Angelina: Ítaca de una transmisión en vivo.
Isaac Sainz
Las manifestaciones digitales han ganado terreno en el quehacer escénico. Los efectos audiovisuales, el mapping, las transmisiones, las imágenes holográficas en 3D, etc., están dejando atrás la concepción que teníamos de la escena gracias a su capacidad para sustituir los cuerpos u objetos que parecían inherentes a ella. Y aunque estas innovaciones todavía parecían cosa del primer mundo, la polémica que generan se avecinaba con toda su fuerza. El hecho de que en un futuro próximo podríamos estar viendo obras totalmente en 3D habría —de por sí— cambiado radicalmente la experiencia del acontecimiento teatral. Pero si nos estamos volcando al mundo virtual, tarde o temprano el teatro iba a reflejar, revelador como es, la influencia y la presencia absoluta de ese paradigma.
Y de pronto aparece el COVID-19 y nos voltea la tortilla. Es decir, el mundo virtual, la pantalla, se vuelve el escenario único para reflejar/imitar el mundo, la vida. Y dentro del laberinto dialéctico de lo que puede o no ser el teatro ahora, pareciera que las tecnologías absorben su cualidad más importante: la inmediatez. Y tenemos, entonces, una práctica audiovisual e interactiva en línea y en vivo, que hemos comenzado a practicar los teatreros y que, por ese solo hecho, repentinamente, hasta reclama cierta cualidad teatral. Aunque de teatral no tenga nada.
Y bueno, a mi todo este tiempo me ha parecido extraño que se le adjudique de la noche a la mañana dicha cualidad, y aunque he leído y visto bastante material que ha surgido últimamente respecto a estas transmisiones, y he visto algunos trabajos que buscan aprovechar los recursos digitales para continuar su labor escénica a pesar de la distancia, no me había tocado asistir a una transmisión en vivo, hasta el pasado viernes 22 de mayo.
Pues, invitado por Alejandra Serrano, tuve la oportunidad de ver una versión digital de la obra Ítaca: bitácora de viaje, de Saúl Enríquez, producida por Área 51 y Tres Colectivo Escénico. Dicho montaje está compuesto por cuatro partes en su versión digital: Valentina, Benjamín, Aurelio y Angelina. Lo que vi fue el estreno de Angelina.
Lo primero que llamó mi atención fue la falta de misterio ante lo que estaba a punto de presenciar, la frialdad con que me siento ante la computadora y entro a la reunión en zoom.
En este sentido hay poco o nada que ver si esperamos tener una experiencia parecida a la que brinda el teatro, la sensación de cotidianidad es tan clara como cualquier otro momento frente a la computadora, cualquier otra reunión, clase o ensayo a través de zoom. No hay un escenario que despierte curiosidad, arrojando información, sensaciones o imágenes sobre lo que ha de suceder en unos minutos. No hay manera de entretener la mirada descifrando esos elementos plásticos que hablan como susurrando cuando uno está sentado en la butaca.
A cambio de ello, Karina Eguía y Alejandra Serrano hablaron brevemente sobre el proyecto, atendiendo un par de preguntas. Y de pronto Karina comenzó a hablarnos de Angelina, su bisabuelita. Nos mostró una foto e hizo un par de preguntas, invitándonos a contestarlas basándonos en la sola imagen. Hubo respuesta tímida.
Y así nos adentró a la vida y figura de Angelina, una historia que comenzó en 1934, en Asturias, España. Y que data sobre el viaje que emprendió siguiendo a su esposo hasta México. Una historia llena de vivencias y anécdotas, de dolor y de incógnitas, que dan testimonio no solo de su vida, sino de su experiencia como mujer, como madre, como migrante. Porque de manera inevitable esta travesía deja relucir el fenómeno de la migración.
Ese viaje de quienes, motivados por la tragedia, por el amor o por la búsqueda de sus sueños navegan a otros confines y allá a donde van dejan una historia, un legado. Conocer ese o esos legados, esos viajes ocultos en nuestra genealogía, puede terminar siendo una verdadera revelación para nuestra conciencia, nuestra identidad, como nos lo hace notar la actriz, dando sentido a esa interpretación de Ítaca como un viaje y no solo como un destino. Interpretación que acuñó el poeta tal, con el poema tal, y que ya se ha mencionado en otras críticas sobre el montaje…
Durante la transmisión Karina nos habla desde sí misma y desde la voz de Angelina, a quien recrea con apenas un rebozo y algunas tareas escénicas. La sencillez de estos recursos y de la narración misma son acordes con la idea de una abuelita platicando una tarde cualquiera en la cocina de su casa sobre los avatares de su vida.
En algún momento se busca involucrar al espectador en este juego de planos representacionales (¿o narrativos?) siendo esta una de las estrategias para mantener una ilusión de contacto, de interacción. Y comprometerlo más sensorialmente —y en la medida de lo posible— con lo que sucede en la pantalla. Que es, a fin de cuentas, el narrador definitivo, a quien habrá que vencer, de perdida simbólicamente, para entrar al terreno de lo dramático, si eso es lo que se busca.
Y más allá de lo que estos recursos alcanzan en términos teatrales, y para terminar de posicionarme respecto al tema, veo la resolución o adecuación teatral a la vía digital como una oportunidad para mantener una sinergia creativa a pesar de lo que nos está tocando vivir.
Y esto no me parece triste, ni desolador, porque disfruté la transmisión de la misma manera que he podido disfrutar y continuar mi vida desde el encierro, conformándome con lo poco que esta pantalla me puede permitir. Creo que habrá cambios, pero estoy tan escéptico de un cambio radical a nivel global, que creo que más temprano que tarde regresaremos a los recintos teatrales, así como a chingarnos la vida los unos a los otros, a terminar de devastar el mundo y a protestar en las calles por los derechos humanos y el medio ambiente.
Mientras tanto, acepto sin tapujos que esta práctica no es teatro. Acepto que por ahora —y solo por ahora— es la única vía para seguir creando, difundiendo y promoviendo.
Esa es una lección que nos deja el Foro Teatral Área 51, con su pronta respuesta ante la pandemia, ofertando una cartelera que a la fecha suma seis trabajos en versión digital.
