Número: 5. Enero 2010
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La Compañía Nacional de Teatro, a 35 años de su creación
Ilya Cazés




Quién sabe en qué andaría pensando Héctor Azar cuando, por ahí de 1975, se le ocurrió que debía haber en México una Compañía Nacional de Teatro. En todo caso, el sentido de su idea era sin duda (lo prueba el proyecto que desarrolló a lo largo de su vida) el de formar un público, generar una cultura teatral, dignificar la profesión, hacer un teatro de calidad. Le tocó a José Solé conseguir que ese sueño se concretara, dos años más tarde, mediante el decreto presidencial publicado en el Diario Oficial de la Federación, el 20 de julio de 1977, y dirigir la agrupación durante prácticamente una década. Le siguieron, de entonces a la fecha, mediando algunas pausas, Julio Castillo, Germán castillo, Alejandro Luna, Otto Minera, Mario Espinosa, José Caballero y Luis de Tavira. Cada uno de ellos le dio a la Compañía Nacional una conducción específica, en función de su experiencia, su perspectiva y su poética particulares.

Hay quien opina que debe desaparecer, por onerosa e innecesaria, por constituir un lujo en tiempos de crisis, y por ser un proyecto burgués, centralista y personal. A favor de esta postura, se argumenta que su conducción es discrecional, su administración opaca y sus resultados nulos. De compartir este respetable punto de vista, sinceramente, con la misma lógica, idéntico criterio y por iguales motivos, exigiría que se eliminara también el rubro de teatro en el Sistema Nacional de Creadores, con su presupuesto elevadísimo e inadmisible en la actual debacle económica, puesto que beneficia a proyectos individuales, distribuidos de manera inequitativa en el territorio nacional, de artistas mayoritariamente no proletarios, cuyos productos son imposibles de evaluar en términos de costo/beneficio. No vería, y por lo tanto pondría en duda cómo y en qué medida contribuyen sus creaciones al desarrollo del teatro en México y, en ese mismo sentido, me rehusaría a que mis impuestos fueran a parar a sus bolsillos. Ampliaría la exigencia: que sea borrado del mapa todo proyecto teatral financiado por el Estado, puesto que esto lo hace “oficial” (volveré sobre este polémico término).

Hay quien piensa que la Compañía Nacional de Teatro debe seguir existiendo. Es mi convicción y la comparto, sin la pretensión de convencer a nadie ni mucho menos de afirmarla como una verdad ineludible. No entiendo por qué tendría que mutilarse un proyecto originado hace seis lustros y que, mal que bien, con altibajos y sobresaltos, a veces mejor, a veces peor, ha logrado sembrar teatro en el país, ofrecer puestas en escena de primera calidad, establecer una relación con el público, generar una tradición y, afortunadamente, conseguir presupuesto. Sugerir su desaparición implica, desde mi punto de vista, y por decir lo menos, omitir los esfuerzos de varias generaciones de teatreros que han hecho historia. Exigir que deje de existir me parece una aberración. Equivale, para aquellos que gustan de las metáforas futboleras, a meter un gol enorme, un golazo, pero en la propia portería, y en los últimos segundos de un encuentro empatado a cero. Confundir el aspecto financiero, las políticas públicas, el proyecto creativo, el modelo, las personas involucradas, y calentarlos a la llama del resentimiento, dará ciertamente lugar a una fórmula explosiva aunque inútil, salvo para quien guste del espectáculo efímero de los fuegos artificiales, pero esté poco interesado en el presente, pasado y futuro de nuestro teatro.

En cambio cuestionarla, debatir sobre su modelo, analizar su trayectoria, buscar su perfeccionamiento, es tan legítimo como necesario. Para hacerlo con responsabilidad, creo que es necesario distinguir sus componentes, discernir entre los diferentes aspectos que implica. Por ello, propongo ir por pasos.


