Isla elefante: el recuerdo más lejano

Ladrones de tiendas del mundo, ¡uníos!

La amistad entre seres humanos es un fenómeno complejo y siempre sorprendente. Sucede que uno da cuenta de los amigos cuando ya están ahí… o cuando ya han dejado de estarlo. Por eso es que se vuelve interesante observar esa maravillosa transición que resulta, de ser completos desconocidos, a estar dispuestos a dar hasta la vida por aquellos que son nuestros compañeros de aventura y desventura. Al igual que Leche de Gato, Isla Elefante trata de vínculos. En aquella, se explora la trascendencia vital de los vínculos filiales, en esta, la milagrosa aparición de los lazos de amistad. En ambas hay un encierro, un aislamiento, un escape, un viaje, un descubrimiento y varios desencuentros.

Los amigos se reconocen como aliados en empresas imposibles, porque ¿cómo se gesta una verdadera y duradera amistad si no es ante los escenarios adversos? Y ¿quién podría negar que esta realidad de adultos en la que nos despertamos cada día, está saturada de dichos escenarios? Es como si estuviésemos siempre a un paso, a un gesto o a un silencio de encontrar a nuestro mejor amigo. Reconocernos en el otro, tanto en lo compatible como en lo que nos hace ser diferentes, se vuelve condición para encontrar un sentido a lo absurdo, o si no, por lo menos para irnos divirtiendo y pasando buenos ratos en lo que llegan tiempos mejores.

Una de las primeras imágenes de la obra es también una de las más bellas: todos, por igual, actores, actrices y personajes saltan al unísono a las profundidades de lo desconocido. A primera vista, Isla Elefante pudiera parecer un ligero divertimento, una historia ficticia como cualquier otra, un cuento que se encuentra en un libro ilustrado en la sala familiar o en la escuela, pues presenta una narrativa que existe en la imaginación de las personas por lo menos desde las épocas remotas en que se relataba el mito de Los Argonautas, otra crónica de viaje y amistad. Pero, lo interesante aquí, es darse la oportunidad de apreciar que esta obra, (dirigida por Lucila Castillo, pero acreditada como creación colectiva), representa a su vez, la historia de sus creadores. El viaje de los isleños héroes buscando escapar de la depresión que representa su país, se vuelve la metáfora perfecta de los anhelos que Nosotros Ustedes y Ellos tienen como artistas. Mientras se miran uno a otro en el escenario, vis-à-vis, personajes y personas, se puede percibir la magia que siempre surge cuando se encuentra a ese cómplice que asiente y sonríe ante la frase “¡hay que salir de aquí!”. Y salir de aquí, de esa cotidianidad constante que apabulla el espíritu, requiere muchos saltos de fe, y lanzarse al vacío, con los ojos cerrados, es menos terrorífico cuando lo haces de la mano de tus amigos. Por eso, mirar que el salto a lo desconocido es una de las primeras imágenes de la obra se vuelve tan bello.

Los personajes de Lucila tienen fe, pues es evidente que creen en lo que saben que está ahí, aunque no puedan verlo. Saben que para que algo se vuelva verdad, debes creerlo verdad. Desde ese gato encerrado de otra obra, pasando por un ratón invisible en esta, hasta aparatos y utopías que se antojarían inexistentes, la artista reza su credo teatral. En Isla Elefante, los actores y actrices, así como sus personajes, son niños y niñas que se resisten a resignarse a ser adultos resignados. Por eso creen en ellos mismos y en los otros, unen sus fortalezas, comparten sus alegrías y sus tristezas, dirimen sus desencuentros y construyen una amistad que está lejos de ser aquella que se idealiza en una sociedad que se concentra en los aspectos más banales de las relaciones humanas.

En el teatro se reconfiguran realidades y Daniela Abella, Edgar Ponce, José Goro, Beatriz Toss y Violeta Magaña, junto con su directora, están en el camino que también recorren los personajes de Isla Elefante, porque Isla Elefante es Xalapa, ese espacio inamovible que tiene la virtud dual de cortar alas o de darlas.

Amén de la aceptación que hayan tenido o seguro tendrán en otras latitudes, el estilo y las ficciones de Lucila Castillo, están encaminadas ya, a ser consideradas dentro de la memoria de los clásicos locales. A través de sus textos dramáticos y de su visión como directora, consigue manifestar historias que, sin duda, se caracterizan por el vínculo emocional que logra crear entre los personajes y el público, pero, sobre todo, tiene éxito en sintetizar esos sutiles aspectos que nos han definido y nos seguirán definiendo a los xalapeños. Palabras, brillos, inflexiones y gestos… partículas de existencia que para aquél que no es de aquí, pasarían apenas como un montón de recuerdos perdidos y muertos ya, de tan insignificantes.

Por Jorge Arturo Torres Vázquez.

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