Número: 5. Enero 2010
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La CNT a debate
Luis Mario Moncada




Sorprende, en primer lugar, corroborar lo difícil que es en México mantener un debate sin tomárselo personal; a estas alturas resulta elocuente que cuando alguien levanta la mano lo primero que se cuestiona no es “qué tienes qué decir”, sino “con quién estás”. Y tal vez esto sea lo primero sobre lo que deberíamos debatir: ¿Qué significa poner en tela de juicio un concepto, un proyecto, una decisión política?; ¿significa el deseo de aniquilar a mi adversario?, ¿acarrea la consecuencia de que nunca más podré saludar en la calle a aquel con el que intercambié cuestionamientos? Si es así se explica por qué raras veces nos atrevemos a confrontar nuestras opiniones; el teatral es un gremio pequeño y con la piel muy delgada así que lo “razonable” es llevar la fiesta en paz.

En el caso del debate que ha propiciado la enésima refundación de la Compañía Nacional de Teatro lo que resulta curioso es que, en un primer momento, algunos actores de la Compañía se pusieron la camiseta institucional para defender a capa y espada su proyecto de cualquier cuestionamiento, pero súbitamente –como si alguien les hubiese hecho conscientes de lo incómodo que resultaba defender un proyecto del que eran partícipes–, decidieron marginarse de toda discusión. Ambos extremos resultan sintomáticos de nuestra forma de encarar los debates.

En lo personal conozco y he trabajado con muchos de los que hoy conforman la CNT; hay entre ellos actores y actrices con los que he gozado compartir el escenario y otros que me parecen de un talento inalcanzable. No tengo cuestionamientos relevantes sobre la elección de directores, dramaturgos y creativos; podría decir algunas cosas respecto al repertorio (entre ellas que habría que agregar una “A” al final de las iniciales para identificar la orientación alemana de la compañía), pero me queda claro que ese es un terreno sobre el que nunca llegaremos a un consenso y, ultimadamente, para eso hay un director artístico y un Consejo.

Al respecto del director artístico, durante 20 años vi todo lo que pude de Luis de Tavira, y también leí prácticamente todo lo que publicó; pocas veces me he sentido más honrado que el día en que me pidió escribir el estudio introductorio de su libro de aforismos: El espectáculo invisible. No cabe duda que Tavira ha sido uno de los interlocutores fundamentales del teatro mexicano contemporáneo y su nombramiento como director de la CNT resulta incuestionable en razón de sus merecimientos. A pesar de ello debo confesar que, así como durante años sentí la obligación moral de ver todas sus obras, hace cosa de un lustro llegué a la conclusión de que no necesitaba verle un montaje más. Tal vez haya sido una decisión drástica (a eso nos empuja a veces el maestro), pero decidí que había mucho más teatro en el horizonte que tiempo para apreciarlo y di carpetazo a una que para mí fue asignatura fundamental; lo digo con el respeto que también merece un espectador que asume su libertad de elección.

Específicamente sobre la controversia de la Compañía, debo decir que difiero más con el contexto que envuelve el trabajo de la CNT que con la CNT en particular. La compañía cumple este año 38 de existencia y en ese periodo ha tenido al menos cuatro refundaciones: la primera de ellas cuando propiamente se emitió el decreto que la oficializaba, en 1977; la segunda cuando, a partir de 1985, disolvió el elenco estable y asumió el rol de compañía productora; se puede hablar tal vez de una tercera, a fines de los Noventa, cuando la CNT se convirtió en un membrete o sello de garantía para el trabajo de ciertas agrupaciones; citemos una más cuando –después de otro debate que cuestionaba su existencia, aquella vez propiciado por el propio Coordinador Nacional de Teatro–, se intentó ocupar nuevamente el Palacio de Bellas Artes como sede de sus estrenos, esto fue a partir del 2003; y finalmente estamos ante un nuevo pronunciamiento de refundación que tiene como principal característica su autonomía respecto de la Coordinación Nacional de Teatro, así como la reagrupación de un elenco estable. Como podemos ver, la CNT se la ha pasado renaciendo sin que realmente haya muerto en ninguna ocasión, lo que también resulta sintomático de algo. Lo cierto es que no es la primera ni la última vez que la CNT recibirá cuestionamientos sobre su repertorio, sobre sus criterios de conformación, sobre sus presupuestos y hasta sobre sus logros… Tal vez tampoco sea su última “refundación”.

¿Qué es, entonces, lo que en esta ocasión ha encendido el debate sobre su pertinencia? ¿Se debe a la ambición faraónica del proyecto?, ¿a su inconveniente holgura en tiempos de crisis?, ¿a los privilegios impositivos que le cuelgan?, ¿a su anacrónico concepto? Cada quien tendrá sus argumentos, y a ellos yo quiero sumar los míos:

Tal como afirmé en otro comentario, mi primera reacción en contra de la actual constitución del la CNT tiene que ver con el vacío institucional o, digamos, con la falta de contrapesos estratégicos, que es a mi entender como se establece una política; de ello, por supuesto, no tienen responsabilidad quienes redactaron el proyecto de la CNT, sino las autoridades culturales. Desde el inicio del actual sexenio ha sido elocuente la ausencia de pronunciamientos y de estrategias nuevas para encarar la coyuntura del teatro. Cualquiera diría que la razón es que todo marcha de maravilla, pero eso no puede afirmarse cuando los presupuestos se reducen cada vez más (aquí tampoco se le echa la culpa a la CNT) y cuando los edificios teatrales son al teatro de hoy lo que los museos eran a las artes visuales de los Sesentas: mausoleos. Si los hechos son amores, queda claro que después de tardarse un año en hacer su diagnóstico, Sergio Vela consideró que la CNT era su propuesta de solución al problema del teatro nacional. Esto es lo que vería un buen hermeneuta: en sus dos años de administración no hubo otra iniciativa en materia teatral, además de la remodelación de los teatros centenarios; es decir que para el primer responsable de la cultura nacional el teatro era un problema de fachadas.

