La extinta variedad del mundo: Teatro afónico

Alberto Villarreal ha renunciado a la palabra en la producción que la Organización Teatral de la Universidad Veracruzana estrenó el pasado fin de semana en la ciudad de Xalapa. Renunció al habla pero no al lenguaje. Por ello, La extinta variedad del mundo es un discurso corporal, escenográfico y sonoro de gran estridencia que te deja con la siguiente expresión en el rostro:
—What the fuck is this?
¿Arte vivo, teatro físico, concierto escénico, ocurrencia futurista, libre inventiva?
La única guía que tiene el espectador para acceder a la hermenéutica del espectáculo es la proyección de un texto en donde se habla de un libro sui generis sobre oscuras formas de venganza cuyas ilustraciones son tan depravadas que fueron arrancadas del único volumen que se conserva en la biblioteca fantástica de Jorge Luis Borges (1)
Sin otro referente que los propios la primera escena me remitió a Kantor por la composición del cuadro, la luctuosa y antigua vestimenta de los actuantes y la charanga de metales y percusiones que entra a la ficción tocando una rapsodia húngara sobre una pieza de Henry Purccel arreglada con acentos balcánicos por Joaquín López Chas quien, en rigor, debería aparecer como coescritor del espectáculo porque la música lleva el ritmo y la voz sonora de la narración escénica, si así se le puede llamar a una secuencia de imágenes en las que el espectador debe adivinar lo que quieren decir los gestos y movimientos de los actores en un mundo raro y en un tiempo extraño.
Si el futuro es regresar a donde nunca has estado (2), Villarreal logra en algunas de las secuencias la inquietante sensación de algo que ya hemos visto y sin embargo miramos por primera vez. De pronto yo veía girones de los cuadros de Pieter Brueghel y por una vez me sentí en Lituania divisando como caían copos de nieve a contraluz de la aurora. Momentos alfa que se borran con la muy mexicana costumbre de abrir telón cuando la carne del espectáculo no se ha horneado del todo. De otro modo no se entiende que en tierra jarocha el elenco zapatee como matando víboras y que la poética del espacio pase de lo deslumbrante a lo banal, de lo inédito a lo previsible.
Lo incuestionable del espectáculo es que de nuevo la Compañía decana del teatro en México, como es la ORTEUV, se entrega de cuerpo y alma a las instrucciones de Villarreal, como lo hizo con la locura de Richard Viqueira, el documento dramatizado de Jorge Vargas y las diversas propuestas escénicas de David Gaytán, Martín Acosta, Hugo Arrevillaga y David Hevia. Esta vez alrededor de Luz María Ordiales, la actriz de 90 años que en el acto heroico para su edad de mantenerse inmóvil con un vaso lleno de agua en la cabeza por varios minutos, cumple “esos pequeños actos de resistencia” de los que habla Luis Mario Moncada en el programa de mano.
Por el tráfico carretero de viernes en la tarde llegué rayando a la sala chica del Teatro del Estado y leí el breve texto del director artístico de la ORTEUV a toro pasado, así que me enteré tarde que, siguiendo a Canetti, Villarreal quiso hacer un ensayo en contra de la masificación del individuo cuyos temores lo lanzan a buscar consuelo en la muchedumbre. Sin esta clave, lo que yo vi fue una desigual invención escénica que busca otras formas de hablar en el teatro. Al renunciar a la dramaturgia convencional y a la creación de personajes es claro lo que se pierde y no tan caro lo que se gana. Entiendo el riesgo, me desconcierta el resultado. Sin llegar a la marioneta de Gordon Craig, los actores son aquí objetos vivos, escenografía en movimiento, piezas gestuales de la composición del cuadro. Ya no es Brueghel sino el realismo socialista, la estética del totalitarismo proletario.
Con todos mis asegunes disfruté del espectáculo, sobre todo el principio y el final del discurso estético y sonoro en el que el carro del camotero tiene un solo maravilloso como ese caballo de hierro que resopla la nostalgia del pasado en un futuro desolador. Paradójicamente, el teatro futurista de Alberto Villarreal es un mundo retro en el que el hombre pretende llegar a las estrellas con los viejos cohetes de los años 30. El caos final marcado por el desenfreno musical y el desmantelamiento del escenario me gustó tanto que olvidé la mala factura de algunas secuencias, el abuso de los vasos de agua en las cabezas de las marionetas y el costo del cohete para lograr una sola imagen, para regocijarme con el enfado de una buena parte del público por aquello que ofende su entendimiento, es decir, que lo presenta un reto. Si creo que me tomaron el pelo lo propio sería protestar a voz en cuello. Pero claro, también el público tiene derecho a la afonía.
(1) El Conde de Torrefiel es un colectivo de teatro español que desde el 2010 proyecta en el escenario los textos que usualmente se ponen en boca de los actores, como lo hace Villarreal en esta pieza afónica.
(2) Walter Benjamin.
