Desempacando las maletas: Crónica de la 38 MNT
Fernando Carvajal

Foto: ICL
La maleta sigue sin desempacar.
Y es que de todos los diez días que duró la 38 Muestra Nacional de Teatro, no pensé que el regreso a casa fuera el más difícil. Fue la primera vez que asistí a la Muestra y asistí como participante, con la obra Los delirantes. Hasta hace dos años, yo no tenía idea de su existencia y mucho menos de su importancia, peso o relevancia. Lo poco que sabía era por historias de viejas rencillas del gremio teatral. Llego entonces a León bastante nervioso y, por qué no decirlo, un tanto intimidado. Me ahorraré el espacio de hablar del tráfico en la ciudad, lo importante es que iba tarde y los voluntarios encargados de recibirme en la central estaban visiblemente nerviosos por el tiempo y yo me sentía culpable de su nerviosismo.
Finalmente llegamos al hotel donde se hospedaba gran parte de la Muestra, los becarios estaban en el hotel al otro lado de la acera. Empecé a sentirme menos fuera de lugar, reconocí de vista a muchos otros teatreros del país, que si bien no conocía su trabajo de primera mano sabía que eran relevantes al presente del teatro mexicano. Después de estar un rato atorado en el elevador con la directora del INBA, de quien me enteraría su nombre y cargo en el acto inaugural unos minutos más tarde, me reuní con mi director y nos enfilamos al Teatro Manuel Doblado, donde se daría por comenzada la 38 MNT con la función No ser sino parecer.
El Manuel Doblado, al que regresaría varias veces en el plazo de diez días, es un teatro descomunal, al menos así me lo parecía, considerando que el único teatro de una envergadura parecida en Querétaro es bastante ajeno, tanto a la ciudad como al hecho teatral en sí. Y verlo lleno de tanta gente que venía a la Muestra; tanta gente que como yo (o quizá no) estaba embelesada con el tamaño de un teatro así, con la reunión tan amplia de un gremio tan desperdigado por los rincones del país, era difícil no sentirse abrumado por la emoción de estar ahí.
La función terminó y de regreso en el hotel, cual película de adolescentes gringa, había que conseguir mesa en el restaurante-buffet. Para mí, tan novato en ese espacio, era igual o más estresante que presentarme en la Muestra. Yo conocía el nombre de los comensales, incluso a algunos los admiro y otros tantos son influencia para mi quehacer escénico. Y ahí estaba yo, en medio de todos esos nombres importantes para mí, pero lo apabullante es que son personas. Puede sonar ridículo, pero cuando uno admira a alguien pareciera que no es humano, que es un alienígena que tiene la verdad oculta de las cosas y que nunca se equivoca, pero lo que tenía frente a mí era totalmente distinto, tenía personas con las que podía hablar, bromear, discutir y analizar. Pero para eso faltarían más días.
Las jornadas de la Muestra
Tres o cuatro obras por día, mesas de discusión, clínicas teatrales, y algunos talleres. Siempre he tenido mucha hambre de saber cómo funciona todo, pero no había manera humana posible de atender a todo lo que allá se conjuraba. Decidí entonces que lo más efectivo para mi tiempo (y mi hambre) era probar un poco de todo, al final era mi primera vez, y en esa uno siempre se atraganta.
Asistiendo a las mesas de discusión tomé nota de ciertas cosas que quizá sospechaba, pero nunca había tenido prueba tan fehaciente de que eran ciertas, y es que había suficientes personas trabajando sobre los mismos temas, con cuestionamientos parecidos a los míos, suficientes como para armar una mesa de discusión al respecto. Y es que uno, haciendo teatro desde su trinchera, difícilmente se entera que hay otros planteándose las mismas preguntas al otro lado del país. Me refiero en concreto y, en mi caso, a las mesas de Imagen, identidad y género en la escena disidente, Creación e investigación desde el objeto, memoria y espacio y Resistencia desde los márgenes presentadas y moderadas por Luz Emilia Aguilar, Sonia Couoh y Luis Mario Moncada, respectivamente. Cada una de ellas tenía al menos tres participantes que estaban haciéndose preguntas con el teatro (y para el teatro) que se asemejaban a las mías, que eran iguales, o bien, que apuntaban a horizontes que nunca me había imaginado. Y no lo sé bien, pero saber que no estoy tan perdido en el teatro como pensé es reconfortante.
