La extinta variedad del mundo de Alberto Villareal

La potencialización sonoro-visual ante la ausencia del diálogo en La extinta variedad del mundo de Alberto Villarreal

Por Daniel Gutiérrez

Decidir ir al teatro. Alistarse. Tomar el trayecto hacia el edificio teatral. Sentir la atmósfera del día que te dice algo indescifrable. Su temperatura, un poco fresco anunciando que estamos es los últimos meses del año. Su color por la tarde, un poco gris por las nubes que se interponen entre el cielo y la tierra. Los sonidos de una ciudad que descansa porque es domingo. Andar por las calles e interactuar con las personas sin la utilización de la palabra, sino con las acciones, la mirada y el lenguaje corporal. Viajar en el transporte público que me bajará unas calles antes de llegar al Teatro del Estado General Ignacio de la Llave. Hacer un resumen mental de la semana sobre lo que se hizo, lo que no y los pendientes que no terminan. Llegar al teatro. Ir por el boleto. Colocarse en la fila de acceso. Platicar con los compañeros que también decidieron acudir el mismo día a ver la obra. Caminar hacia la puerta. Entrar.

Cada teatro tiene una atmósfera diferente por los materiales con los que está construido, sus dimensiones a lo largo y ancho, así como por la distancia y distribución de las butacas, lo cual crea una sensación única del espacio teatral.

Habitar un teatro y crear una atmósfera diferente para desarrollar “… otras posibilidades de plantear la comunicación escénica y pensar el lugar de lo escénico” (Cornago en Lichte 9), es parte de la creatividad sobre la puesta en escena, lo cual fue lo primero con lo que me encontré al entrar a la función de la obra La extinta variedad del mundo, por parte de la Compañía Titular de Teatro de la Universidad Veracruzana, bajo la dirección de Alberto Villarreal, ya que al ingresar al teatro el sonido de los ventiladores colocados en el escenario para hacer ondear una bandera negra y la neutralidad del espacio presentado antes de iniciar la obra, daba la sensación de estar en lo alto de alguna montaña dónde el viento es más fuerte que en la planicie.

Se apagan las luces de las butacas. No hay llamadas. Inicia la obra.

La neutralidad presentada cuando se ingresa a la sala continúa al presenciar un ciclorama y vestuario en color negro que nos muestra unos personajes que carecen de identidad, pero que siguen un orden en cuanto al movimiento para indicarnos que ellos representan a la humanidad dentro de  la obra.

La palabra se ha suprimido para dar paso a las acciones e imágenes que muestran el discurso narrativo de la obra, la cual describe en el programa de mano Luis Mario Moncada, director artístico de la Compañía Titular de Teatro, “es una ‘épica sobre lo colectivo’”. Dicha épica, como ya se ha mencionado, ha eliminado la palabra, la cual se vuelve innecesaria debido a la calidad de imágenes presentadas que pueden describir mejor al colectivo humano y su construcción como sociedad que trata de establecer un orden por medio de normas y democracias, pero que debido a su condición humana, tiende al caos, el desequilibrio, la incongruencia y la autodestrucción.

El sonido y el cuerpo se vuelve un recurso que toma fuerza, ya que como menciona Christopher Innes “algunos aspectos más profundos de la experiencia humana sólo pueden revelarse por medio de los sonidos y movimientos del cuerpo humano” (151), sobre todo al integrar como parte de la obra a un grupo de músicos que van ambientando el lugar y marcan el ritmo de las acciones.

El espacio neutro presentado al inicio va desapareciendo al ir incluyendo objetos que van coloreando (por llamarlo de algún modo) el escenario y que recontextualizan su dimensión significativa para crear imágenes, por lo que estos objetos adquieren un éxtasis, como lo llama Erika Fischer-Lichte cuando menciona que “En su éxtasis, los objetos dejan de estar dados en su cerrada completud” (330), así, por ejemplo, la utilización de máscaras muestra la ridiculez vista como pensamiento animal en un cuerpo humano para presentarnos “al hombre simultáneamente en todos sus aspectos” (Innes 143).

Tres cuadros marcados por su singularidad espacial es lo que propone Villarreal, donde en el primero vemos cómo  los seres humanos crean comunidades dónde los códigos tanto éticos como morales se van formando para mantener un orden dentro de la comunidad que pueden parecer para algunos buenos o no, pero que al final se tienen que respetar, por lo que también se deben de crear figuras de autoridad, como se observa en el segundo cuadro, que hagan valer las leyes establecidas, por lo tanto al crearse las comunidades con leyes, códigos y autoridades por consecuencia nacen las naciones, sin embargo, con el surgimiento de las naciones vienen las guerras al no compartir las mismas normas, lo que deviene en caos y autodestrucción del ser humano, como se percibe en el tercer cuadro.