A este hecho hay que sumarle el silencio –o la mordaza–, que privó en la Coordinación Nacional mientras se anunciaba la nueva etapa de la CNT. ¿Qué decía y qué dice al respecto la instancia encargada de diseñar e instrumentar las políticas teatrales del Estado? Volvemos al asunto hermenéutico para corroborar que el proyecto teatral del sexenio era y es la CNT, porque el resto es silencio.

Se podría responder que allí están los otros programas del INBA: el Teatro Escolar, las coproducciones, la Muestra Nacional, etcétera; también allí siguen las becas del Fonca y allí sigue el Teatro Helénico recibiendo decenas de proyectos, pero hay algo en esto que no checa. Durante 20 años hubo una orientación política que, nos guste o no, tenía como premisa el fortalecimiento del teatro independiente, y durante la última década se había hecho más evidente que el siguiente paso era abrir más espacios de vinculación entre las agrupaciones artísticas y la sociedad; la siembra de pequeños centros culturales autónomos, salas concertadas (o desconcertadas, como les dicen en Colombia). Pero la propuesta que se lanzó (la de la CNT) fue exactamente la contraria: la de centralizar el discurso. Entonces no puede afirmarse impunemente que los demás programas siguen allí, funcionando como siempre; la acción de relanzar la CNT ameritaba una reacción que jamás llegó por parte de la institución.

Cuando todavía dirigía el Teatro Helénico y me preguntaron qué opinaba del rumor de la nueva CNT de Luis de Tavira (tan hermética era su preparación que no circulaba nada oficial), lo que afirmé fue que estaría muy bien si al mismo tiempo se abrían cinco Teatros Helénicos, es decir, espacios de circulación de proyectos independientes. Esa era, desde mi punto de vista, la contraparte a un proyecto de esta naturaleza; pero tal pronunciamiento nunca se dio y yo renuncié porque, además de otras cosas, no me sentía partícipe del proyecto cultural de Sergio Vela. Pero esa es otra historia.

Entonces lo que yo veo es un problema de política teatral en donde la CNT debe ser parte de la configuración, no la configuración.

Hablemos un momento, para terminar, del proyecto específico que planteó Luis de Tavira para la CNT. Yo no veo –más allá de la constitución del elenco estable que tiene como finalidad la creación de un lenguaje y de un discurso (algo que muchas agrupaciones independientes también tienen como premisa)– no veo, decía, ninguna novedad. Todos los directores anteriores han hablado de excelencia, de creación de públicos, de representar al teatro nacional, etcétera. Sus tres líneas de repertorio son exactamente las mismas que planteaba Otto Minera hace ocho años: obras clásicas, autores nacionales y teatro contemporáneo. Sin embargo, Tavira ha pretendido generar una expectativa tan grande (no digo que lo haya logrado), que también resultan lógicas las exigencias y los reclamos.

Delicadas y temerarias resultan, por otro lado, sus afirmaciones respecto a que en México “hacemos obras, muchas, algunas maravillosas, otras menos, de todo tipo y tendencia, pero en rigor, no hacemos teatro. No construimos el edificio de un discurso, de un universo teatral mexicano”. No es la primera vez que lo afirma, pero ya basta de dejarlo pasar como si fuera una mentira verdadera; es como decir que en este país han nacido muchos hombres y mujeres, grandes, chicos, guapos y feos, pero en esencia no hemos procreado mexicanos. ¿Quién y cómo puede determinar tal cosa? Los discursos y las visiones del mundo nos pertenecen a cada uno de nosotros y nadie, con poder o sin él, puede predicar sobre nuestra denominación de origen.

Más adelante nos advierte de otra disyuntiva inminente: “ha llegado un momento decisivo y único en la genealogía de esa sobrevivencia espiritual que conservó vigente al teatro hasta nuestros días. El teatro de hoy enfrenta el desafío de sustraerse de la categoría indeterminada del público para recuperar a su espectador. Porque lo que hoy llamamos público se haya sumido en la masa despersonalizada del mercado globalizador”. El diagnóstico, aunque retórico, es verosímil; sin embargo, también es demagógico al no establecer la forma en que rescatará a ese espectador de la “masa despersonalizada” para convertirlo en individuo. Supongo que Tavira –gran lector– conoce la obra de Jorge Dubatti, particularmente El convivio teatral, donde éste desarrolla con gran lucidez la forma en que las nuevas experiencias teatrales ponen frente a frente a las personas para generar el convivio capaz de subvertir la alienación del hombre. Pues bien, no se aprecia en ninguna de las acciones de esta CNT una estrategia que sugiera mínimamente la forma en que arrancarán a nuestros conciudadanos del “mercado globalizador”.

Un último apunte que tiene que ver, precisamente, con el investigador argentino, quien ha descrito ampliamente la estética de nuestro tiempo, que él define como estética de la multiplicidad; es decir, la proliferación de micropoéticas, tantas como artistas hay sobre los escenarios. Puestas en la balanza la formulación del discurso centralizado y la de la multiplicidad de enfoques, creo que resulta obvio con cual me quedo.

A final de cuentas el arte nunca surge por decreto, sino que brota de las mentes “enfermas” de cualquier civilización. Yo por eso –lo digo seriamente–, últimamente casi no voy a los teatros; prefiero buscar mis experiencias teatrales tocando la puerta de casas y otros espacios imposibles.




Imagen: http://www.bedford.k12.va.us/srhs/Clubs/debate.html

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