Breves estampas de resistencia

  • Crónica (in)completa del 14 Festival Internacional de Danza Extrema 2018.

(Parte 1 de 2)

 

Lunes 25 de junio de 2018.

 

Es bien sabido que esta será una semana que tendrá un curso intenso. Es el previo a definir cosas muy trascendentales en la historia del país, en diversos vértices, desde distintas ópticas, en escenarios bastante contrastantes. La política, el deporte y los espectáculos han alcanzado un nivel masivo en la atención y reflexión pública, pero tristemente son temas que también han banalizado en gran medida el discurso nacional. Dentro de 20 años, (tal vez más, tal vez menos), se recordará esta época desde las perspectivas de un México, por cierto, muy distinto y, espero, con mayores certezas.

Sumido en esas y otras reflexiones, desconectado en cierta medida del ámbito local, me enteré por la mañana, que justo esta semana, el Festival Internacional de Danza Extrema se presenta en Área 51. Este año es ya la edición número 14. No pretendería pasar por ser ningún entendido en la danza ni mucho menos, pero algo dentro de mí me dijo que debería asistir. Ahora no soy muy asiduo, pero cuando era más joven, me gustaba ir de cuando en cuando a las funciones de danza sólo para escuchar la música, porque casi siempre se encuentra uno con cosas sobresalientes y la ponen a un buen volumen.

Bien, pues resulta que me enteré del evento y unas horas después ya estaba entrando a la sala, así que no tuve tiempo de generar ninguna expectativa. Lo bueno es que se me ocurrió llegar media hora antes de las ocho, porque llegó muchísima gente, y eso que hoy hizo una de esas tardes antiguas xalapeñas marca registrada: húmeda, goteras a media banqueta, luz mortecina y humanos taciturnos en las calles. El foro de Área 51 se llenó a tope y puedo imaginar que hubo quien se quedó afuera.

Pues ya estamos todos adentro. Se apagan las luces y de inmediato se siente esa incertidumbre bonita que sólo sucede en estos lugares, mariposas en el estómago y todo el paquete emocional. Suena la rúbrica del festival anunciando el espectáculo y por fin principia todo. Es necesario decir que detesto tomar fotografías o video de las funciones, así que sirvan mis palabras como un pálido reflejo de lo que he sido testigo.

La primera coreografía se llama El valle de los caballos. Ante nosotros muy cerca de donde estamos sentados, se presentan unos cuerpos en posiciones complejas, casi abstractas. Después, caí en la cuenta de que ese es el momento en el que se opera la transmutación. ¿Por qué digo esto? Porque al cabo de unos segundos, todos esos cuerpos se levantan y despliegan unas bellísimas melenas negras. Casi sin sentirlo, la técnica hace su magia y el título de la obra te hace sonreír de tan obvia e irrefutable, pues ¡hay una manada de hermosos caballos, ahí, frente a mis ojos! Agitan las crines, saltan, respiran… la ilusión es sorprendente, tanto que el escenario, de súbito, pareciera que se ha vuelto enorme. Así de simple y así de bello. Si se me pidiera definir con una palabra esta obra sería “movimiento”. Un trabajo muy directo, sin divagaciones que recuerda esa sensación de encontrarse con una obra de arte en un museo. Se la recomendaría a quien le guste perderse en la contemplación de la naturaleza indómita.

Después, del silencio surgió Construida en arena, un padedé poderoso que no deja dudas por qué participa en un festival que se llama Danza Extrema, pues lo primero que hace es presentarnos una proeza de equilibrio y riesgo. Visualice esto: una bailarina subida en los hombros de su compañero, cada quien mirando a lados contrarios y sin parar de hacer movimientos pequeños pero muy energéticos, teniéndonos a todos los presentes con el alma en vilo por la posibilidad real de una o varias lastimaduras graves. De pronto, ella se deja caer de modo que él la sostiene antes de llegue al piso y se quedan un momento fundidos en un abrazo. ¡Vaya imagen de lo frágil y vital que es la confianza en una pareja! Y pues desde ahí, la coreografía te atrapa y no te suelta. Volví a corroborar el papel primordial que tiene el suelo en estos avatares dancísticos, pues es a la vez, un adversario peligroso, pero es también el elemento donde se equilibran y se apoyan las energías cinéticas que hacen posible la danza. Por eso, conforme fue desarrollándose la secuencia, los bailarines, congruentes con esa primera imagen, hacían parecer que el suelo no podría hacerles daño jamás, tanto que constantemente iban hacia él sin siquiera hacer ruido y se levantaban y volvían y sólo se escuchaba el ritmo de la música y el de sus cuerpos en equilibrio, con mucha energía contenida, como a punto de estallar ¡Genial! Seguro le gustaría mucho verla a quien está metido de lleno en los deportes extremos o en las artes circenses.

