La familia fracaso
José Manuel Velasco

El drama moderno posee un punto de convergencia en torno al cual giran nuestros conflictos: la mesa familiar. Cuando Chéjov dibujó el drama del tedio pequeño-burgués (la soledad de los caserones campestres y las ridículas condenas de nuestras vulgares mitologías genealógicas), señaló una fractura que se perpetúa y sigue expandiéndose en nuestros días: la fachada alegre del núcleo familiar moderno oculta un correlato trágico de frustraciones, neurosis, trauma y resentimiento.
Cada sociedad ha generado sus propias fantasías e idealizaciones de la célula familiar, pero es quizá en la baby boomer norteamérica donde surgió uno de sus modelos más icónicos, depurados y contradictorios: la imagen de la familia blanca disfrutando frente a la televisión (estampas cotidianas bellamente retratadas por Norman Rockwell y capitalizadas por la industria publicitaria). La familia feliz, una iconografía clásica que va desde los anuncios de Coca Cola hasta Los Simpsons.
Latinoamérica, por consecuencia, absorbió este relato. Bajo distintas condiciones políticas, económicas y culturales, las familias al sur de la frontera americana dieron a luz sus propias fantasías: los Burrón, el Chavo, las telenovelas, las barrocas épicas familiares del Boom Latinoamericano, por mencionar unas cuantas. Frente al resplandeciente modelo gringo, las aspiraciones de la familia latinoamericana exhiben rápidamente su faceta ridícula y grotesca. Si a esto le sumamos la doble moral católica, una sacrificada y melodramática educación sentimental, tendremos un tierno y monstruoso retrato de nosotros mismos.
Orégano, espléndida obra del dramaturgo argentino Sergio Lobo, ilustra a la manera de un violento cuadro expresionista y crea un universo absurdo y delirante en el que las heridas, las pulsiones y la perversión se muestran sin tapujos ni veladuras. La familia se sienta a la mesa: Norberto (Alan España), el papá lisiado; Alicia (Francisco Granados), la madre ciclotímica; “El Gordo” (Fernando Villel), el hijo reprimido; y Romina (Mafer Vergara), la hija cruel y desequilibrada. Poco a poco conocemos los detalles de su turbia realidad: la hija y el padre tienen la misma edad, “El Gordo” escucha voces en los tubos del desagüe y Alicia les taladra los oídos con sus arranques operísticos. El convivio es un miserable banquete de reproches, insultos, amenazas, manías y desilusiones. Apenas un sueño compartido: transmitir su vida a través de la radio.
El fino trabajo actoral pauta los ritmos del colapso familiar. La farsa, el humor negro y la ironía encarnan en el gesto y el trabajo vocal. Entre los cuatro actores consiguen establecer el tono de rareza y extrañamiento que continuamente revienta en risa y carcajada. La escenografía, a cargo de Aldo Alemán, se limita a un modesto hemiciclo de cajas de cartón que demarca los límites de la estancia. Cada elemento contribuye a la sensación de abandono, precariedad, olvido y derrumbe. El uso de los objetos (las máscaras, la ropa, la pistola, la maleta) es preciso y contundente. La dirección y la adaptación, a cargo de Francisco Granados y Alan España, destacan por la elegancia de sus detalles y por la sutileza con la cual orquesta los diversos elementos simbólicos.
El montaje es redondo y pleno de aciertos, le hace honor al texto de Sergio Lobo y aporta una estética propia. Obras como La omisión de la familia Coleman de Claudio Tolcachir y la mayoría de los textos de Luis Enrique Gutiérrez Ortiz Monasterio, comparten con Orégano el placer de lo excesivo y la caricatura grotesca: un sentido del humor instalado gozosamente en las fronteras de la crueldad y el ridículo.
El retrato familiar que Chéjov dibujó hace más de cien años, en nuestros días (y en nuestra geografía latinoamericana) arde atravesado por el delirio, el ruido, la alienación y las conflagraciones culturales de una época precarizada que respira al compás del espectáculo, las pantallas y —todavía— de las anacrónicas fantasías familiares que hemos heredado.
