De copiloto metiche
De Ramiro Daniel he visto hasta ahora tres trabajos, Milagros en la Muestra Estatal de 2014 con una función accidentada y un cuerpo actoral muy limitado, pero con destellos de ideas interesantes y búsquedas muy particulares que lo hacían atractivo. Luego El grito, con una actriz muy potente, un trabajo de biodrama redondo y bien ejecutado con ideas poderosas y, ahora, en el 20° Encuentro vimos Si pidieras un deseo ¿cuál sería?, conformada con lo integrantes más recientes del grupo vallartense La Estación Boa Viagem Teatro.
A diferencia de El grito, en Si pidieras un deseo… todavía se sienten mucho los ejercicios realizados para la construcción del espectáculo y al tiempo, se escucha un tanto mecánico, ha perdido la fuerza de la sorpresa y más improvisación —como está planteado— hay repetición. Mucho de esto se debe a que para la mayoría de los intérpretes es la primera experiencia teatral que realizan, les falta maña y fuerza para sostener este trabajo.

Después de ver tres trabajos del mismo creador, empiezas a ver sus repeticiones, sus puntos débiles. Yo me considero una acompañante de viaje, quizá alguien que se le da un aventón y no se calla en todo el camino, pero compañía en fin. Como copiloto metiche voy anunciando los baches donde los veo, no porque crea que no sabe manejar, sino porque talvez no los ha visto. En eso estábamos en la charla de desmontaje cuando Mauricio Alejandro López, protagonista en Secreto de confesión, comentó que él se había conmovido hasta las lágrimas con la obra, que no había visto nada así y que nunca le había tocado ver una obra fuera del teatro, con lo que desarmó nuestros comentarios previos. Esto me hizo preguntarme y preguntarle a todos: cómo dirigirse a públicos con referentes tan diversos, cómo entusiasmar y atrapar a cada persona en la sala. En el caso del grupo de Ramiro Daniel, deberán buscar formas de enfrentar estas preguntas que en su quehacer son circunstancias cotidianas.
En el mismo día que se presentó Si pidieras un deseo… con un director joven, pero ya con una trayectoria y pasos firmes, entró al escenario Flavio Gutiérrez de Etzatlán con La que hubiera amado tanto de Alejandro Licona.

El grupo Tahaomai es nuevo en Etzatlán y aunque Flavio había participado en el ETI como parte del grupo Bambalinas, esta fue su primera dirección. Una dirección con concepto, ágil, que dejaba fluir la comedia, pero al mismo tiempo buscaba la parte crítica de la misma, al final un poco hacía en el melodrama, pero el texto no daba mucho margen. Resoluciones sencillas y bien logradas para los diferentes espacios y diferentes personajes. Todavía un poco rígida la separación de espacios en cuanto a que tenía la necesidad de definirlos en el escenario, de manera separada y solo cambiando con luces o bien, oscuros. Es decir, una teatralidad que se empeña en ilustrar una realidad que de todos modos es convención, pero una grata aportación y una obra disfrutable.
En el laboratorio de lecturas dramatizadas conducidas por Alejandro León Hernández y Oz Jiménez, conocieron otras dramaturgias, obras contemporáneas y además estuvo presente Libros de Godot, por lo que espero haya mucha promiscuidad y se contaminen de otras teatralidades, para ver qué hacen con ellas el próximo año. Uno de los que esperaré ver con mucho entusiasmo será al grupo Thaomai, ojalá me permitan acompañarlos en su viaje.
