Entre lo simbólico y el teatro documental
Estreyah Uribe
Soñé que éramos amigos, dirigida por Susana Romo, se presentó en el Teatro Alarife. Es una de las pocas obras dentro de esta Muestra Estatal de Teatro de Jalisco que va dirigida específicamente a un público joven. Adaptación del dramaturgo tapatío Teófilo Guerrero de la novela Hasta el viento puede cambiar de Javier Malpica, la puesta en escena aborda el tema de la desaparición de mujeres, el feminicidio y el machismo, a través de los personajes que viven en un pequeño pueblo a la orilla del desierto. Las mujeres nacen con un “sello”, un poder especial y a los hombres les importan poco las mujeres y el hecho de que estén desapareciendo. Un pequeño grupo de amigos, niños de primaria, interpretados por las actrices quienes a su vez se transforman en narradoras, descubrirá adónde se están yendo las mujeres y cómo pueden ayudar a cambiarlo.
La obra se vale de muchos recursos multidisciplinarios parar desenvolver la historia: teatro de sombras, muñecos para dar vida a los personaje, música en vivo que está constantemente en juego con las acciones, así como coreografías simpáticas que ya son una característica en el trabajo de Susana Romo, aunque resultaban a veces un tanto repetitivas. Esto, aunado al lenguaje fantasioso de la obra, suaviza el hecho de que está hablando de un tema muy complejo, fuerte y crudo.
Esta atmósfera de lo poético y lo simbólico se rompe en ocasiones por tintes de teatro documental, cuando las actrices salen de sus personajes y de su papel de narradoras para arrojarnos datos reales sobre la situación del feminicidio.
La puesta en escena resultaba muy entrañable, desatándose en un final donde las actrices-narradoras nos dan datos sobre el número alarmante de desaparecidas en México, dándonos un último golpe de realidad en medio de esa historia linda de tres amigos de primaria que viven en un pueblo de mujeres mágicas, con el claro mensaje de que las cosas, si queremos, pueden cambiar.
Creo que es difícil salir de la sala después de haber visto esta obra sin sentirse al menos un poco conmovido, a más de un espectador vi con lágrimas en los ojos. Creo que al mostrar realidades tan duras de una manera esperanzadora y conmovedora resulta más efectivo y el espectador experimenta más la catarsis, más que de una manera enojada y violenta parafraseando a Alejandro Ricaño en su visita a la Feria Internacional del Libro del año pasado: ya hay suficiente violencia afuera, ¿es realmente necesario llevar más al escenario?
Susana Romo nos ha mostrado una vez más su habilidad y creatividad para hablar de temas complejos en un lenguaje sencillo, apto para todos y estéticamente agradable.
