Raquel Tibol

Murió Raquel Tibol: Argentina, judía, miembro declarado del partido comunista, crítica implacable, insobornable de las artes visuales. “Mujer de tempestades” la llamó su colega Santiago Espinoza de los Monteros para resumir el paso de esta mujer espartana por la vida cultural de México, país al que llegó en los años 50, invitada por Diego Rivera, quien con todo y su padrinazgo no se salvó de la memoria crítica de esta detectora de mentiras en el arte y en la vida pública.
Su frase definitoria: “No soy devota de nadie”.
Esta declaración de principios, que debería ser el santo y la seña de todo crítico de arte, la convirtió en un punto y aparte de la crítica en México, tan lastrada por la docilidad con el poder y la obsecuencia con los artistas consagrados. Ella vino a darle al muralismo mexicano una lectura conceptual, sociológica, política y cultural que lo puso en el catálogo de la pintura occidental como uno de los mayores esfuerzos por darle al arte pictórico el sentido de la realidad histórica de un pueblo.
Su momento Alfa: El bofetón que le soltó a David Alfaro Siqueiros por criticarla no por sus criticas sino por ser argentina.
Bofetadas, eso es lo que daba la Tibol en sus críticas, primero en México en la Cultura y luego en Proceso. Golpes del intelecto que rara vez se habían estructurado tan metódicamente en la crítica periodística del país del nopal y la serpiente. Primero con sigilo político y solvencia académica, pero ya en el trono de la crítica de artes en México con ese dejo de rigidez y soberbia intelectual que dejó el estalinismo en la concepción y la crítica de las artes en la mayoría de sus fieles practicantes.
Doña Raquel fue la testamentaria del Muralismo Mexicano pero también dio fe de bautizo a la generación que rompió con aquel apotegma fascista de Siqueiros: “No hay más ruta que la nuestra”. La generación de Cuevas, Gironella, Vlady, García Ponce, Soriano. Lilia Carrillo…, con quienes polemizó y a quienes reconoció como los peregrinos del inédito sendero que abrió para la pintura mexicana acaso el verdadero genio de nuestro siglo XX: Rufino Tamayo, impulsado por Octavio Paz al Olimpo del Arte, celebrado por Tibol incluso después del pleito que tuvo con “los Tamayo”, mejor dicho; con esa otra mujer de armas tomar y boca suelta que fue Olga Tamayo, oaxaqueña de cuerpo entero.
A su muerte, apenas si se menciona el papel que tuvo como admiradora, impulsora y crítica de la danza contemporánea en México. Su sólida formación teórica y visual le permitió ver la herencia de Anna Sokolow y de Waldeen en el formidable trabajo de Guillermina Bravo, como una forma de liberación social del cuerpo, emparentada como estuvo la danza moderna en sus inicios con la iconografía del muralismo mexicano. Fue en esos menesteres que yo me la topé varias veces en la ciudad de México y otros ranchos, sólo para callar mientras ella dictaba la lección, con su figura de monja (¿los judíos no tienen amanuenses femeninas de la divinidad?) seglar, con ese discurso formal de los eruditos que no hablan sino dan testimonio de las santas escrituras. Yo escuchaba con atención y ante la mirada punitiva de la parlante procuraba la invisibilidad. Hasta que un día, en la colonial ciudad de San Luis Potosí, donde ocurría el único Festival de Danza Moderna del país, una de las ninfetas perversas que justifican aquel dicho de Balthus de que el demonio, si existe, está en la entrepierna de las niñas, justo sentada frente a mí, abrió los muslos para que yo notara que no se había puesto los calzones. Supongo que mi asombro fue tan escandaloso que la Tibol vio de reojo el panorama de aquel cuadro, porque interrumpió su cátedra para decirme, con voz de trueno: “De Ita, lo que usted está viendo es la Caverna de Platón”, esa teoría en la que el filósofo explica como a partir del conocimiento uno puede percibir el mundo sensible y el mundo de la razón. Su risita entre dientes al final de la frase es la que guardo en mi memoria ante la noticia de su muerte.
