguntándome si era digno de merecer el Sistema Nacional de Creadores de Arte.
Sergio sufrió los últimos años de su vida dolores físicos que le alentaron el habla y le impidieron caminar libremente. Habrá quién vea en ese punitivo destino un castigo. Yo lo veo como la tragedia de un hombre de teatro que al salirse del escenario cayó en el foso del mundo real. Como tantos, como los mejores.

