Todo lo que necesita una actriz es jugar frente al espejo
Rafael Volta

Foto: José Jorge Carreón
Todo lo que necesita el espectador es entender que la escenografía es metáfora del texto. El taller de museografía del Museo de la Ciudad se ha adaptado a manera de un cuarto de vecindad de 3×3. Un lavadero sin drenaje empotrado en la pared, un estufón, una tina metálica grande, una grabadora vieja de CDs y dos cajones blancos a manera de cama dan una atmósfera de precariedad y sordidez. Parecen ser las únicas pertenencias de las dos mujeres que al comienzo de la obra dejan su silencio e inmovilidad para lavar y secar aceleradamente la ropa sucia ante la eminente llegada del señor de la casa. Se gritan entre sí para terminar lo más rápido posible y a veces no se entiende lo que dicen. De repente paran y sucede la primera vuelta de tuerca. Teatro dentro del teatro. Ellas estaban ensayando una escena ante un posible llamado que tal vez nunca llegará.
Todo lo que necesita un espectador es saber que él también puede ser parte de la escena y que la obra empieza desde que se entra al recinto y no desde la tercera llamada. Ya no es necesario decirla. La producción nos acomoda en ele alrededor del escenario. Nos han hecho voyeurs. Las actrices actúan a medio metro de nosotros. Vestidas con una bata blanca de lencería contrastan en su aspecto físico. Una de ellas es joven, morena, pelo negro, delgada, pechos y caderas firmes; mientras la otra es vieja, blanca, canosa, pasada de peso, pechos caídos y caderas amplias. Su actuación y caracterización está electrizada, así como las palabras se energizan en un poema. Su cuerpo y habilidades actorales están cargadas al máximo para representar la obra. Su virtuosismo enchina la piel. Dominan y controlan los registros de voz desde el grito hasta el susurro. Los movimientos corporales y miradas logran expresar amistad, tensión sexual, odio y ternura. La obra lleva más de trescientas representaciones y las actrices, Diana Magallón y Mari Carmen Ruiz, tienen una maestría absoluta al interpretar su papel.
Todo lo que necesita un dramaturgo es aprender que las acciones escénicas y el silencio también crean drama. La obra es una serie de situaciones donde todo es hipérbole. No hay transformación de personaje pero sí hay anécdota. Asistimos a un día cualquiera en el cuarto de unas actrices pobres. La estructura es lineal y se basa solamente en los cambios en el estar que van avanzando hacia su opuesto. A veces las dos actrices van a la par y otras veces ejecutan acciones contrastantes. Iniciamos con la ficción dentro de la ficción, el grito y la prisa, para pasar a la “no-ficción”; el halago se vuelve reclamo; una se atraganta mientras otra apenas prueba bocado; una cocina sentada mientras la otra baila sensualmente de pie; las dos se insultan hasta llegar a la agresión física; una baña a la otra y viceversa. La obra cierra con un relato, que una cuenta a la otra, sobre princesas que desgastan misteriosamente sus zapatos. El impecable y armónico sonido de las palabras susurradas, al narrar el cuento, es un deleite. La última escena es lo opuesto a la primera. Allá gritaban y no eran ellas mismas. Acá se muestran tal como son. Dos mujeres vulnerables en la intimidad de la cama, a punto del sueño y del silencio.
El público fue sujeto a un vaivén emocional. Los cambios de tono y de ritmo mantienen la tensión, cosa que actualmente es complicado de lograr cuando a los diez minutos uno se distrae viendo al celular si la obra es aburrida. Acá no nos cansamos de ver, no nos cansamos de oír, no nos cansamos de contemplar la metáfora de la vida humana en estos personajes.
Todo lo que necesita una actriz, tarde o temprano, es entender que el texto es su doble, su espejo. Durante la escena del baño, la postura corporal de las actrices, de espaldas a nosotros, revela que en realidad son una sola. Siempre han sido una y la misma todo el tiempo. Lo más escalofriante es que no sabemos quién verdaderamente es el reflejo de la otra. Quizá una sea el texto y la otra la actriz o al revés. De una forma tan sutil se ha logrado que la obra nunca se acabe dentro del espectador. Podemos imaginar que al otro día, en la vida de ella, las situaciones serán parecidas pero nunca las mismas. Unas cuantas horas en el día son suficientes para contar toda una vida con sus buenos y malos momentos.
Todo lo que necesita una actriz es otra gran actriz antagonista. Todo lo que necesita el teatro mexicano es presumir en el extranjero más propuestas como la de Vaca 35. Todo lo que necesitan las instituciones culturales es saber que se puede hacer teatro en los espacios menos esperados de sus propios recintos. Todo lo que necesita un crítico de teatro es mirarlo como si fuera la primera vez.
Todo lo que necesita una actriz es un gran texto y las ganas de triunfar es una manera de hacer teatro con lo mínimo para sacar lo máximo. Es una creación colectiva de Vaca 35 Teatro en Grupo, dirigida por Damián Cervantes. Se presentó como la segunda obra del ciclo Teatro de una Noche de Otoño 2019, organizada por Catamita y curada por Juan Carlos Franco, el viernes 22 de noviembre, a las 18 hrs. en el Museo de la Ciudad de Querétaro.
