El insólito caso de Martín Zapata
Este ha sido el año de la cosecha para el dramaturgo, director y filósofo de Facebook, Martín Zapata. Algunas de sus obras se han presentado en diversos escenarios del país y del extranjero, ganó un Premio Nacional de Dramaturgia y terminará el 2015 con tres montajes de sus textos, dos en la ciudad de México y el que viene en Xalapa. Aquí me ocuparé de Camino a Fort Collins, la comedia alienígena que ganó el Premio Bellas Artes de Baja California y fue estrenado el pasado fin de semana en el Teatro Santa Catarina, de la UNAM, de tan gratos recuerdos.
Martín Zapata
Lo insólito en Martín es que desde sus inicios como gente de teatro ha estado al margen de las modas y las corrientes dominantes de nuestra dramaturgia y su consecuencia: el montaje. Del teatro onomatopéyico pasó al teatro polaco cuando ya nadie lo montaba en México para entrar, pieza por pieza, a su propio fabulario que se inicia con El insólito caso del Señor Morton, en donde el enredo de la comedia clásica es puesto al día con gracioso descaro y eficaz economía de lenguaje dramático y escénico.
Lo insólito en Zapata es que sus textos están pensados línea por línea, palabra por palabra. Dirá el lector que así se escribe y estará muy equivocado porque si revisamos la dramática de nuestros autores posmodernos veremos que escriben sin pensarlo, quiero decir, por bloques, más atentos al efecto de su discurso que a la manera de formarlo. Zapata, en cambio, cuida la concatenación de las sílabas que devienen en palabras que forman frases que expresan una manera de decir las cosas, esto es, un estilo literario. Por eso al leer sus obras sentimos que estamos leyendo a un autor de otro tiempo, aquel en el que la manera de hablar determinaba la personalidad del hablante, su visión del mundo. Tiempo pasado que al darse en el presente puede ser el futuro.
No me puedo detener en la progresión de esta manía, sólo decir que desde El dolor debajo del sombrero (2005), a Soneto para dos lamas en vilo (2012), pasando por El siniestro plan de Ventila Radulezcu (2011), su autor se ha servido del idioma español para hacer un teatro de lo real imaginario que en su insólita cotidianidad es capaz de contarnos la historia de una hermosa extraterrestre (que en realidad es su papá), que llega a la tierra a desflorar al retraído propietario de un café perdido en la estepa estadounidense, como ocurre en Camino a Fort Collins.
Camino a Fort Collins
Sin la manera de contarla, esta fábula de los años 50 sobre el famoso episodio de Roswell que en el comentario popular dio por hecho que el ejército de los Estados Unidos había derribado a un OVNI y matado o capturado a su tripulante, en la misteriosa Área 51, sería insostenible para el teatro por los impresionantes recursos visuales e imaginativos que han desarrollado sobre el tema el cine y la televisión digitales. Martín lo sabe y toma su chuscada de pretexto para hablar de lo que realmente lo desvela: el amor y sus laberintos.
Es noche de tormenta, la nieve quiere sepultar la tierra, la radio emite una canción emblemática de la época, y como es imposible que se presente un cliente al café del pueblo su dueño apaga la luz para que alguien toque enseguida a su puerta: es Ella, la mujer con la que todos hemos soñado. Es cosa de minutos para que Él se enamore y se lo diga, sin reparar que sólo un ser extraño puede aceptar ese amor insólito. No prosigo con la anécdota para que el espectador disfrute el desenlace, pero sobre todo porque sólo es el andamio sobre el que se levanta la habilidad verbal de Martín para enredarnos en su fantasía, la maestría de Alejandro Luna para iluminar el espacio real de la ficción, y el temple actoral de Manuel Domínguez y Diana Sedano para darle a esta ocurrencia la tensión dramática de una pieza.
Gracias a la radio el autor juega con el traslape del tiempo lineal del teatro canónico y el productor se ahorra a un narrador en escena, recurso de los años 30 que al querido Richard Viqueira, autor del programa de mano, le parece un signo postdramático.