Como ya se ha mencionado, la puesta en escena no contiene diálogo, por lo que su estructura se ve marcada por las imágenes que se van creando con el cambio de utilería, telón de fondo, la música, la iluminación y la descontextualización de objetos y la utilización de personas que no se representan, más bien, se presentan, como es el caso del señor de los camotes, el cual con su vehículo entraba para accionar su peculiar sonido que marcaba el cambio temporal hasta llegar al desmantelamiento del escenario teatral y el caos que se extingue en un profundo silencio.

Con estos elementos el director marca su visión sobre el nacimiento, desarrollo y fin de las sociedades, por lo que su discurso permea en la puesta en escena dejando a un lado cualquier otra intervención creativa, ya que el elenco conformado por Jorge Castillo, Miriam Cházaro, Juana María Garza, Luisa Garza, Félix Lozano, Gema Muñoz, Luz María Ordiales, José Palacios y Rosalinda Ulloa, queda reducido a formar parte del conjunto de imágenes propuestas por Alberto Villarreal.

Las interpretaciones de los actores se limitan a las acciones marcadas por la dirección, debido a que representan personajes que son parte de una sociedad por medio de símbolos gestuales, así como con la utilización de los elementos ya mencionados, por lo que no se pude decir que los actores hayan creado los personajes porque no se pretendía hacer una profundización en ellos, solo reflejaban comportamientos humanos cuando están inmersos en una sociedad, debido a que no tienen una historia particular que contar, su identidad se muestra vacía, sin embargo enuncian la historia de la humanidad, son parte de un todo al perder individualidad, no se sabe quiénes son ni de dónde vienen, pero si a dónde van, a ese final inevitable del ser humano: la extinción.

La ausencia del diálogo en la escena no pretende eliminar la dramaturgia o el discurso narrativo, todo lo contrario, se hacía más presente y se potencializa mediante los recursos tanto sonoros como visuales que marcaban el paso del tiempo, el cual partía de un estado neutro de la escena hasta llegar al caos, por lo que la línea temporal no se perdía, volviéndose clara la significación de los objetos y la representación de un mundo irónico, vacío y carente de rumbo.

Después del caos viene el silencio y con esto el final de la obra. No hay gracias, solo una sala que enciende sus luces y un amiente de incertidumbre entre los espectadores por lo que acaban de ver.

¿Impactados? ¿Satisfechos? ¿Sorprendidos? Esta sensación me daba el público sobre la recepción de la obra al salir de la sala mientras pensaba en cómo a pesar de la eliminación de algunos de los cinco sentidos en el teatro, en este caso se puede decir que el habla, los restantes se potencializan y queremos entender, queremos relacionar imágenes, sonidos, gestos, queremos construir una narración que nos de razonamiento sobre lo percibido y que pocas veces se deja a un lado el entendimiento para dar paso a las sensaciones. El espectador teatral está acostumbrado a que las cosas se le descifren y le digan <<esto es así>>, cosa que no sucede en todas las representaciones, mucho menos en el siglo XXI, dónde los trabajos escénicos experimentan con otras formas de crear discursos teatrales, ya sea por medio de la negación al drama entendido como acción o por la utilización de la multimedia, sin embargo existe un gran sector del público que aún no se acostumbra a ver estas experimentaciones escénicas, por lo que la doctrina burguesa del público civilizado que acude a una representación de la <<vida real>> sigue presente en muchos escenarios de México.

Obras citadas:

Fischer-Lichte, Erika. Estética de lo performativo. Madrid: Abada Editores, 2011. Impreso

Innes, Christopher. El teatro sagrado, el ritual y la vanguardia. México:FCE, 1992. Impreso.

Ficha técnica de La extinta variedad del mundo

Fecha de estreno: 10 de noviembre de 2017, en el Teatro del Estado Ignacio de la Llave. Xalapa, Veracruz.

Compañía Titular de Teatro de la Universidad Veracruzana

Dramaturgia y dirección: Alberto Villarreal.

Concepto, diseño de espacio e iluminación: Alberto Villarreal.

Coordinación técnica: Iván Cervantes.

Asistencia de coordinación técnica y realización de costura: Tayla González.

Construcción de objetos escénicos: Macedonio Cervantes y Antonio Garduño.

Apoyo en realización de objetos escénicos: Mariana Mediana y Pedro Pazarán.

Diseño de arte: Esmirna Barrios.

Entrenamiento y asesoría actoral: Esmirna Barrios.

Realización objetos escénicos: Iván Cervantes, Toño Garduño.

Diseño sonoro, arreglos y música original: Joaquín López Chas.

Música de: Henry Purcell, Dimitri Shostakovic, Gigi D’Lesio, Beirut, Demian Cerimovic, Leandro Luis Rey, Ricardo Uresti y Joaquín López Chas.

Interpretación e improvisación musical: Ricardo Uresti (Trompeta), Adal Pérez (Saxofón Barítono), Leandro Luis Rey (Saxofón), Kristina Sánchez (Percusiones), Yair Gamboa (Piano).

Asistente de producción: Freddy Palomec.

Productor: Yoruba Romero.

Promoción y Relaciones Públicas: Laura Andrade.

Apoyo logístico: José Luis González.

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