Reseña del Festival de Monólogos Teatro a Una Sola Voz 2018

La 14ª edición del Festival de Monólogos Teatro a Una Sola Voz concluyó sus actividades el pasado 31 de julio de 2018 en la ciudad de Xalapa, Veracruz, en la Sala Dagoberto Guillaumin del Teatro del Estado General Ignacio de la Llave, con la presentación de la obra Tijuana, de la compañía Lagartijas tiradas al sol. Esta edición contó con siete monólogos provenientes de Chiapas, Veracruz, Jalisco y la Ciudad de México. La intención del festival es la difusión de monólogos mediante la circulación de éstos en diferentes ciudades y estados de la República Mexicana, los cuales para esta edición fueron conformados por: Hermosillo, Sonora; Culiacán, Sinaloa; Durango, Durango; Saltillo/Torreón, Coahuila; Nuevo Laredo, Tamaulipas; Guadalajara, Jalisco; Colima, Colima; León, Guanajuato; San Luis Potosí, San Luis Potosí; Morelia, Michoacán; Ciudad de México, y por primera vez, Xalapa, Veracruz.

Durante siete días el público pudo presenciar una variedad de trabajos tanto en su temática como en su calidad, los cuales fueron seleccionados por medio de una convocatoria en la que se requerían obras que contaran con un mínimo de ocho presentaciones previas al cierre de ésta. Se dejó abierta la temática, así como el público al que iban dirigidas las obras postulantes, por lo que se contó con monólogos para todo tipo de espectadores y en el mismo orden de presentación en cada estado.

El primer monólogo que se presentó fue el originario del estado de Chiapas, Casquito, de la compañía La Pochota, texto, dirección y actuación de Joan Alexis Robles. La historia se centra en Casquito, un niño que vive en la comunidad Cabeza de Toro a las orillas del manglar chiapaneco. Es de destacar en este monólogo la destreza corporal y energía de Robles para ir creando cada uno de los personajes que intervienen en la obra y situacionar al espectador, con los mínimos recursos escenográficos, en el mundo de este personaje. A pesar de contar con un buen volumen de voz en ocasiones la dicción se perdía, por lo que algunas palabras u oraciones no se pudieron escuchar con claridad, aunque no fue un aspecto desafortunado para el entendimiento de la obra y las intenciones de Robles, quien antes de comenzar la función dio una explicación del por qué realizó esta obra, la cual está pensada para llevar el teatro a su comunidad y mencionó que a pesar de no ser una obra para niños la mayor parte de su público era infantil. Esto demuestra que para hacer teatro de calidad no se necesitan grandes recursos económicos ni pensar que la gente no tiene un interés por este arte que, por años, a pesar de todos los cambios sociales se mantiene vivo porque, como menciona Peter Brook, “el teatro no trata de nada concreto. Trata de la vida. Es la vida”, y es esta vida la que nos mantiene expectantes.

La segunda obra en presentarse fue la proveniente de la Ciudad de México, Siuatl de huidas, guerrillas y fandangos, de Anna Rossell, Abril Mondragón y Braulio Amadís, quien también es el director de la obra. Un monólogo interpretado por Abril Mondragón que cuenta el combate hacia el mal gobierno que se ha sostenido de generación en generación por parte de la familia de Abril en el estado de Guerrero. Una obra con contenido social que no se pudo potencializar debido a la baja energía de la actriz que pocas veces proyectaba algún sentimiento o emoción que reflejara las atrocidades narradas en la historia, aunado a eso, el volumen bajo de una voz poco entendible y una dirección que no terminó por embonar los elementos audiovisuales, de utilería e iluminación en favor del montaje, ya que hubo elementos que no se utilizaron y su presencia no aportó algo más que ser un adorno innecesario para el mensaje que se quiso transmitir. Ante la situación poco favorable de este montaje se puede llegar a pensar que el trabajo, sin conocimientos previos por mi parte, fue creado para un espacio más íntimo del que nos puede ofrecer la Sala Dagoberto Guillaumin, debido a la débil proyección actoral por parte de Abril Mondragón, sin embargo, considero que si estoy en lo correcto la compañía debió prepararse para enfrentar las diferentes dimensiones que ofrecen los teatros en los que se presentaron y pudieran presentarse en un futuro.

Las estrellas en el castillo, obra originaria del estado de Jalisco, fue el tercer montaje presentado dentro de este festival y estuvo a cargo de la compañía Escena Imprudente, con texto de Hasam Díaz Hierro, dirección de Claudia Recinos e interpretación de Laura Araceli Gutiérrez Ibarra. Una obra dirigida a todo público que contó la historia de Úrsula, una niña que tiene que aprender sobre el distanciamiento familiar y el perdón. Las estrellas en el castillo fue la única obra que utilizó el recurso del teatro de títeres y de objetos, ejecutado además de manera adecuada, con el tiempo de acción bien definido para no caer en confusiones en el seguimiento de la historia, una escenografía y trazos escénicos limpios, una voz con buen volumen y dicción, la iluminación acertada y la utilización de los medios audiovisuales precisos; tanto la historia como el mensaje fueron claros debido a la buena utilización de los elementos mencionados para hacer de este montaje un trabajo redondo.