Gracias a su insólito lenguaje Zapata hace que un encuentro cotidiano se vuelva extraordinario, y gracias a su precisa, milimétrica dirección escénica todo el trazo es limpio, orgánico, progresivo, con un momento duro, ajeno al tono general del montaje, cuando él la desflora ignorando que el desflorado es él. Duro para los actores porque el director los mantiene en el amancebamiento largos minutos, inquietante para los espectadores porque no todos son voyeristas, y chusco para la canalla xalapeña que estaba en el estreno (entre la que me cuento), por un chiste privado que ha hecho de Manuel, el actor, un, Don Manuel, en cuestiones amatorias.
Bromas aparte, la capacidad de Manuel Domínguez para estar en el escenario es la que tiene el tigre para ser tigre: un atributo de su naturaleza. Sin duda la academia y la experiencia le ha afinado las rayas, el colmillo, la atención y la perspicacia, pero sin la condición natural que lo hace un animal escénico, sería un buen actor, pero no un actor extraordinario. Diana Sedano entra al escenario y el mundo cambia. Primero por su belleza ficticia, quiero decir, por el resplandor que adquiere su cuerpo cotidiano cuando se transforma en personaje. Luego porque esa irradiación no viene del maquillaje ni del magnífico vestido que le diseñó y configuró Sophie Masson, sino del atrevimiento, acaso involuntario, de cambiar de piel al hacer teatro. Como las mejores actrices, por esa alquimia inexplicable que tienen algunas mujeres para, siendo Una en la vida real, sean Otra en la irrealidad del teatro.
El espacio escénico
Hasta este montaje, Martín Zapata había sido el director más minimalista del teatro en México. Cero escenografías. Escenario vacío y un mínimo de trastos, y objetos indispensables para la acción. Ahora se acercó al Maestro Alejandro Luna para pedirle su luz y su organización del espacio, como le llama Luna a la Escenografía. Tal vez intuía que su comedia galáctica requería de un espacio real para ser ficticia, y nadie mejor para sacarle al falso mundo del teatro su aspecto real, porque truquea la fotografía y nos hace ver, como en la obra de Martín, un café gringo de años 50 como si fuera una copia del original, precisamente porque la altera. El piso es real, las mesas son reales, la barra es real, pero lo son de tal modo que requieren de la ficción para cumplir su papel. Ahora comprendo por qué Luna sostiene que el arte fijo de la escenografía es un artificio en movimiento, porque para no ser decorado debe moverse con la acción dramática. Debe ser pensada y construida como otro personaje del conflicto. Ese movimiento Luna lo consigue con la iluminación, de la que es aún el más grande artista de México y buena parte del mundo, porque como decía en broma, es capaz de resistirse a poner una luz verde en una historia de extraterrestres como la de Zapata. Me extiendo en el tema porque la iluminación y la escenografía son los grandes vacíos de la crítica nacional e internacional, a grados vergonzosos en nuestro ámbito. Evitamos el tema por ignorancia. ¿Cómo explicar, definir, apreciar, criticar la luz de Luna en esta comedia? ¿Por qué hay una formación militar de licos sobre el espacio escénico con pura luz blanca? ¿Por qué utiliza el insólito aparato luminotécnico llamado Sbovoda en honor del gran escenógrafo e iluminador checo, para un solo momento del montaje? Finalmente, ¿porque esa luz cruda, sin mascarillas de por medio, siendo tan real, nos da la dimensión de la irrealidad?
Allen vs Bergman
Con todo y su premio, Camino a Fort Collins es el texto más flojito de Zapata en comparación con sus dos obras anteriores, porque como dijo otro Master del teatro mexicano, cuyo nombre solo puedo abreviar (Legom), se la pasa planteando el tema y el desenlace llega de chingadazo. Sin embargo, es su espectáculo más logrado porque todo está en su lugar, aunque en el borde, pues escribió una comedia a la Woody Allen que en sus pausas y silencios tiene un tratamiento a la Bergman. Dirán que me contradigo, pero tal es el privilegio de quien gozando la gracia del talento ajeno puede anotar algunas de sus imperfecciones.

