LOS PROHOMBRES. Dream pop teatral.

Lánguidos instantes de perfección. Una espesa oscuridad subterránea envuelve una realidad que, en escena, se dibuja sutilmente terrorífica y a la vez fascinante. Como aquella sustancia inquietante de la que deben estar hechos los sueños y las pesadillas, un universo de frialdad, vacuidad y una soledad resignada, cubren a los personajes con la pátina engañosa de la simpatía. El pretexto perfecto para el humor negro, se sustenta en un cuento de terror que se lee de vez en cuando en la nota roja de algún periódico olvidado en el tiempo. Extrañas carcajadas cómplices en la sala llena. ¡Carcajadas!, sí, porque hay quien se ríe por lo menos durante cincuenta y cinco de los sesenta minutos que dura la obra. Normal pues, que, al fin y al cabo, todo esto es una comedia, ¿verdad?

Antes de que el telón se abra, suenan los acordes oníricos de Chromatics, lo cual ya anuncia una propuesta que pretende ser sofisticada. Los mínimos elementos escenográficos un tanto demodé, (A E S T H E T I C S entre ochentera y noventera), apuntan a una síntesis que se encarga de subrayar un estatus social específico, privilegiado, nostálgico y anónimo, que deja transcurrir su vida en una gran ciudad. Iluminación sencilla, concreta y sobria. Un vestuario discreto. Ritmo que va conteniendo el conflicto hasta explotar maravillosamente cerca del final. Todo lo anterior enmarca la acción y evita distracciones de lo que es más importante en Los Prohombres: el diálogo.

Es evidente la comprensión que ha logrado el grupo Maldito Teatro acerca de la importancia de un diálogo claro y profundo en la consecución de una puesta en escena eficiente. Porque a pesar de que el texto, (si se le aprecia superficialmente), parece expresar, (en un sentido Freireano), una suerte de antidiálogo entre dos personajes que se niegan a entenderse y a crear empatía, los comunicados de uno y de otro terminan por calar hondo en el lado oscuro del alma humana.

Se vuelve inevitable notar que, en esta época multimediática, algunas propuestas teatrales nóveles abrevan de otros lenguajes como, por ejemplo, el cinematográfico. Este hecho no tiene nada de moral ni de correcto o incorrecto, pero en ocasiones deja mal paradas a algunas obras al terminar siendo propuestas demasiado efectistas. En este caso, Geovani Cortés como director, trata de no caer en la trampa y construye una puesta en escena equilibrada. Por un lado, pone atención en las imágenes, símbolos y punchlines, pero deja en relativa libertad a los actores que lo acompañan, Alan Blasco y César Medina, quienes gozan explorando con aplomo cada vericueto y novedad que les va otorgando el texto y la escena. Para esto, el trabajo con la voz de ambos es realmente sobresaliente.

Así, Maldito Teatro, presenta un trabajo que se agradece, porque más que interesarse en los aspectos morbosos de la anécdota, se encarga de presentar texturas y ambientes a través de una atmósfera de sueño inquietante, genuinamente teatral, donde no parecen existir los límites ni las distancias. No hay paredes, ni techo, ni suelo definidos. Las referencias externas son vagas porque los personajes habitan un lugar onírico. Y como en los sueños, hay una multitud de símbolos presentes, unos más claros que otros, pero todos manejados de forma muy natural, (basten de ejemplo, esa divertida mano sintética o la fabulosa verdura o la extraña visita de ese ser abstracto que avanza con música de Beach House). Y aún con todo, la historia no deja en ningún momento de estar bien contada, los personajes muy claros, pulcras las acciones, humor en la dosis adecuada, progresión dramática exacta. Permite reírse de lo que uno ya no puede reírse afuera del teatro porque ofende o porque duele.

Entonces, ¿de qué se trata? Bueno, el mismo autor, Noé Morales Muñoz, menciona en su obra, palabras más, palabras menos, que “en el internet se puede encontrar lo que sea”, y sí, con un mínimo esfuerzo se puede investigar el tema y la trama de Los prohombres. Pero mejor no hacerlo antes de verla y disfrutar de la incertidumbre como valor agregado. Ya que, a pesar de los puntos brillantes del texto y de la puesta en escena, es probable que la obra no sea para todo público, pero bien vale la pena arriesgarse con ella. Habrá quien se desternille de risa hasta en los momentos más sublimes o en los más oscuros, y por otro lado, más de un rostro arrugará la nariz con desagrado. Porque hay quien va por todos lados con la necia e ingenua actitud de querer entender el mundo a la primera, que todo se le presente claro, que no queden huecos inquietantes en la mente que no lo dejen dormir. Después del aplauso, una parte del público, tal vez dándose por aludido, sale con una mezcla de sentimientos muy diversos y contradictorios. Hay quien no comprende el final, incluso escucho a una joven decir que no le gusto la obra porque “los hombres no son así” (¡!).

Lo que es seguro, es que Los Prohombres es teatro de gran calidad. Si tiene la fortuna de encontrar esta obra en cartelera, vaya a verla. Le guste o no, saldrá con una experiencia valiosa y un gran tema de conversación.

Por Jorge Arturo Torres Vázquez.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos necesarios están marcados *