ROMA AL FINAL DE LA VÍA. Una clase sobre cómo comer una naranja.

¿Por qué se habría de despreciar lo que está más inmediato? ¿Por qué se anhela lo que se vislumbra inalcanzable? ¿Será porque así siempre se tendrá un pretexto para ser feliz conformándose con lo que se tiene? O, por el contrario, ¿así se encuentran argumentos para seguir evadiendo la verdad? ¿Por qué tomarse tan a pecho todo haciendo preguntas pretenciosas, cuando se puede tomar el paso del tiempo con sentido del humor?

Roma al final de la vía del grupo Teatro Vía es una reflexión sobre la vida simple y deliciosa, como las palomitas de maíz o una limonada fría en un día caluroso. Es una de esas sorpresas que se encuentra uno de vez en cuando en cartelera, que refrescan el gusto y hacen recordar que al teatro también se va uno a divertir y no sólo a azotarse o a satisfacer gustos snobs. Aquí se va a disfrutar de un espectáculo directo, sin pretensiones, sin elementos de más, en el filo de lo que se asume como teatro “convencional”, sin alarmas y sin sorpresas. Desde su perspectiva como directora, Violeta Magaña, conserva la inocencia y la ingenuidad de las puestas en escena que se hacen cuando recién se empieza en el teatro, cuando no hay ideas preconcebidas y los referentes son pocos, pero poderosos. Esa es la fortaleza de esta propuesta y la virtud que permite conectar con el público en general, con aquél que no va al teatro porque le han impuesto la idea errónea de que es lejano, caro y elitista.

La puesta en escena con sus características, armoniza con el texto de Daniel Serrano. Los personajes son todo, menos sofisticados, y el universo que habitan parece estático en el tiempo. Lo único que cambia son las pisadas en el polvo, porque hasta la ropa en conjunto, parece invariable. El vicio que hace cómicos a los personajes de esta obra, es su incapacidad para progresar. Envejecen, sí, aprenden, sí, pero siempre son las mismas mujeres atrapadas en un pueblo anónimo, acaso fantasmas rulfianos en tonos más graciosos y bonachones.

El público de Teatro Vía disfruta porque, en este caso, la sencillez hace accesible las partes más profundas y oscuras del drama, (¡que las hay y bastantes!). No hay construcciones estorbosas en escena, ni trazos estrambóticos que distraigan, ni actuaciones intensas o mentirosas de parte de Elizabeth Guzmán y Deyhdra Medina, por el contrario, se percibe algo muy cercano al ambiente de lo que debió haber sido el mítico teatro de carpa. Y a través de todo, se percibe el trabajo, el empeño y esas insaciables y a la vez humildes ganas de hacer teatro.

Lástima que en la función que me ha tocado presenciar, hubo algunos desperfectos que evitaban escuchar adecuadamente los diálogos. Por momentos las risas del público eran tan estridentes y prolongadas, que se encimaban a las voces en escena. Además, los efectos de audio en ciertas ocasiones estaban a un volumen muy alto.

En fin, cada quién tendrá su veredicto y sus respetables gustos, pero no creo que sea posible negar que con Roma al final de la vía, se pasa un muy buen rato.

Por Jorge Arturo Torres Vázquez

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