Vinieron luego las clínicas de las cuales pude asistir a la de Enrique Gorostieta, Tito Vasconcelos y la de los integrantes de Teatro Bola de Carne. Y vaya selección, porque cada una me abrió la cabeza —como la maleta, al empacarla— en las concepciones que tenía acerca del ámbito teatral. El proyecto de la Base de Datos Teatral fue para mí algo increíble —me dice una amistad muy afortunada que tengo alma de documentalista— puesto que gran parte del teatro que se hizo en México antes de que yo naciera me causa una gran curiosidad y no hay casi nada de información al respecto o no hay dónde encontrarla agrupada y clasificada como lo logra el maestro Gorostieta. El maestro Vasconcelos, quién además habría recibido la Medalla Xavier Villaurrutia —la de teatro, no la de escritura… que raro que haya dos premios con el mismo nombre— el día anterior, impartió cátedra en un género que poco figuraba en mi panorama teatral: el cabaret. Si bien sé que existe, era un género muy distante para mí, sus alcances, sus sutilezas o desfachateces, dependiendo del caso. Era algo que me figuraba más de otro país, algo que en México no sucedía tan seguido, o al menos no sucedía con gracia. Qué grato darme cuenta de mi error.
La última clínica a la que asistí representa para mí la consecución de una herramienta que me evadía constantemente, la creatividad para la dirección. No lo sé de cierto que haya sido esa la intención de los integrantes de Teatro Bola de Carne, pero poco importa, puesto que había suficiente juego lúdico y escénico para todos los gustos y para todo quien estuviera interesado en un modelo de trabajo a partir de la creatividad y no de las conjeturas preformadas a cerca de lo que los signos y símbolos representan. En fin, un deleite para el trabajo creativo.
Pude ver 23 de las 38 obras posibles. Y no es que fuera cansado (que también lo era) pero no tengo tan construido el hábito de ver esa cantidad de teatro por día y aunque pude haber ido a más presentaciones, el lugar estaba mejor aprovechado con alguien que tuviera la mente más activa que yo, y entonces, lo cedía.
Ver todos esos montajes, todos esos trabajos, toda esa gente que toma el teatro como trinchera para hablar de algo me conmovió. También descubrí mi capacidad de pasarla bien en las butacas —una disculpa a mis vecinos por mi carcajada a mandíbula batiente—, pasarla tan bien como arriba de las tablas. Y lo más importante, pude dar nota de la creación de mi criterio como espectador, de lo que me gusta y no, sin querer decir que lo que está puesto en el escenario sea necesariamente bueno o malo, de los recursos, dispositivos, mecanismos y maneras que hay para dar a conocer algo, una escena, un discurso o una postura.
Y en todo esto he dejado fuera la parte humana, en parte porque si pusiera por escrito todas esas interacciones sería mejor escribir una novela, y en parte porque creo que está fuera de mi alcance describirlo, aunque a continuación haré un intento de ello.
Treinta y dos estados en la república y dos becarios por estado. Dos personas por proyecto participante. Un cuerpo editorial de más o menos doce personas que llevaban la Muestra Crítica de la muestra. Esto sin contar toda la gente que se presentó que, en su mayoría, venían un día previo a su presentación y partían al siguiente y con la cual había una ventana muy pequeña de tiempo para poder preguntarles todo lo que quería preguntarles. Esto sin contar también a todos los organizadores y voluntarios que estuvieron enclaustrados en la sala Zeus del hotel Ramada —que era como su centro de comando— o en los distintos espacios que estuvieron sosteniendo la Muestra.
Diez días para poder charlar a placer con casi 150 personas es muy poco. Las caminatas de regreso de cada uno de los teatros, las mini mesas de crítica en las comidas, los “espacios de sinceridad” que el Ágora albergaba y propiciaba, y lo poco o mucho que podía compartirse en un taller que requería de nuestra experiencia de vida para sucederse (parecido también a lo poco o mucho que se puede compartir con alguien mientras se camina con un helado en un día caluroso). Pude hablar con gente a la que admiro y sentirme como un colega lejano. Pude también, por primera vez en mi vida, hablar con gente que me admiraba a mí por lo que sucedía en mi trinchera de teatro, un sentimiento que pensé que estaba a décadas de conocer. Y la admiración poco importa, porque la sensación general era que todos estábamos hablando entre iguales, entre amigos que estuvieron juntos hace mucho tiempo y ahora se reunían para hablar de sus nuevos proyectos, de sus nuevas preguntas, de sus nuevas brújulas con las cuales guiarse en la cosa viva que es el teatro.

Fernando Carvajal
Y en una tónica mucho más personal, y debo decir que propiciada en gran parte por mis participaciones en las Jornadas de preparación para el 3er Congreso Nacional de Teatro, la sensación o el aprendizaje que más me queda, es el de darme cuenta que la labor teatral que hago tiene un alcance y una dimensión más importante que la que pensaba. Solía pensar que lo que hacía era poco relevante, no por menospreciarlo, sino porque no tenía forma de saber que lo que estaba haciendo le importaba a alguien más. Y es raro pensarme tan en serio, siendo medio novato y todo, pero creo que es hora de trabajar mucho más a conciencia en lo que hago, en la profesión que elegí.
Creo también que tengo que desempacar para procesar todo esto.
