Leche de gato; oda a mi familia

Domingo a medio día. Estar en el teatro en las funciones que rondan la matinée, justo en la cúspide del fin de semana, siempre ha tenido algo de incomprensible para mí. En fin, cuando se está a un paso de volver a la rutina del trabajo o de la escuela, la percepción de la vida se torna ambigua, como el día mismo que transcurre afuera de la sala, entre la tormenta y el sol esplendoroso. Dentro, flota en el ambiente un poco de ansiedad, misma que es inflamada por algunos niños que corren impunemente por los pasillos del J.J. Herrera y las voces de aquellos otros niños que dentro de sus cuerpos adultos suenan detrás del telón y que recuerdan a motores arrancando… imágenes de un caos que no puede ser controlado… quizá sólo encauzarse. Por fin, el multicolor público que se ha congregado, se acomoda, se tranquiliza, llena la sala y se prepara, (creo que sin ser muy consciente de ello), para contemplar por un momento, la energía explosiva de la creación.

La palidez de mi memoria no me permite tener certeza de cuántas veces habré visto la obra. Con esta, creo, serán cuatro… o cinco, la verdad no lo sé. A lo mejor, para quien no acostumbra ir al teatro, saber que hay personas que vuelven a ver una y otra vez una obra, puede parecerles un poco raro, o hasta un disparate. Que así sea pues, pero si hay un lugar común en el teatro, es que cada función es única e irrepetible, y más cuando median años entre las representaciones de las que ha sido uno espectador. Lo que sí recuerdo bien, es que la primera vez que vi Leche de Gato, fue una de las primeras ocasiones en que se presentó. Me atrevo a decir sin temor a equivocarme que, en ese momento, la mayoría, si no es que todas las personas involucradas en el montaje, eran todavía estudiantes de teatro. Y aunque, para el gusto exigente podría decirse que, en sus albores, la obra estaba un poco inmadura, ya era consistente y se vislumbraban los alcances artísticos a los que llegaría en el futuro. He sido entonces, desde la butaca, un tanto cuanto testigo del crecimiento de la obra y de su productiva vida. Reconocimiento a nivel nacional, condecoraciones, temporadas exitosas, públicos encantados… Leche de Gato ha sido hasta hoy, un trabajo que ha logrado un triunfo sin duda, muy merecido.

Como con todo lo que pasa por un escenario, se pueden decir múltiples cosas. Por ejemplo, que, desde el título, estamos ante la dicotomía de texto oscuro y un tanto inquietante si se piensa mucho en ello, pero que también es divertido y accesible. En ocasiones, (seguro por su herencia xalapeña) se puede volver un poco condescendiente, pero no lo es tanto para alcanzar a abrumar por pretencioso, (aun cuando en partes muy concretas, se escucha la voz clara y moralizante de Lucila como autora). Que la puesta en escena es de una hechura inocentemente magistral por lo puntual y efectiva, pero también por lo animada y directa, porque subraya los elementos simbólicos, (el encierro, la soledad, la esperanza, la muerte) y no se pierde en ambigüedades ni en sobreexposiciones discursivas y no teme profundizar en aquellos momentos más serios de la obra. Los personajes derrochan candidez, sobre todo en sus detalles más depresivos, lo cual hace que el público se deje llevar por los caminos de la empatía. En todo momento, puede experimentarse la ilusión de estar ante una historia que está contada desde el punto de vista de una niña, que es honesta y que exagera y que se siente cómoda en los derroteros de su imaginación, donde nada puede terminar mal, aunque haya que crear un modelo cuasi cuántico para explicar la existencia de Santa Clós.

Se dice en la obra que “la soledad provoca manías extrañas”, y esa es la frase que sustenta la ficción y la propuesta escénica de la obra. La leche de gato es la vida misma que se comparte con los otros, es el teatro, es el gran secreto de la inmortalidad. Pero es también ese sencillo aspecto de la existencia que busca el solitario: la pertenencia. No puedo afirmar que existan elementos autobiográficos en las obras de Lucila Castillo, pero como xalapeño que soy, reconozco esa sensación nostálgica y desquiciante que caracteriza a la familia Carranza, protagonista de la obra.

Hoy, sin planearlo y sin saberlo, he estado presente en la última función. Ahora, la versión original de Leche de Gato, es teatro muerto, y sólo vivirá en recuerdos cada vez más lejanos de aquellos que la vieron. Pero al igual que en la obra, los muertos se van en paz y la vida continúa, a fin de cuentas “la muerte es de todos, no es mal de uno solo”.

Por Jorge Arturo Torres Vázquez.

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