La quinta mirada MAREJADA
El financiero
Por Fernando de Ita.
Como tantos mexicanos que cargan sobre la espalda más de 50 inviernos, conocí el mar en Acapulco, cuando el puerto de la Nao de China aún retenía buena parte de los encantos naturales que descubrí en las fotografías que guardaba mi madre sobre sus incursiones familiares en el paraíso del Pacífico mexicano. Gracias a una prima que había casado con el intendente del Jai Alai, pasé varios veranos en el viejo Acapulco a cuyo malecón llegaban los pescadores con enormes tortugas para que los turistas probaran la sangre de aquellas criaturas milenarias. En Acapulco fui a mi primera discoteca, nada menos que al histórico Tiberios, propiedad de mi primo Alfredo Elías Calles. En Acapulco pasé mi primera luna de miel en “La Fortaleza” de mi tío Alberto Álvarez Morphy. En Acapulco fui a mi primer Festival de cine y en Acapulco fumé mi primer “churro”, pero nunca fui al teatro en Acapulco porque no había teatro ni nada parecido.
Muchos años después, me tocó asistir en Acapulco a la Muestra Estatal de Teatro de Guerrero de donde salió el grupo de la Universidad que llegaría a la Muestra Regional del Centro-Sur, celebrada en la ciudad de Puebla, con un costal de mota que quemaron como incienso para deleite de la joven concurrencia. Ahora estoy en Acapulco en el Quinto Ciclo Teatral, Ola Nueva, que organiza un grupo de aguerridos acapulqueños comandados por Gabriel Brito. Lo valioso de éste proyecto es que nació como una iniciativa ciudadana para abrir brecha en el mar de la incultura que baña las playas de los centros turísticos. Nada más solitario que el ejercicio de las bellas artes en ciudades como Cancún y Acapulco. Que lo diga Leonardo Kosta, quien pasó diez años tratando de abrir el telón en la disneylandia caribeña, sin mayor éxito.
Por el contrario, Brito y sus compinches están cosechando lo sembrado cuatro años atrás, cuando recorrían hoteles y restaurantes modestos para obtener cuartos y comidas para los invitados al convivio de Ola Nueva que era, en efecto, un nuevo impulso por representar en el escenario la visión del mundo de los jóvenes que de algún modo habían sido infectados por el teatro. Lo que inició como una cofradía para dar a conocer las obras de los imberbes dramaturgos guerrerenses fue adquiriendo adeptos de fuera y dentro de la ciudad y el estado; dramaturgas como Bárbara Colio, actrices y directoras como Mariana Hartasánchez se sumaron a la tarea de abrirle un sitio al teatro en el mar de indiferencia al quehacer artístico del público y las autoridades. En el sexenio de Zeferino Torre Blanca, relata Gabriel Brito, la cultura fue la mujer abandonada por los hombres del gobierno estatal y municipal, así que todavía agradece el apoyo de la doctora Blanca Reyna, directora de la Casa de la Cultura de Acapulco en esos años, porque les facilitó el patio con gradas en el que se inició Ola Nueva, literalmente para un puñado de espectadores.
Al inicio de la quinta edición del festejo, la gente de a pie llega al “anfiteatro” de la Casa de la Cultura en cantidades no magníficas pero considerables, para huir paulatinamente del convivio, como hacían los espectadores del siglo XVI cuando la obra no les calaba en alguna parte de sí mismos; pero lo que uno admira en estos lancheros del teatro acapulqueño, es que hagan teatro en condiciones tan adversas, con niños corriendo en las gradas, con jóvenes hablando por el celular, con un público tan ajeno al teatro que es precisamente al que hay que conquistar. Las obras comienzan 30 minutos después de lo esperado, la luz del cielo opaca los escasos reflectores, el sonido es infame, nada está dispuesto para el teatro y a pesar de todo…hay teatro. En esas circunstancias, en éste país de mierda en el que el 85 por ciento de sus habitantes jamás ha visto una obra de teatro; en la nación, no, eso no existe; en el territorio que según todos los augurios será presidido en los próximos años por un copete iletrado, la gente común y corriente atisba el teatro como se ve a un albatros en el horizonte: como algo tan curioso que vale la pena dedicarle un poco de atención.
Hacer teatro en Acapulco es como vender nieve en el nevado de Toluca: una necedad, una obstinación. Gracias a la porfía de Brito y compañía, el Instituto de Cultura de Guerrero les dio los fondos necesarios para no mendigar hotel y comida para los grupos locales y los fuereños como Mauricio Jiménez, Edgar Chías, Mariana Hartasánchez y Ginés Cruz, que llegaron a compartir su experiencia con los comediantes locales. Gracias al FONCA estos cómicos hacen la legua a cargo de los fondos federas para la cultura y las artes. Gracias a un puñado de guerreros del teatro como Enoc Rodríguez, Alejandra Sánchez Hidalgo, Yolotli Vázquez y Gloria Ramírez, entre otros esforzados, Acapulco tiene un espacio para el teatro de las nuevas generaciones de autores dramáticos no sólo locales sino del país; un espacio para la reflexión, para la invención, para la creación de historias sobre la dicha y el dolor de hacer teatro en la playa.
