El año de Grotowski
Fernando de Ita
Jerzy Grotowski (Polonia-1933-Italia-1999) fue, sin sombra de duda, una de las grandes personalidades del teatro europeo del siglo XX, y en esa dimensión, una de las más complejas estrellas del teatro mundial. Sin saberlo, los miles de jóvenes que ahora se entrenan en el arte de la actuación, en cientos de estudios oficiales o independientes, le deben al director y teórico polaco parte de su entrenamiento. Por ello, resultaba extraño que al año de su muerte casi nadie lo recordara. Para mi grata sorpresa, al cumplir diez años de difunto, la UNESCO declaró que el año en curso seria el año de Grotowski, el último místico de esa forma de enmascarar la realidad que llamamos teatro.
México fue uno de los puntos de interés del director polaco, y el maestro Nicolás Núñez uno de los 12 discípulos que el Maestro reconoció como tales en diversas ocasiones, una de ellas, memorable, en Aviñon, la ciudad de los Papas.
No es casual que “Hacia un teatro pobre”, el libro que marcó la entrada de Grotowski en la escena internacional, se publicara en el año axial de 1968. Como diría el maestro Antonio Velasco Piña, los dioses tienen su propio calendario: el del tiempo sagrado. ¿Hace cuánto no se da a conocer un texto que revolucione las neuronas del teatro? Acaso no haga falta, porque nuestra actualidad carece de sentido. O tal vez sea más necesario que nunca, por la misma razón. Yo dudo de todo. Sobre todo de la duda.
En pleno 1968 Grotowski se presentó por primera vez en México, nada más, nada menos, que con el montaje de “El príncipe Constante”, una lectura “polaca” del poema dramático de Calderón de la Barca, que infectó a medio mundo del teatro con su propuesta del “actor santo”: Ryszard Cieslak. Como ocurre con ciertas ideas, con ciertas acciones, con ciertos actos, como la crucifixión del Nazareno, este montaje, visto por tan poca gente, cambió la dinámica interior del teatro, al menos de cierto teatro; aquel que busca la esencia de los hombres y las cosas. Para místicos locales como maese Luis Fernando de Tavira, fue una revelación. Aunque fue un modesto habitante de los llanos de Apan, el mencionado señor Núñez, quien trabajó, convivió, propagó y fue consecuente con la enseñanza del maestro. Por eso era irónico contemplar, muchos años después de que maese Núñez trabajara a diario las enseñanzas del polaco, a Jorge Vargas dirigiendo a las huestes tavirianas en su “saludo al sol”. Hay hombres que prefieren pedir perdón a pedir permiso.
Ciertamente la enseñanza del Maestro se volvió literalmente nebulosa en los últimos años de su vida, porque al abjurar del teatro de sala comenzó un periplo que lo alejó cada vez más de los asideros del teatro experimental, que se puede permitir todo, menos dejar de ser teatro.
Con el “Teatro de las Fuentes” Grotowski se fue y no se fue del teatro. Ya no hacía “obras de teatro”, pero había un sustento dramático en el aislamiento al que sometía a sus devotos, en la confrontación que se daba entre ellos para cumplir con las reglas monásticas disfrazadas de ejercicios teatrales; en la irrupción del tiempo lineal que ocurría en las concentraciones, cuando los “aprendices” eran despertados a las 3 de la madrugada para correr como manda de ovejas en los helados bosques de Polonia, esa tierra de nadie en donde tanto aman la imagen del crucificado.
Fue en ese tiempo (1980) cuando Grotowski regresó a México para internarse en la sierra nayarita, en busca del tiempo sagrado de los huicholes, de la mano, por así decirlo, del señor Núñez. Ya he narrado en otros artículos el desencuentro que tuve con Grotowski y con Nicolás por tal motivo. En el fondo, fue una experiencia netamente grotowskiana por lo que tuvo de confrontadora, de sedimento para el futuro.
Tal vez nadie ha entendido mejor a Grotowski que Eugenio Barba. Por lo tanto, es quien mejor lo explica. La editorial de Edgar Ceballos, Escenología, acaba de publicar en México “La tierra de cenizas y diamantes: mi aprendizaje en Polonia”, de Barba. Yo leí esta emocionante autobiografía laboral hace años, en las ediciones piratas (porque no pagan derechos de autor), de la Isla del Comandante, la amada Cuba. Y me encantó descubrir lo evidente: que “Grot” no nació siendo Grotowski; se hizo con el tiempo y el azar, porque en sus inicios el suyo fue, como tantos grupos xalapeños, tijuanenses, pachuqueños; un colectivo de tantos que intentaba hacer algo de teatro en las desangeladas barracas de Opole, un pueblo tan feo como el culo de un carbonero.
