Muerte de las notas de un acordeón
Ricardo Núñez Román
Hace mucho no tenía la oportunidad de revivir las fiestas de muertos en Oaxaca, pero este 2 de Noviembre encontré tan bullicioso y encantador el ambiente que me aventuré ciegamente al mundo del más allá. La cita se dio en el Panteón General cerca de las tumbas de los olvidados. Ahí donde la peste obligó a enterrar cadáveres anónimos entre las paredes, un dueto de piano y violín interpretaba sin parar música de compositores Mexicanos del siglo pasado, de pronto una señora me preguntó que si ése era el lugar donde María Moret se presentaría, yo respondí que no sabía. La señora en cuestión desapareció ante mi ignorancia, como poseída por una urgencia demoníaca, lo cual resultó en una invitación a indagar.
Caminé entre las tumbas errático hasta que encontré un escenario montado frente a un derruido Mausoleo y un cartel que rezaba «Muerte», de María Moret. No hubo de otra que instalarme sobre una tumba, ya que las pocas hileras de sillas estaban repletas. Frente a mí estaba una chica en silla de ruedas acompañada por un muchacho de cabello largo con gafas oscuras a quien se le acercó un miembro del staff de MXteatro, para conversar sobre su opinión de la misma obra presentada ahí el día anterior. El muchacho de las gafas explicó que había sonado bien, excepto el acordeón, que no se alcanzó a oír.
Esperamos casi 40 minutos, la obra comenzó poco después de lo programado con músicos en vivo, incluyendo al acordeonista, quien se destacaba por su serenidad y singular atención. Un coro de voces femeninas en perfecta armonía interpretó música triste, y un actor se levantó de su tumba pronunciando sus prosas. Escenas de funerales e inmigrantes perdiendo su vida al intentar cruzar a los Estados Unidos, se entretejían entre narraciones difíciles de seguir, danzas básicas y cánticos oaxaqueños.
Concentrarme en una narrativa fue imposible, no pude encontrar una línea conductora dramática que resultara entretenida. Lo repetitivo de la propuesta quizás hizo que algunos espectadores abandonasen el lugar, me sorprendió incluso que gente en las codiciadas y escasas sillas, decidiera marcharse. Yo estaba de pié sobre la tumba; con permiso del difunto, espero, y aunque por ello gozaba de una buena vista del escenario, no pude seguir, y a media obra, tuve que abandonar también el lugar, no sin antes confirmar que efectivamente, las notas del concentrado acordeonista se perdían en vano sin alcanzar a oírse. Me dirigí entonces al andador que conecta el Zócalo de Oaxaca con el emblemático templo de Santo Domingo y tome algunas decenas de fotos; cuando la gente se dispersaba del lugar, me encontré al hombre de gafas de cabello largo, acompañado por un violinista claramente anglosajón y junto a él, al acordeonista de la mirada atenta, ahora sí, tocando deliciosamente y con buen volumen esperando las monedas de los paseantes. Le pregunté su nombre, Max, respondió; entonces descubrí que estos singulares personajes eran ciegos, eso explicaba su atenta mirada perdida. Los disfruté y reflexioné que las aventuras que suelo perseguir con intuición ciega, terminan con significados bonitos y místicos, quizás como el significado que la obra «Muerte» trató de exponer, pero con mi ceguera no pude alcanzar a entender.
Dos días después regresé a ver la obra completa, ahora en la magistral explanada del templo de Santo Domingo, esta vez cómodamente sentado. Después de la segunda experiencia, sigo pensando que no posee trama interesante y que algunas coreografías no aportan mucho, se salva por la bien lograda música y el ensamble glorioso de los cantantes, después de la mitad de la obra, se logra sostener gracias también al atinado sketch cómico de un Danzón con enmascarados de lucha libre. Muerte es un espectáculo teatral con un importante premio en Nueva York, sin duda tiene muchos méritos apoyados primordialmente en la música, pero creo no entretiene más allá de eso, lo mismo que en el panteón, decenas de gentes abandonaron el lugar antes de que la pieza concluyera. Max no se percató de ello, pero yo pude comprobar una vez más que su Acordeón se obstinaba a seguirse perdiendo en la mala mezcla sonora.
