Festival Cosmicómico de Teatro Alternativo Internacional
Rodolfo Obregón
En una entrevista reciente, Juan Villoro hacía una comparación de ciertos periódicos y revistas literarias que me parece extraordinariamente pertinente y extensible a la promoción del arte: espacios que son “como las reservas ecológicas, zonas donde se protege lo que en las demás partes se destruye”.
Uno de esos espacios de resistencia a la barbarie es, sin lugar a dudas, el Festival Cosmicómico de Teatro Alternativo Internacional que por tercer año trajo a Zacatecas una muestra muy significativa de lo que sucede en ese arte arcaico y absolutamente contemporáneo de la escena, tanto en México como en otras partes del mundo.
En ese sentido, no dejan de ser notables ciertas coincidencias en la programación del festival y algunos símbolos que emanan de su confrontación con la realidad de la ciudad sede y de gran parte del país. En primer lugar, el festival abrió con dos trabajos (su lado internacional) que presentan una contracara de la clásica cultura europea: Comissura de la española Patricia Pardo y, sobre todo, Vallet of Revolt, un estupendo trabajo proveniente de Eslovenia, retuercen algunas formas de esa cultura (un varieté desagradable en el primer caso, una danza frenética acompañada de un discurso crítico sobre la idea misma de una única Europa) para cuestionar el contexto social del que son expresión predilecta.
Por supuesto, ambas versiones contrastan notablemente con varias de las obras nacionales y, particularmente con las locales (a las que el festival ofrece un generoso espacio de programación) que luchan en cambio por constituirse en primer lugar como lenguaje y, después, en uno que resulte mínimamente significativo para la vida de la sociedad en que se produce.
Un símbolo -como anticipamos- de ese desencuentro se dio en el vestíbulo del emblemático teatro Calderón que, en los mismos días del festival, albergaba una exposición patrocinada por el Ejército mexicano y custodiada permanentemente por autos y hombres armados. No deja de ser significativo que mientras en la sala la intérprete de Memorias de pájaros sin alas, obra del grupo tapatío Guarros Súper Alfa , realizaba su arenga sobre la infancia en los países en guerra frente a un puñado de espectadores, en el vestíbulo una partida de soldados levantaba los trastos de esa exposición itinerante.
Significativo porque mostraba, al mismo tiempo, el aislamiento en que los teatreros (y otros artistas) desfogan sus desacuerdos con el estado de cosas y la desproporción de recursos y capacidades de penetración ideológica entre ambas fuerzas. Lo dicho, el espacio del teatro, para bien y para mal, como una auténtica “reserva”.
Por lo demás, el FCTAI tuvo como invitados en las últimas noches a dos de las compañías mexicanas más reconocidas fuera del país. El trabajo de Lagartijas tiradas al sol (Montserrat), que juega brillantemente con las incertidumbres que se generan entre la realidad y el teatro que intenta dar cuenta de ella, vino a complementar y enriquecer el buen desempeño del colectivo leonés Alebrije que, en Aparte, utiliza técnicas y materiales documentales que permiten al teatro explorar y exponer temáticas (en este caso, la importancia de las tenerías en la vida de una ciudad) muy lejanas al clásico conflicto existencial o de relaciones sociales que durante siglos caracterizó al drama.
En esa medida, ambas realizaciones escénicas, que rompen justamente con esa centralidad del drama y las formas posibles de su representación, contrastan seriamente con el auto sacramental de La vida es sueño, con que Teatro de Ciertos Habitantes cerró la edición 2015 del festival; un espectáculo que, a pesar del gran trabajo de investigación corporal y musical, no deja de mostrar signos de agotamiento y desfase de las preocupaciones y ritmo de la vida actual y de las ideas de teatralidad que tal situación impone.
He citado las palabras de Juan Villoro sobre los espacios de protección de la sensibilidad y la inteligencia en una atmósfera que se empeña en destruirlas, para comenzar esta breve reflexión sobre el encuentro organizado por Los Cosmicómicos. Las retomo para concluir y complemento ahora con las palabras con las que, en el último día de actividades, Sergio Salinas -el incitador de este esfuerzo entrañable- despedía en redes sociales a los participantes en esta tercera edición del festival; palabras llenas de satisfacción y de comprensible cansancio: “no sé por qué ni para qué lo hacemos”, pero que llevan implícito el convencimiento vital de que alguien tiene que hacerlo.

