NIÑOS CON GLOBO

Los caminos han sido tomados. No están desiertos. Se originan en pueblos que, desde hace mucho, están llenos de sólo fantasmas y demonios despiadados. Al lado de aquellos que los transitan, se yerguen monstruosas amenazas que acaso la única virtud que tienen es la de provocar que se apriete el paso evitando mirar atrás. El suelo dista mucho de estar pavimentado con adoquines amarillos, pero allá, a lo lejos, con los ojos de la imaginación, puede vislumbrarse una ciudad esmeralda, que, si bien no es el hogar, sí guarda una anhelada comprensión de una realidad dolorosa y caótica.

La puesta en escena Golondrinas, del colectivo La Butaca Roja, es, en su conjunto, una chispa que colabora en la percepción y el entendimiento de un abrasador fenómeno complejo y urgente: la situación de las personas migrantes, desplazadas y refugiadas. Por medio de una historia que se centra en el viaje fantástico de tres niños, la obra, provoca la reflexión sobre un tema presente no sólo en el ámbito regional de la actualidad, sino en el histórico mundial.

A un asunto que es tan delicado y vigente y que puede atestiguarse día con día en las calles de esta y otras ciudades, es fácil banalizarlo al pasarlo por el filtro del lugar común y de las asfixiantes redes de lo políticamente correcto. Gabriela Román Fuentes, parece estar consciente de estos y otros peligros, y en su texto dramático poetiza una experiencia que de otro modo se antoja inabarcable e inconcebible. Hace referencias jocosas a obras de la literatura clásica que consiguen volver universal al relato. Está presente, sobre todo, La Odisea, pero también se asoman por ahí, Don Quijote, Los Tres Mosqueteros, Caperucita Roja, e incluso, El Santo. A través de sus palabras, el fenómeno se despoja de retóricas ya muy desgastadas a estas alturas, y permite percibir a los protagonistas desde perspectivas más empáticas.

Similar a lo que ocurre con los esténciles de Banksy, la puesta en escena pone de protagonistas a niños que se enfrentan cotidianamente con el aterrador monstruo del statu quo, “armados” únicamente con una esperanza inquebrantable, (porque mientras haya niños habrá vida y mientras haya vida…). Así, José Uriel García Solís establece con su dirección, un lenguaje escénico que armoniza y a la vez contrasta con las características de sus coloridos personajes. Por momentos, da la impresión de estar ante un patio de juegos, mirando juguetes viejos y figuritas estropeadas por el uso. Incluso la iluminación colabora para desdibujar los rostros y las expresiones de estos niños/muñecos volviéndolos fantásticos, pero a la vez reflejando la manera en que pasan desapercibidos en la realidad. El elemento de la música en vivo enfatiza sutilmente el aspecto desolador que subyace en la historia de los pequeños protagonistas, ya que es algo bello que los acompaña, pero en ocasiones casi llega a desaparecer. Los ambientes que se generan están diseñados para emular los sueños, donde una cosa de pronto es otra y las perspectivas visuales parecen, por ratos, imposibles. El dispositivo escénico omnipresente e inamovible, como un colosal monolito que representa la línea que se sigue en el éxodo, es el centro de una composición como de vórtice que parece tragase a los personajes. Este elemento es utilizado con creatividad y es tal vez el aspecto más interesante de la propuesta escénica del director.

Con todo el riesgo que ello significa, han recurrido a esa fascinante (casi surrealista) costumbre mexicana de presentar en escena a adultos representando a niños. Consiguen personajes balanceados y bien establecidos, en gran parte, gracias a la exploración de la voz y sus varias tonalidades y colores que van adaptándose con cierta inteligencia a diversos espacios dramáticos. Se agradece entonces la casi completa ausencia del obvio y simplón matiz melodramático, tan socorrido cuando se aborda este tipo de temas. Con esto, se deja espacio a una acción que construye una ficción creíble y divertida. Así, es posible pensar en otros significados que muchas veces el sufrimiento y la tristeza impiden apreciar. Es decir, el viaje de los niños migrantes es una huida terrorífica, triste y desoladora. Pero también se trata de un viaje heroico. Es heroico atreverse a empezarlo, (a veces más de una vez), y más aún resistirlo y terminarlo. Son heroicas aquellas personas que ayudan y las que consuelan, quienes acompañan y las que vencen al miedo, quienes cuentan cuentos, las que son artistas y poetas, las que limpian lágrimas y las que hacen reír cuando más oscuro es el panorama, pero, sobre todo, es un héroe quien vuelve a regalar una sonrisa cuando parece que ya no quedan más motivos para sonreír.

Jorge Arturo Torres Vázquez.

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