Vino un aplauso que precedió al estreno de Vórtice 18. Tres bailarinas en forma de trillizas idénticas, se desenvuelven en un ambiente etéreo, muy alejado de la propuesta anterior. Aquí, no hay ninguna dureza y el piso se vuelve como hecho de una materia muy sutil. El escenario se ha convertido en un espacio infinito. Moviéndose las tres, acompañadas de música electrónica (muy ambient a la Bian Eno), me hicieron recordar esos modelos de cuerpos masivos flotando en el espacio que, a través de la gravedad, constantemente se atraen y se repelen en formas espirales. Y cuando estos cuerpos “colisionan” en el escenario, obtienen composiciones espectaculares, muy plásticas. Creo que le parecería muy interesante a quien le guste el ánime en sus versiones menos comerciales o la ciencia ficción ciberpunk del estilo de Blade Runner.

El show terminó y como era de esperarse, hubo una gran ovación. El maestro Alonso Alarcón se subió al escenario y dirigió unas palabras acerca de sus coreografías. Un verdadero crack para hablar en términos futboleros, tan adecuados en esta época mundialista. Habló de la importancia de la resistencia y de hacer danza en un país donde los cuerpos desaparecen. Luego, público y artistas se fundieron en una convivencia con comida y bebida en el lobby del teatro, previo a la presentación del proyecto de improvisación A tres mundos de distancia, que seguro también debió haber estado muy buena. Me fue imposible quedarme, así que no tuve oportunidad de verla.

En fin, mañana escribiré otra vez. A ver qué nuevas sorpresas depara el festival.

 

Martes 26 de junio de 2018.

 

¡Uf! ¡Qué día! Quisiera hacer más justicia a lo que he visto, pero mis palabras aún no llegan a esos niveles de claridad. Es algo lamentable que haya gente que tenga cierta renuencia a asistir a una función de danza, seguro que se han perdido mucho, pues en unos cuantos segundos, en dos o tres compases, en una secuencia, en un gesto, en un paso, puede estar contenida la verdad que a veces nos elude como personas.

Hoy, debo decirlo, ya más entusiasmado después de comprobar la calidad del festival, acudí al Área 51 y lo primero que llamó mi atención fue que había un público muy diferente, aunque menos numeroso que el de ayer.

El primer show de la velada, 2018 de Jaina Campos, fue una propuesta con un sabor muy urbano y brumoso. De carácter sin dudas xalapeño, pero también con elementos estéticos que remiten a una gran ciudad. Destacó la energía de los cuerpos jóvenes y bien trabajados en el escenario, se nota que andan recorriendo el camino de la búsqueda de una poética propia. Recomendable para quien disfruta ver la ciudad desde un mirador o una azotea.

Aplausos.

Luego, Este corazón de Isabel Beteta… y bueno, aquí debería hacer una pausa ante algo que legítimamente me ha dejado impactado y que me emociona nuevamente de sólo recordarlo… Luz cenital. Una espalda magnífica y un largo cabello cayendo a lo largo de ella. Música exótica, como del otro lado del mundo. De pronto, el movimiento de unas manos que emergen del cuerpo, igual que si fueran flores o brotes de hierba vistos a hiper velocidad. Movimiento suave y controlado. Vitalidad y sensualidad. Son evidentes en escena las características de un cuerpo que ha madurado después de dedicarse toda la vida a la danza. Sentí una genuina tristeza de pensar que lo más probable es que nunca vuelva a ver esta coreografía, pero también pensé en lo privilegiados que fuimos como público al ser testigos de algo bello, íntimo y profundo. No quiero pensar que haya alguien a quien no le guste mirar algo como esto, pero es ideal para quien gusta de recordar momentos especiales de la vida… lo que sea que eso signifique en este contexto.

Aplausos.

