BREVES ESTAMPAS DE RESISTENCIA Parte II – Crónica (in)completa del 14 Festival Internacional de Danza Extrema 2018

Jueves 28 de junio de 2018.

Día del orgullo LGBTTI y todas las demás letras que le sean agregadas a esas incluyentes siglas. Caras nuevas entre la gente que ha llegado hoy y también algunas que ya van siendo conocidas. Justo a la mitad del festival ya, es posible empezar a hacer algunas reflexiones mientras se espera a que nos den acceso a la sala. Amén de la organización del evento mismo que es impecable, (aun cuando es posible darse cuenta de los limitados recursos económicos con los que cuenta), lo que me ha llamado fuertemente la atención es el trabajo de curaduría. Resulta evidente el profundo conocimiento y nivel de reflexión que existe en la selección de trabajos, que, en conjunto, van perfilando el discurso del festival mismo. La oscuridad vuelve a atraparme en estas y otras nebulosas reflexiones. Voy enamorándome de la rúbrica del festival, tiene un sonidito muy synthwave que se te queda en el alma.

Con música en vivo, en “Al vuelo…”, un estreno de Blanca Ramírez Gil, se reconocen elementos de la clásica pieza folclórica chiapaneca “El Alcaraván”, mímesis popular del cortejo que tiene lugar entre ciertas especies de aves. Sin embargo, lejos de ser una propuesta superficial y condescendiente, como suele pasar cuando se copia y pega muchas veces una misma coreografía hasta matarla, esta derrocha una vitalidad sensual. La pareja de bailarines profundiza en el movimiento al grado de volverlo íntimo y sublime. Juntos escalan, a través de la poesía propia del cuerpo, los estadios del clímax sexual y pintan con buen gusto y elegancia una escena de cómo debería de ser hacer el amor en un paraíso natural. Conforme se desarrolla la danza, se puede ver cómo las ropas de la pareja poco a poco se van empapando de sudor y eso matiza la imagen y le da un encanto increíblemente sexy. Recomendable para quien guste de los aromas de la naturaleza, del calor de la costa y las sensaciones que despierta el tacto sutil de los cuerpos amantes.

Ovación muy merecida. El escenario se queda calientito, como tarde calurosa en pleno verano, justo en su punto para lo que sigue.

Y lo que sigue es “Semilla y tallo” de Leticia Velasco. A la distancia que dan los recuerdos, de esta trepidante coreografía apenas se puede decir que quedan fulgores en la memoria, así como el destello fugaz de los relámpagos o el vuelo de una saeta. La figura de una poderosa bailarina aparece, se adueña del escenario y nos atrapa de inmediato con una sensual presencia. Una vez que la propuesta avanza, su cuerpo se transforma en una fuerza natural majestuosa, casi como si se tratara de un tornado o una tormenta. Entre explosiones de movimiento, es posible apreciar cómo la bailarina disfruta de su bien entrenado cuerpo y las posibilidades que este le ofrece. Una de las cosas que más sorprende, es la capacidad de controlar un poder que se antoja en todo momento, incontenible. Cuando esta mujer, (demiurgo incansable de su propio universo), corre por las diagonales del escenario, da la impresión de ser capaz de derribar los muros del teatro, y seguir avanzando sin obstáculo para siempre… como uno de esos míticos carros de Yáganat. Pero, al mismo tiempo, tal energía contrasta con la suavidad y sutileza con la que ejecuta sus saltos, que la hacen parecer una delicada brizna de hierba a merced de una tenue brisa y los giros que hace con su cabeza para mostrar su larga y sedosa cabellera son el perfecto sincretismo de fuerza y dulzura. El cuerpo es montaña y es ala de mariposa, mar en calma y volcán en erupción. Poesía que no se escribe, pero se siente. Recomendable para aquellas personas que gustan de esas emociones del tipo de las que se viven en un concierto masivo con muchos decibeles y energía. ¡Espectacular!

Después del aplauso, apenas hay tiempo para recuperar el aliento y especular durante unos segundos. Unos músicos se preparan al fondo del escenario y los bailarines arman un pequeño altar que, dividido, abarca el centro y un extremo del espacio.

Ahora, estamos ante “Tu ausencia” de Aarón Romero Barranco, Carlos Antonio González y Javier Zenteno. Arranca con los acordes de Nothing else matters de Metallica con arreglos para guitarra clásica y los bailarines se valen de esa melodía para introducirse en un estado contemplativo. De inmediato es evidente el mensaje directo de la coreografía. Hay alguien que hace falta. ¡El universo está incompleto! El espacio en escena parece estar, en todo momento, como a medias, como desnivelado. Ellos, los que todavía están, los presentes, se revuelven en una constante angustia de sentir que ese vacío perdura y se hace más grande con cada segundo y con cada movimiento. ¿Cuál es el sentido de una mesa cuando ya no existe una de sus cuatro patas? Se sostiene, sí, pero ya no sirve para otra cosa más que para evocar neciamente una esencia que ya no es tal. La obra pinta un descarnado blues de ausencia que activa la raíz negra que los veracruzanos llevamos en el alma, desde el pasado y en el presente. Recomendable para quien sufra o haya sufrido la tristeza que dejan aquellos que no están más.

Cuando salgo de la sala, me entero que “YERBA SIN RAIS” de Ángel Mercado, prevista para iniciar el programa de hoy, tuvo que cancelar su estreno debido a causas de fuerza mayor.