En el cuarto día tocó el turno de la obra del estado de Veracruz: Ik dietrick fon, el inusitado romance de Petreck Boll, texto y dirección de Martín Zapata, con la actuación de Martín Tadeo Zapata. Una obra, que como su título lo indica, se trata de un romance inusitado entre el personaje Petreck Boll, un oficinista harto de su vida rutinaria, y Zarah, una mujer a la que Petreck conoce una noche en un bar y de la cual se enamora. En un principio esta obra es interesante por prescindir de elementos escenográficos y contar con sólo una silla, lo que deja el camino libre al actor para que utilice su mejor herramienta: el cuerpo. Además de lo descrito, es interesante la utilización de un lenguaje extranjero, al parecer inventado, que se mezcla con el español. A pesar de contar con estos aspectos atractivos la obra se vuelve tediosa y monótona, en dónde en más de la mitad de la obra no pasa nada interesante, hasta que se llega al final de la obra donde se devela la identidad del personaje de Zarah. La interpretación actoral desde mi punto de vista no fue la adecuada, debido a las dimensiones del espacio escénico en dónde se denotó cierta incomodidad en los trazos, movimientos débiles y poco expresivos al momento de realizar las pantomimas que describían los lugares en los que se desenvolvía la historia. Cabe señalar que fue una función accidentada porque se escuchaba ruido en el audio del teatro y en un par de ocasiones entró una música que al parecer no estaba marcada su entrada en ese momento, siendo así que estos detalles no favorecieron al montaje.

Otro monólogo del estado de Jalisco que se presentó en esta edición fue Lluvia, ciento sesenta letras para volver a empezar, bajo la dirección de Susana Romo, texto y actuación de Alejandro Rodríguez. Una obra que toma como metáfora a lo cíclico de la vida, pero sobre todo lo cíclico del amor. Fue notorio que para este montaje tanto los movimientos como los trazos escénicos fueron coreografiados, ya que el juego con el cuerpo al momento de narrar una situación contaba con un tempo y una precisión que mantenía el equilibrio entre la historia, las acciones, los movimientos, la interpretación de diversos personajes, la escenografía, la iluminación y la utilería. Sin embargo, a pesar de contar con una buena voz, Alejandro Rodríguez tuvo problemas de dicción, que, aunque no afectó a la puesta en escena algunas palabras no se alcanzaron a distinguir. Una obra que tomó como línea narrativa el enamoramiento de Ulises y a través de su historia retrató los diferentes acontecimientos políticos y sociales que han tenido repercusión en el desarrollo de México.

El monólogo No soy fracaso de la compañía Teatro de Ciertos Habitantes, fue la segunda obra que se presentó proveniente de la Ciudad de México. Un texto escrito por Mario García Torres, dirigido por Claudio Valdés Kuri y actuado por Rodrigo Carrillo Tripp. Dicha obra no pudo ser presenciada por un servidor, por lo que me abstendré de realizar comentarios al respecto.

Por último, la obra que se encargó de cerrar la edición de este festival fue, como ya se mencionó en un principio, Tijuana, de la compañía Lagartijas tiradas al sol, dirección y actuación de Gabino Rodríguez. El trabajo presentado es el resultado de un experimento realizado por Gabino Rodríguez, quien se fue a la ciudad de Tijuana con un nombre e identidad falsa para trabajar en una fábrica y estar viviendo durante seis meses con el salario mínimo presupuestado por la ley mexicana. Como experiencia vivencial puede parecer un acto de valentía por parte de Rodríguez, pero como puesta en escena no parece denunciar ni reclamar nada, sólo enunciar lo que ya se sabe y volver exótica la vida de las personas que no ganan más de cien pesos al día por un trabajo de más de ocho horas, incluso si uno se pone a pensarlo con detenimiento hasta parece ofensivo, porque en una entrevista proyectada durante la obra Gabino Rodríguez explica sus razones del por qué quiso realizar el trabajo y del por qué no estuvo los seis meses planeados, lo cual vuelve evidente esta forma de exotizar la precariedad en la que viven los habitantes de esa zona de Tijuana en la que estuvo viviendo un tiempo con otra identidad. Este trabajo puede llegar a tener dos reacciones: quien ve esta acción como un reto actoral, o bien, que se vea como un insulto y una falta de respeto por utilizar a estas personas como parte de un experimento personal, si es que en realidad eso fue lo que pasó. En cuanto al montaje escénico se utilizó una pantalla dónde se proyectaron los videos tomados durante la estancia, un telón con la frontera pintada, una silla y unos ladrillos que asemejaban las casas de la ciudad; una dirección sutil y limpia con una interpretación que no ocupaba una gran destreza sobre el escenario sino formar sólo parte de un testimonio experiencial.

A lo largo de siete jornadas estos trabajos se presentaron en el Teatro del Estado General Ignacio de la Llave, con una sala que en el primer día estuvo poco concurrida, pero conforme fueron pasando los días las funciones tuvieron más público, pero sin llegar a ocupar la totalidad de las butacas de la Sala Dagoberto Guillaumin.

Realizar una obra de teatro tiene sus retos, pero realizar un monólogo, un unipersonal, tiene un reto mayor al ser solo una persona interpretando un personaje o exponiendo parte de su vida frente a un público al que debe mantener expectante durante una hora o más; una sola persona que no tiene más apoyo sobre el escenario que su presencia y los elementos que utilice para desarrollar la historia a contar. Es de aplaudir el reto al que se enfrentan estos actores y que exista un evento como el Festival de Monólogos Teatro a Una Sola Voz que promueva este tipo de trabajos, pero también hay que señalar que se deben adaptar las obras a los diferentes espacios en los que se presentan, no en cuanto a lo técnico porque esto es algo que se estipula en la convocatoria cuando se señala que las obras postulantes deben ser de fácil movilidad por la cantidad de funciones que se realizan en las diferentes sedes, sino en la actuación, proyección y dicción, ya que estos fueron los problemas, desde mi punto de vista, que se presentaron en varios montajes y hacen que el mensaje no fluya con claridad.

Esperemos que el próximo año el estado de Veracruz repita como parte del circuito de este festival y podamos apreciar más trabajos cómo estos.

Por Daniel Gutiérrez.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos necesarios están marcados *