Ku’k de Karelly Escudero, es una propuesta muy refinada sobre la leyenda del Quetzal, hijo de los dioses. Tiene momentos muy emotivos y bellos, muy plásticos. Dos bailarines componen a lo largo de la coreografía, el cuerpo divino del ave en cuestión. Me pareció tan efectiva, que desde mi lugar no cesaba de imaginar escenarios fantásticos como este: “De existir una máquina del tiempo, sería un interesante ejercicio poder viajar con esta obra al pasado de este país… seguro triunfaría como una propuesta Avant-garde en cualquier mitote prehispánico”. ¡En fin! Es lo lindo de dejarse llevar por la magia del escenario. Seguro es algo que disfrutarían mucho niños y niñas en edad escolar, pues tiene elementos que llaman mucho la atención a ese tipo de público ya que es una coreografía clara, expresiva y espectacular, muy accesible.

Aplausos.

Para terminar con la noche de privilegios, Venezuela de la maestra Julieta Valero, con una poética vanguardista que inmediatamente acusa provenir de otras latitudes. Empieza raro, (como decimos los que no entendemos), pero una vez que conectan los 4 cuerpos en escena, ¡BUM! se vuelve clara y emotiva. Con una narrativa de resistencia, dominio y sinergia. Para quien gusta de resolver enigmas complejos.

Aplausos que se vuelven ovación.

Estupenda noche. Los espectadores nos retiramos satisfechos, con una sonrisa en el rostro y con imágenes para siempre impregnadas en el alma.

 

Miércoles 26 de junio de 2018.

Después de una mañana triste para aquellos que gozan con las vicisitudes del futbol nacional e internacional, misma que llena de sendos nubarrones el futuro inmediato de la actuación de una selección mexicana que difícilmente pasa desapercibida en este país, llega una nueva oportunidad de participar en la intrahistoria de la danza en estas latitudes.

Oda a la araucaria de Amairani Gabriel, con un discurso ecológico, empieza presentando un lugar parecido a Xalapa post-apocalíptico con acordes de Kraftwerk, para después evidenciar en escena una clara inspiración afrocaribeña con tintes de los cabarets de antaño. Coreografía y música deliciosas, como un buen café lechero. Muy recomendable para aquellos que disfrutan los espectáculos del estilo de los antros contemporáneos o de las películas donde salía danzando Tongolele.

Tiempo de un instante de Israel Ismael Infante y Rodolfo Ruiz, se siente misteriosa y con una narrativa de dominación y conflicto, un verdadero duelo de fuerzas sobre el escenario. Su poética corporal abreva de los llamados funk styles urbanos, concretamente del poppin y el hip hop, con un sabor a rave y fiesta de madrugada a la orilla del mar. Ideal para las personas con ganas de emociones fuertes.

Colateral de Luis Vallejo, es una pieza llena de humor y de reflexión acerca de la estética y cotidianidad de la vida en la gran ciudad desde la óptica a veces surrealista de lo popular y también del populacho. Improvisación mezclada con repertorio, muy experimental y posmoderna. Excelente para quien goza asistiendo a las luchas, baila con el sonidero, y venera al sagrado pulque.

Para finalizar el día de hoy, The cold song de Sara Domínguez. Es una valiosa propuesta punk con una poética disruptiva y disonante, con una estética que remite a los espectáculos off-off Broadway. Intelectual hasta el extremo. Una mujer toma por asalto el espacio dando un discurso en un inteligible alemán, para luego, a través del cuerpo y de algunos objetos inciertos, hacer caso a sus más profundos y honestos impulsos: correr, jugar, gritar, quitarse un zapato, repetir obstinadamente una secuencia de movimiento… es, por cierto, una representación de la libertad a muchos niveles. Puede ser que haya quien desprecie este tipo de propuestas por considerarlas inferiores en comparación con el trabajo de otras compañías, sobre todo en el aspecto corporal, pero el escenario no tiene por qué pertenecerle todo el tiempo solo a los virtuosos. Muy recomendable para quien no tiene miedo a probar cosas nuevas.

Antes de salir de la sala, me quedo un momento sentado en mi lugar disfrutando del ambiente tibio que se percibe en el espacio. Miro el programa de mano. Leo: Festival Internacional de Danza Extrema… todas y cada una de esas palabras son verdad. Salgo y camino como queriendo dar saltos en una calle bañada por la noche. Hasta mañana.

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