LA ÉPICA EN AQUELLOS DORADOS DÍAS DE NETFLIX

Comentarios sobre Ítaca. Bitácora de viaje.

I

No es aventurado afirmar que, desde los albores del lenguaje, el mundo está lleno de historias. Siempre es posible enfrentarnos a ficciones que se cuentan sin cesar, se obsequian en lo privado, se comparten hasta a los extraños y son inventadas para quedar bien con los conocidos. Cantidades descomunales de cuentos adornados, aprendizajes modificados por el ego y hechos que ya han sido desechos por el tiempo, se producen, se comercializan y se consumen con la avidez que existe en un mundo que, por cierto, cada día parece moverse más rápido. Así, las historias que contamos y aquellas que nos cuentan, dominan el mundo del entretenimiento, ya sea que provengan de las más altas cumbres de las omnipotentes industrias o de los recovecos más oscuros de cualquier circuito indie local.

II

Y con tanta oferta que seguro existe, parece que lo que nos toca como público consumidor es decidir qué versión de la odisea es la que queremos que nos cuenten. Sabemos exactamente qué es lo que deseamos, ¿o no? Creemos conocer nuestras necesidades y somos responsables de nuestros gustos, sean o no culpables. O, por el contrario, ¿será que todo es como decía el bueno de Homero Simpson en la época en que era doblado por Humberto Vélez? “¡Es que es la televisión, Marge! ¡No me deja! ¡Un programa bueno tras otro y cada vez más fresco y más brillante que el otro!”. Por ahí habrá quien dirá que Los Simpson ya lo inventaron todo, o que… lo sé, divago, es que yo también quiero contar mi historia.

III

A lo que quiero llegar sin conseguirlo hasta ahora, es a decir que estamos volviéndonos, -si no es que ya lo somos desde hace mucho-, un público saturado de referencias que, de lo cuantiosas, han terminado las más de las veces convertidas en un montón de sin sentidos. ¡Vamos!, que nos hemos ido acostumbrando a escuchar más o menos las mismas historias pulsando de manera constante el botón de pausa o el de rebobinado, queremos giros de tuerca cada vez más pretenciosos y elaborados pero que sean fáciles de asimilar, esperamos que después de los créditos haya sí o sí un final secreto, dejamos para después o de plano nos saltamos aquello que nos parece aburrido o que nos da miedo o que no nos es familiar. Ya es muy difícil poner atención en una sola cosa cuando se vive en un presente en el que tenemos tantas pestañas abiertas, conversaciones en grupos falaces y un montón de series a medio ver, (todo en lista de espera de, algún día, llegar a ser concluido de manera más o menos digna).

IV

Pues bien, Saul Enríquez con Ítaca. Bitácora de viaje, no es indiferente a las tendencias actuales. A través de una dinámica, que, si bien no es innovadora, sí resulta un tanto sui géneris en relación a los convencionalismos arcaicos que aún se acostumbran en el teatro, provoca reflexiones acerca de las estructuras que se encuentran construidas y bien firmes de este otro lado de la cuarta pared. Transgrede las fronteras que son claramente establecidas con la ficción, pero no las destruye, porque, más allá de lo que pasa en escena, es interesante contemplar las maneras en que esa ficción -la historia- afecta al espectador, quien, además queda de frente a sus propias historias, (seguro alguien habrá intentado alguna vez, encajar su vida en la vida de algún personaje, ¿no?). En este caso, cada que hay una transición en la obra y se encienden las luces de la sala, cada espectador se hace espectador, a su vez, de los demás espectadores. Entre las risas y otros desplantes emocionales que le provoca lo que está pasando, cada quién desde su lugar, puede darse cuenta de qué es lo que espera, qué cosas acostumbra e incluso, hasta dónde está dispuesto a llegar para vincularse con esta obra. Con un poco de atención, es posible mirar desde un lugar privilegiado, la vigencia que aún tiene aquella legendaria poética de Aristóteles, el discurso del teatro épico del tío Bertold, el exotismo oriental del Jo-Ha-Kyû, la novedad del stand-up y quién sabe qué cosas más o cuáles menos. ¡Vamos!, que la obra no se trata de eso, pero sí se trata de eso. ¿Me explico? ¡No!

V

Actrices, personajes y público juegan un juego de rol donde se pone de manifiesto la ilusión del libre albedrío. Si bien hay remotas posibilidades de que, de cuando en cuando, pase algo diferente, el espectáculo está diseñado para orillar al público a irse definiendo por ciertos caminos que se establecen en el drama desde un principio. Porque a pesar de lo que se diga, hasta que de verdad suceda un accidente, nada es aleatorio. Las historias, entonces, no son tan importantes, por lo menos no en un sentido tradicional, bien sea porque están fragmentadas, como porque pudieron ser cualesquiera otras. Incluso la misma experiencia de ir a ver esta obra se vuelve un cuento más que siempre estará inconcluso. El asunto que se vislumbra, es que las historias que se cuentan y las que queremos que nos cuenten forman parte de la épica de los jodidos. Los héroes ya no son aquellos nobles o hijos de dioses que realizaban duras y fantásticas hazañas, ¡estos son otros tiempos! Al igual que Odiseo, los protagonistas aquí en Ítaca, son personas comunes que apenas si podrían aspirar a ser los monarcas de su propia casa. Los personajes son humanos, y es mejor cuando hablan como nosotros y nos caen bien, ¿no? Sufren y ríen y se enamoran como cualquiera de nosotros. Cualquiera tiene una historia que merece ser contada.

VI

Del trabajo de las carismáticas actrices, poco se puede decir que no sean elogios, pues dominan un estilo que ya en otras ocasiones ha probado su efectividad. Está bien, en las formas, puede resultar cursi y provocar personajes más bien bidimensionales, pero logra el objetivo de seducir al público con una simpatía que se percibe honesta.

VII

La obra termina y es fácil adivinar en el rostro de las personas que salen de la sala, que se la han pasado muy bien, aun cuando es muy probable que el final, cualquiera que haya sido, no fue lo que esperaban. Quién sabe cuál será el origen de esta curiosa obsesión que tenemos con escuchar historias. ¿Ha de ser, tal vez, porque queremos vernos reflejados en la experiencia del otro, para apreciar desde perspectivas diferentes y emocionantes, las mismas fórmulas que se viven todos los días? No lo sé, como diría una amiga, no soy científico. Pero creo que, contar nuestra historia ante un público interesado en escucharla, nos hace tener fe en una existencia tan trascendente, que merece alojarse en la conciencia de los demás.

Por Jorge Arturo Torres Vázquez.

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