Eugenio narra con maestría cómo sus amigos de la prensa francesa sacaron del ostracismo al “Teatro de los 13” que en los años 50 e inicios de los 60 no tenía muy claro su propósito y su destino, aunque ya trabajaba con la idea del “Teatro laboratorio”, tomada, por supuesto, de Stanislavski. Con el impulso adecuado, Grotowski hizo del “Teatro pobre” una doctrina que alcanzó su Aleluya con “El Príncipe Constante”, y su coronación internacional con las tres versiones de “Apocalipsis cum figuris”. Paradójicamente, solo dos obras marcaron el principio y el fin de aquella epifanía del teatro que proponía no solo la reunión sino la comunión entre oficiantes y espectadores. La muerte súbita del espíritu encarnado de aquella religión, Riszard Cieslak, terminó con ella de tajo. “Grot” nuca volvió a las tablas, aunque esporádicamente se apoderó de ellas, más como el chamán de una intrincada experiencia que como hombre de teatro.
A Eugenio le debo haber estado presente en una conmovedora despedida del maestro polaco. En 1994, con motivo de los 30 años del Teatro Odín, Barba congregó en Dinamarca a cuatro fundadores de tradiciones teatrales del siglo XX: Kasuo Ohno; Judith Melina, Sanjukta Panigrahi, y Jerzy Grotowski. Como ya era su costumbre, “Grot” tiñó de misterio y expectación su llegada a Holstebro, la sede del Odín. Nunca apareció en las jornadas de trabajo, ni en las tertulias de la conmemoración, aunque se dijo que en la cena de despedida haría uso de la palabra. No fue así. Apareció vestido con traje formal, camisa blanca y corbata, y brindó con cada uno de los numerosos comensales en silencio. Se comentó enseguida que estaba enfermo de muerte.
Acaso era cierto, porque falleció 5 años después, más no fue aquella la última vez que lo vi. Ya había tenido con él una larga, intensa entrevista en casa del señor Núñez, en 1985. Fue la reconciliación del mal trago que les hice pasar a Núñez y a “Grot” en el 80. Para 1996 me invitó, junto a Edgar Ceballos, a su última aparición internacional, en Sao Pulo, Brasil. Aquel muerto gozaba de una salud envidiable, y ejercía a plenitud su derecho de aparición. Hablar con él en privado era una hazaña, mientras que en sus presentaciones públicas lucía como el tipo más comunicativo del vecindario .Me pregunto si incluso Eugenio podría explicar el sentido del trabajo de Grotowski en sus últimos años, cuando designó como “sucesor” a Thomas Richards, un mulato de los Estados Unidos que se ponía en trance para demostrar que era el digno depositario de las enseñanzas de su maestro. Lo impactante del caso es que, aún viendo aquel desfiguro, Grotowski afirmara que Thomas era 20 por ciento –recuerdo la cifra que dio en Brasil-, mejor que él. ¿En qué sentido? Si Grotowski tenía una respuesta, se la llevó a la tumba.
Ahí yace, pues, el hombre de teatro que cambió el sentido interno del teatro, casi siempre por las razones equivocadas, no las suyas sino las de sus seguidores. Como “Grot” conocía de sobra las tergiversaciones que se hicieron en Europa y América de las lecciones de Stanislavski; como estaba consciente de las malas lecturas a los delirios proféticos de Artaud, era un exhaustivo del detalle, del término exacto, de la palabra precisa. Recientemente, el poeta Alberto Blanco me contó la experiencia que tuvo con este afán de precisión idiomática. Ocurrió en la ciudad de Los Ángeles, donde Grotowski halló una fuente de financiamiento. El director polaco daba una conferencia. Acudió Alberto junto a una linda muchacha, y cuenta el poeta que aquel día era particularmente hermoso. En cuanto comenzó a hablar, “Grot” comenzó a fastidiar al traductor, precisando cada vocablo, cada término, cada oración emitida en francés y traducida al inglés. Era tan penosa la corrección, que el poeta tuvo ganas de apretarle el pescuezo a ese feo barón de piel casi albina, barbas hirsutas y ojos miopes. Para no hacerlo, salió de la sala, cruzando el escenario, porque a su estilo, “Grot” había sellado las puertas, llevando a la linda muchacha de la mano.
Lo interesante del caso es que sin conocer realmente la teoría y la práctica del maestro polaco, se haya dado tanto teatro grotowskiano en México y el mundo. Así, como concluiría Pepe Gordon, lo falso se convierte en verdadero porque la verdad siempre es falsa, en la medida en que no hay una verdad absoluta.
Para celebrar el año internacional de su maestro, el único discípulo de Grotowski en México, el señor Núñez, le presentó a Enrique Singer, director de teatro de la UNAM, un razonable proyecto conmemorativo, considerando que fue la Universidad quien lo acogió en sus tres visitas al país; ponderando que uno de los salones de ensayos de la Casa del Lago lleva el nombre del director polaco, porque ahí trabajamos con él un montón de macehuales adictos al Taller de Investigación Teatral de la UNAM, que tiene 33 años de fundado. La edad del Cristo. Pero el señor Singer se limpió el culo con la propuesta. Vaya por él. Porque el señor Núñez afirma que la celebración se llevará a cabo, con la revelación de un lienzo de “Grot”, pintado por Helena Guardia, quien trabajó directamente con el maestro, con una mesa redonda y la proyección de la versión digital de, El Príncipe Constante, el montaje que cambió no la piel sino el espíritu del teatro del siglo XX.
