Paradoja de un titiritero enamorado
En el teatro todo significa. En este montaje hay una aparente incoherencia, un diseño plástico con un choque discursivo, es decir, tenemos elementos como una pared blanca de libros evidentemente falsos pertenecientes a un mundo surrealista y frente a ella un montículo de libros regados en el suelo que representa la realidad.
El vestuario de los personajes siguen la misma línea discordante, el profesor (Ángel Norzagaray) tiene atisbos caricaturescos, y el de Antonio, el joven atleta interpretado por Gilberto Corrales, alude discretamente al correcaminos. Todas estas contradicciones son parte de la semiótica que detalle a detalle conforman la poética de la obra.
En cuanto a las actuaciones, pareciera que los personajes fueron hecho a la medida de los actores, las inflexiones de voz de Ángel Norzagaray me provocaron la sensación de que podría lastimar su garganta, sin embargo la creación de personaje es muy interesante, el andar del profesor es tan pesado como el tiempo que ha transcurrido sobre él. Y por último, siempre es agradable ver a Gilberto Corrales en escena y ésta no es la excepción, eso sin mencionar el desnudo bien justificado que marca el texto.
El texto no es totalmente de mi agrado por las características misóginas de los personajes, pero este tipo de situaciones invitan a la reflexión. El trabajo surge —a decir del director— de la necesidad de decir algo desde el corazón, con todo y mis prejuicios e ideales aplaudo con goce el trabajo de los artistas que además siempre serán las personas de quien directamente aprendo y lo más importante agradezco ver salir a un público contento.

