Musth, un rockero saludo a Ganesha

¿Qué es lo valioso que queda del teatro? ¿Qué es lo que permanece después de que se desvanece su efímera sustancia? Un ritual de intercambio alquímico, donde se transmutan energías vitales dando lugar a una experiencia trascendente e intangible. De Musth, queda una resonancia, una vibración profunda, casi infrasónica, una onda de choque que cimbra y que ya se percibía desde antes de entrar en la sala y que es evidente en su estrambótica escena final. Sostengo que toda obra de arte existe con independencia de las intenciones egóticas del artista, y Musth, respira, brama y ríe sobre una estructura desafiante que transita por entre el concierto, el stand-up, la conferencia y el chat de Facebook.

Quien quiera una historia sólida y actuaciones metódicas, que se vaya a la cineteca o que se quede en casa viendo alguna serie de gama alta, porque el teatro, -por lo menos el teatro del que se habla aquí-, funciona con combustibles diferentes, y Cromagnon lo intuye y lo crea con instintos dionisiacos que buscan la conexión y la empatía, comunicación y entendimiento a otros niveles además de las palabras que a menudo resultan insuficientes y malentendidas. Y es en eso en lo que radica el triunfo de la puesta en escena, en que se establece una conexión casi inmediata, una suerte de amor/odio a primera vista. La anécdota se desvanece porque el principio y final de la historia también se desvanecen en el tiempo. Porque, con un poco de atención, es posible percibir que el grupo, en su búsqueda, descubrieron el tesoro de un discurso escénico de dualidad lleno de elementos simbólicos: el escenario como la habitación del hombre, la dualidad de las vestimentas, los instrumentos musicales fálicos, las voces distorsionadas, el rock como elemento de seducción, el concierto como ritual catártico.

 

Por Jorge Arturo Torres Vázquez.

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