Entelequias de otra dimensión; El imaginarium de Lucila Castillo

Quien conozca la ciudad de Xalapa desde la niñez, (o que por lo menos pueda decir que se ha atrevido a habitarla por dos o tres lustros consecutivos), seguro podrá corroborar el carácter tétrico y asfixiante que tienen sus rincones, casas y aceras, sobre todo, en aquellos espacios que se alejan de los escasos puntos de interés turístico que existen dispersos, entre oficinas de gobierno, negocios y tiendas de conveniencia abiertas las 24 horas.

A los habitantes de una ciudad pequeña, los unen más o menos los mismos tedios, filias y referentes. Se disfruta riendo de ciertos personajes que uno conoce sólo por su apodo y se saben versiones similares de leyendas y mitos locales. La Falsa Atenas, (como creo que le nombra Laia Jufresa en uno de sus textos) es, por cierto, un lugar a medio camino de todo, tan lejos y tan cerca de nada, que esconde vericuetos entrañados de historias con manchas de humedad y olor a ropa guardada y vieja, que tiene un gusto a desesperación de domingos callados y aburridos, calor sin brisa, lluvia gris y sucia, y un pasado, si no glorioso, sí más transparente y sosegado. Para aquellas personas que la viven unos cuantos años o con cierta distancia emocional, pueden apreciarla colorida tal vez, vigorosa en sus jardines y hasta simpática en sus formas más visibles, matizada con el encanto del buen gusto de ciertos restaurantes y de lo acogedor de sus caserones. Pero, detrás de cada estatua, en medio de cada relingo urbano y al final de todo pasillo interminable de esta mediana urbe, existe una bruma depresiva, un fantasma de fastidio y soledad. El teatro de Lucila Castillo y las ficciones que construye como dramaturga y como directora, junto con el grupo Nosotros, ustedes y ellos, es el justo reflejo de esa realidad: la realidad de lo xalapeño.

En Xalapa, el teatro y su público se circunscriben, (por decirlo de una manera simplista y reductiva), a unos cuántos cientos de personas que, más o menos, comparten un perfil que flota entre los diversos escalones de la clase media y que tienen una formación cercana a lo humanista. Por tanto, el universo teatral xalapeño, se nutre de sí mismo la mayor parte de las veces. Es difícil encontrar propuestas que puedan escapar de tal autofagia. Casi siempre ha de venir uno que otro artista de latitudes más o menos lejanas para refrescar el panorama. Y aún así, después de cierto tiempo, lo novedoso se asimila, los espontáneos fuegos artificiales de las vanguardias se apagan y se vuelve a las mismas zonas de confort.

Al contrario de ciertos estilos, que buscan hacer un teatro que se parezca lo más posible al que se hace en latitudes remotas y ajenas, lo que llama fuertemente la atención del discurso artístico de Lucila, es que es muy local. En sus obras expresa palabras, frases e imágenes que parecería vinieran gestándose desde su niñez y/o adolescencia, (al estar viendo televisión en la sala de su casa, mientras observaba a sus compañeros en el patio de su escuela, cuando caminaba por la zona universitaria o buscando algún misterioso objeto en ese gran mercado en que se ha convertido el centro de la ciudad), y en lugar de tratar de esconder esos referentes, los transforma y los vuelve exóticos. Vestigios de Xalapa pueden percibirse en los lugares lejanos y fantásticos en los que viven o quieren vivir sus personajes.

A primera vista, su trabajo como dramaturga y directora, puede parecer brilloso, chispeante y muy amable, pero subyace y al mismo tiempo convive, con lo inquietante, lo grosero y lo sucio. Evoca lo espontáneo, pobre y en ocasiones virtuoso de los actos callejeros que abundan en la ciudad y la gracia de los lenguajes populares que se escuchan comúnmente al interior de las familias. De formas deliberadas pero sutiles las más de las veces, es posible identificar reflexiones acerca de la ciudad y su realidad cotidiana. Por ejemplo, por aquello de que cada muro y cada fachada y a veces hasta el mismo cielo están plagados de contaminación visual, puede comprenderse la insistencia de sus espectáculos, en utilizar muy poco o incluso llegar a prescindir de cualquier tipo de recursos escenográficos. Así, las características propias de la ciudad están presentes en la gestación de sus obras. El de Lucila Castillo es pues, teatro de cámara y de recámara, de sala y de patio de escuela, de auditorio y de explanada.

Por Jorge Arturo Torres Vázquez.

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