David Olguín: La nueva maestría de hacer teatro
He tenido la fortuna de conocer a los grandes maestros del teatro en México del siglo XX, pero es la primera vez que veo cómo se forja ese estatus. A sus 54 años David Olguín entró el jueves 1 de junio a la Academia de Artes por méritos propios, como un hombre de teatro a la Moliére: actor, dramaturgo, director, maestro, promotor, editor y ensayista. En algún texto he dicho que la generación de Moncada, Chabaud y Olguín es la última del discipulado que generó Rodolfo Usigli porque después de ellos los aprendices del drama se fueron por la libre y en esa fuga de la tradición Olguín es uno de los pocos hacedores de teatro al que estos prófugos llaman: Maestro.
David es alumno del Centro Universitario de Teatro, pero tuvo la fortuna de emprender sus estudios de dirección en Londres —cuando salir de la nopalera no era tan común como ahora—, mas su piedra de toque fue ser alumno, colega y amigo de Ludwik Margules. Tengo para mí que eso hizo la diferencia; no se pasaba por esas garras impunemente. Con Ludwik primero había que sufrir para hallar enseguida la ternura de la bestia.
Cabe considerar que el primer conflicto que enfrentó el nuevo académico de número fue pretender ser dramaturgo y director a la vez. Hoy hasta los actores escriben y dirigen sus obras, pero en los años 80 era estar entre la espada y la pared porque el pleito entre autores y montadores de escena era feroz. Tal vez por ello el autor de Bajo Tierra (1982), tuvo que esperar justo 10 años para dirigir ese homenaje a José Guadalupe Posada con el que David inicia su acercamiento al inframundo que se ahonda en La puerta del fondo (1984), Dolores o la felicidad (1996) y alcanza una cima con Belice (2001)*.
La primera obra de Olguín se llama La representación y aunque es un texto de juventud su tema es el teatro y están ahí las inquietudes y las búsquedas formales y conceptuales que desarrollará como autor de teatro de los años 80 a la fecha. El sentido tragicómico de la existencia, el afán de abolir la realidad con la irrealidad pero no a la manera del realismo mágico sino a la Rulfo, dándole a la muerte un lugar entre los vivos. De una manera muy distinta a la del autor de Pedro Páramo, la Muerte es uno de los personajes visibles e invisibles de la dramaturgia Olguiniana, y no es casual que el personaje de Belice se llame Juan y parte de su viaje iniciático sea la búsqueda del padre.
Sí, hay un sustrato rulfeano en la dramaturgia de David Olguín que choca de algún modo con el director inglés que lleva dentro. Educarse en el manejo de la escena en la Universidad de Londres y volver a México a montar teatro es pasar de lo racional a lo irracional, del orden estético al desfiguro emocional, de la sobriedad de la pieza al desborde melodramático. De vuelta a casa le tocaría otra batalla, ahora entre la tradición de la dramaturgia mexicana y la vanguardia europea, una escaramuza que los pintores vivieron en los años 60 entre el arte nacionalista y el arte contemporáneo a la que el teatro llega tarde, como se duele el mismo Olguín en un testimonio sobre su trabajo**.
David llega a la Academia con la espalda en su sitio porque ha transitado por diversos ámbitos del teatro sin doblarla, siempre sostenido por su trabajo, viviendo día a día la azarosa aventura de mantener en funciones un espacio escénico y una editorial de teatro, hágame usted el favor.
Más allá de la pompa burocrática que acompaña la llegada al “Pórtico del Saber”, es grato que un hombre de teatro al que sentimos nuestro, quiero decir, del lado del teatro, sea reconocido por la Academia a una edad en la que se comienzan a recoger los frutos y las consecuencias de media vida dedicada a la invención dramática y escénica. Tanto estar cruzando a la invención de otros mundos va dejando parte de ese emigrante de la realidad en el otro lado, ahí donde quisiera quedarse todo inventor de historias; en el anhelo.
*Las tres primeras fechas corresponden a la publicación de las obras, la de Belice, al año de su escritura.
**Un viaje sin fin, 2004. Sociedad de teatro y medios de Latinoamérica.

