Hermanas: La poesía de lo incompleto y el encanto de lo arruinado

A estas alturas de la segunda década del siglo XXI, una parte importante del teatro que se h ace en Xalapa, tiene un matiz característico, definido por una cierta propensión, -transparente las más de las veces de tan cercana-, que lo hace proclive a surgir de entre las ruinas de lo que en otros tiempos se supone fue algo glorioso y/o esplendoroso y/o apantallante y/o etc. Es común, desde hace ya varias décadas, que por la ciudad existan lugares que son rescatados del abandono y, después de no poco empeño, quedan transformados en curiosos foros teatrales con un conveniente y emocionante aire misterioso y semi clandestino. Área 51 es un perfecto botón de muestra. Pero aquí, no sólo quiero referirme a las ruinas arquitectónicas, que cada vez son más comunes en el área del centro histórico. También hay por aquí y por allá, diluidos en los discursos de las personas que nos dedicamos al teatro en esta ciudad, restos de ideologías, pedazos de recursos estilísticos, formas incompletas y demás miscelánea, que en su época fueron consideradas parte de la vanguardia, pero que ahora lucen ya, cuando menos, envejecidas y amarillentas de tanto tiempo que han pasado guardadas en los anaqueles de los cronistas. Por otro lado, están también esas ruinas de un país, sobre las que caminamos día con día, a veces con horror y otras con franca indiferencia para no terminar perdiendo la razón, aunque sea para ser capaces de continuar. En fin, hay algo valioso en lo que está arruinado, destruido, incompleto y abandonado, nada más porque de esas cenizas se yergue siempre nueva vida y nuevo teatro.Hermanas, texto de Luis Eduardo Yee, es teatro que representa la ruina desde lo estilístico.

Tal vez, es por eso que se trata de un texto al cual resulta un tanto difícil acercarse, porque se percibe inacabado (que no superficial), en esas transiciones rotas, en la resolución apresurada de ciertas escenas, en lo abrupto de otras, o en el desarrollo disparejo de sus personajes. A veces, hasta da la sensación de ser como un documento escrito en esa libreta de la que habla la obra misma y que ha sido rescatado de entre las llamas. Pero, de manera singular, más que resultar endeble o aburrido por todo lo anterior, termina siendo lo contrario. Podría decirse que pasa algo similar a lo que sucede con esas esculturas antiquísimas, tipo Venus de Milo o Victoria alada de Samotracia, que resultan ser más emocionantes estando rotas. También se me ocurre la comparación con un rascacielos en construcción al que se tiene oportunidad de entrar, habrá en él una gran cantidad de detalles que, de otra manera, jamás podrían ser apreciados. Sí, es un texto con el que tal vez cuesta trabajo establecer una conexión, pero cuando es afrontado con arrojo por las actrices, es capaz de sorprender y de tocar las emociones. Basten de ejemplo dos escenas, una en donde las hermanas juegan a decirse la verdad y la otra en donde Nina le pide a Elizabeta que mire por la ventana mientras van viajando.

El montaje, por otro lado, es valiente. Congruente con la necesidad de búsqueda teatral que seguro caracteriza a su directora, Paty Estrada. Esta vez, ella se percibe a través de su propuesta, como si estuviera ante un palacio aristocrático de la Rusia pre soviética, el cual, con el tiempo, ha terminado por transformarse en un d epósito de pinturas. Recorre al lado de las actrices uno a uno los salones y cuartos, imaginándose y evocando lujos y lujurias que no existen ya. Con maneras sensuales,parece ir descubriendo junto a los espectadores, esa historia rota que subyace en el texto, al tiempo que dibuja cada escena y cada diálogo desde la intimidad de los cuerpos de sus actrices y a veces incluso, en y desde el espacio de representación, sin que ello implique en ningún momento que se caiga en lo vulgar o lo grotesco.

La puesta en escena armoniza pues, con el texto, porque se percibe también como una obra incompleta, inacabada, arruinada. Aunque no por esto se acerca, -ni siquiera un poco-, a la autocomplacencia o a las soluciones perezosas, porque no creo que las características propias de la obra sean producto de alguna deficiencia, falta de trabajo o mera improvisación. Al contrario, el ambiente decadente que se logra apreciar, es más bien una característica majestuosa que enmarca al universo de esas nobles rusas que, durante casi toda su vida, han visto desaparecer al mundo frente a sus ojos, pero que se resisten a quedarse inmóviles. Se enfrentan constantemente a su reflejo. Su reflejo en ellas mismas, una de la otra, y el reflejo de ellas en los espectadores, (que es donde parece que está un espejo al principio de la obra). Y al igual que los espectadores, estas hermanas se la pasan arruinando todo. Arruinan su trabajo, a las personas con las que trabajan, sus familias, al país en el que viven, sus relaciones, sus vidas mismas. Todo queda destruido a su paso, pero no podemos odiarlas, tal vez porque son bellas y extranjeras, o tal vez porque nos recuerdan a alguien que conocemos y que vemos todos los días. En eso radica el encanto y el valor de la obra, porque permite percibir lo arruinado desde una perspectiva ciertamente bella y en ocasiones hasta adorable. Paty, Karina y Daniela saben que hay algo escondido en ese discurso vertido en papel y se toman su tiempo para encontrarlo. Porque cuando se está ante algo incompleto se quiere completar la imagen. Y ante la ruina, surge inevitable la pregunta: ¿qué es lo que había antes aquí? La ruina es pues, cambio, movimiento, búsqueda, un viaje constante de encuentros y desencuentros.

Como ya antes anoté, es admirable el valor que puede percibirse en el montaje. Es evidente que quienes están involucrados no buscan quedar bien con nada ni con nadie, excepto, tal vez, consigo mismos. Muy al estilo de las hermanas, que se enfrentan constantemente al prejuicio de cómo deben ser las cosas y para qué deben servir. En el mundo se espera, a veces ingenuamente, que lo que está destruido vuelva algún día a la normalidad de tiempos mejores, y se cierra los ojos a nuevas posibilidades. Un poco como aquel piano de la obra, que se queda nuevo y al mismo tiempo inservible en la sala de una de las familias, como monumento a cómo deberían haber pasado las cosas y cómo terminaron pasando en realidad. En fin, que estos son algunos elementos que pude apreciar en esta obra, y que traté de poner en esta breve y apresurada disertación. Seguro quien vaya a verla tendrá la mejor opinión, ya que el teatro es un fenómeno vivo que, como Elizabeta y Nina, siempre está en movimiento y arruinándose y reconstruyéndose y volviéndose a arruinar hasta el fin de su existencia.

Por Jorge Arturo Torres Vázquez.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos necesarios están marcados *