Me retiro por este día. Voy pensando en lo que habré de escribir y en lo que veré mañana. Los cuerpos hablan… los cuerpos viven… los cuerpos se mueven. La danza es vida. El amor… danza.

Viernes 29 de junio de 2018.

La danza, en concordancia con los momentos históricos, es única e irrepetible. Se va acabando la semana y en el ambiente de la ciudad, (y me imagino que así es en todo el país), flotan emociones encontradas, incertidumbres y esperanzas. Quién sabe qué depare el futuro.

En los minutos previos a entrar, me entusiasmo al mirar mis notas y hago un repaso de los momentos sorprendentes que han sucedido en el escenario de Área 51 en los días recientes. ¡Qué gran fortuna es estar siendo parte de este festival y parte de la historia misma! Me preocupo al darme cuenta que el programa indica que la función del último día empezará a las 19 horas, una hora antes de lo acostumbrado hasta hoy. Hago cuentas mentales con mis horarios y me consuelo pensando que, tal vez, mañana no habrá mucho tráfico y podré llegar apenas a tiempo si salgo unos minutos antes de mi otro compromiso.

Para empezar, “Renéixer” de Lorisse Nicole Morones, presenta un paisaje onírico que evoca el cielo estrellado. Es casi como una reflexión sobre el subconsciente, como esos sueños de los que sólo quedan unas cuántas imágenes que se esfuman a los pocos instantes luego de haber despertado. Pieza que transcurre a media luz en medio de un sopor delicioso e íntimo. Para aquellos que se desvelan para poder ver el amanecer.

La oscuridad atiza nuestras ensoñaciones. Entre las sombras se alcanzan a vislumbrar siluetas inciertas.

Con el estrambótico título de “CasiopEa. Capítulo VI: Si ves arañas en el suelo habrá nubes en el cielo” Michel Ferrer expone y al mismo tiempo explora de maneras nostálgicas, elementos visuales y auditivos que tienen su origen en algún momento de la década de los 90 del siglo pasado. Hay aquí y allá referencias al trip hop, videojuegos y moda vivazmente colorida. La adorable y en apariencia frágil protagonista se enfrenta valiente a un espacio que en muchos momentos es inquietante y amenazador como lo puede llegar a ser una gran ciudad o una caverna llena de monstruos o la niñez misma. Es remarcable el uso de elementos que sirven para construir el espacio o para subrayar el carácter del personaje, amén del encanto y carisma con que la bailarina dota a sus movimientos y gestos en el escenario. Recomendable para quien disfruta los videojuegos clásicos de la primera Play Station o para aquellas personas que gustan de películas del estilo de Le fabuleux destin d’Amélie Poulain.

Aplausos y sonrisas.

Sigue “La Anti Danza baila para Nicanor Parra” de Daniela Murias. Antes que todo, unos (¿anti?) letreros con la anti poesía del anti poeta chileno son colocados al frente del escenario antes de empezar. Ahí estamos los espectadores expectantes, siendo impactados de maneras sorprendentes por unos cuantos trazos negros sobre un fondo blanco que de inmediato activan imágenes y perspectivas novedosas. Así se nos prepara para lo que estamos a punto de experimentar. La anti danza comienza y desde el primer momento, se nos presenta una Interesante reflexión sobre la lengua y las ambigüedades que son comunes en el lenguaje. Los cuerpos sobre el escenario se transforman en hojas en blanco donde las palabras rebotan y se absorben y cobran sentidos curiosos a través del movimiento. La voz, como parte integral del cuerpo, es un recurso utilizado inteligentemente y le agrega una gran dosis de humor al espectáculo. Movimientos atacados, firmes, poderosos, veloces y con muy pocos momentos de reposo son la constante en la obra. Es evidente que la maestra Murias se ha divertido creando, pero también se ve el alto grado de exigencia que tiene para con la pareja de bailarines que ha trabajado con ella. Difícilmente definible, pero fácilmente disfrutable, se trata de otra de esas propuestas que se ven poco por estos lares, pero que se agradecen profundamente cuando llegan. ¡Gran calidad! Recomendable para quien goza del teatro, de los buenos libros y de esas charlas llenas de chistes locales que se tienen con los amigos.

Mientras voy saliendo, miro a una bailarina hablando animadamente con un par de personas del público. Una de las bondades de Área 51 es que su arquitectura promueve la convivencia.

Sábado 30 de junio de 2018.

Y bueno, hoy por más que me apuré en resolver todos mis pendientes, no he podido llegar a la función. De ahí el (triste) subtítulo de esta crónica. Lo lamento, porque ya me había hecho a la idea de ver de principio a fin todo el festival. Ni modo. Seguro el último día no ha desentonado en ninguna manera con todos los anteriores. Indagaré entre los asistentes cuáles fueron las maravillas que me he perdido.

Me he enterado también, que esta ha sido la última edición de Danza Extrema. Lamentable sí, como lo es toda muerte prematura. Pero como siempre sucede en el arte, queda el legado, la convivencia, los puentes tendidos y seguro muchas amistades. Que el valor del festival jamás sea olvidado, que su ejemplo sirva a las nuevas generaciones, que su recuerdo abone a los que aún quedan y a los que vienen. Al borde de un cambio, de nuevos rumbos, de nuevos paradigmas, sirva la danza de Axis Mundi, de una referencia firme en el camino de la historia.

La danza es para todos, no le tema y no la abandone.

Por Jorge Arturo Torres Vázquez.

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