De los dineros

Reclamar que se le baje o quite el presupuesto a la Compañía Nacional de Teatro es tan absurdo como dejar de exigir que se eleve el de todos los demás rubros que debe atender la Coordinación Nacional de Teatro. Hay que precisar, además, que los 18 millones con que cuenta no provienen del presupuesto de la Coordinación Nacional de Teatro, sino de una partida especial del CONACULTA, por lo que no afecta a la primera en su ejercicio para el desempeño de las tareas que le corresponden. Eso explica, además, la autonomía aparente con la que se percibe que opera la Compañía respecto a la jerarquía inmediatamente superior en el organigrama. Si contrastamos los 22 millones de la Coordinación con los 18 de la Compañía, no me parece escandalosamente elevada la asignación de la segunda, pero sí me resulta alarmante lo reducido de la primera.

¿Tenemos que sentirnos culpables por tener una Compañía Teatral en tiempos de crisis? Yo creo que no. Al contrario, me enorgullece que exista este espacio a pesar del desastre financiero en que está sumido el país. Si no podemos ver como un logro el que la Compañía tenga presupuesto, ni como una aportación merecida en beneficio de nuestro quehacer, es porque persistimos, en nuestro archipiélago de egos, incapaces de asumir lo que propone y obtiene el de enfrente como propio y esperar que el vecino sienta suyo lo que proponemos y aportamos: el teatro es un bien público, no lo digo yo, lo dice la Ley de Cultura, y como tal, es obligación del Estado fomentarlo, preservarlo, difundirlo, dignificarlo. Bienvenido el presupuesto. Y mientras no se asigne anualmente a la cultura, como plantea la UNESCO, 1% del Producto Interno Bruto, habrá que seguir reclamando que se eleve el financiamiento a todos los programas y proyectos del teatro mexicano.

Creo que, en cuanto a los recursos, el director actual de la Compañía ha sido claro, al divulgar en los medios la suma con la que cuenta, las puestas en escena en las que proyectó invertirla, y los convenios que contemplaba establecer. Comparto y defiendo la idea, el principio ético de que todo funcionario público debe rendir cuentas sobre el modo en que invierte el dinero que se asigna al proyecto que tiene a su cargo. Desde mi perspectiva, eso se ha hecho: sé cuál es el monto que tiene asignado, y sé que no proviene del presupuesto de la Coordinación. Ciertamente, desconozco cuánto han costado al erario la producción, la nómina y la publicidad de cada puesta en escena en particular. Ya solicité los datos al IFAI, que tiene 20 días hábiles para responder. Pero creo que cuando tenga los datos, yo no tendría elementos para juzgar de manera objetiva si la inversión fue correcta o no. Sólo me restaría entonces evaluar si el costo corresponde o no con mi apreciación de determinada puesta en escena: me gustó, los vale; no me gustó, no los vale.

En suma, me inclino más por la elevación del presupuesto para el teatro mexicano que la eliminación de la Compañía, me parece un principio elemental preservar lo que se ha logrado y luchar por lo que falta, que pugnar por un borrón y cuenta nueva en cuanto al uso y distribución de las asignaciones actuales. En mi opinión, más que defender la idea de que se baje la suma otorgada a la Compañía, hay que exigir que Juan Meliá cumpla el compromiso que contrajo, al asumir el cargo, de conseguir más recursos.


Del proyecto

Tal como fue imaginada por Azar en 1975, la Compañía Nacional de Teatro sigue seleccionando “obras, elencos y equipos creativos que participan en cada montaje, bajo criterios de excelencia, estableciendo un equilibrio entre la dramaturgia nacional y la internacional, entre el teatro clásico y las propuestas contemporáneas de vanguardia; además de ser un instrumento de educación, de formación de públicos, pero sobre todo de desarrollo de la cultura teatral del país, tanto para los artistas como para los espectadores”, como lo establece el INBA. Su función y su sentido no han variado un ápice en tres décadas y media. Aunque me resulta difícil entender por qué ahora se cuestiona su pertinencia y viabilidad, estaría muy interesado en conocer los argumentos objetivos y las propuestas alternativas de quien desea su desaparición. Por lo pronto, a mí no me basta con que se le tache peyorativamente de “oficial” para justificar su desaparición.

No olvidemos que el teatro occidental, como lo conocemos ahora, nació casualmente de un accidente político y es resultado de la adopción por el Estado, en otras palabras, de la institucionalización de los rituales dionisiacos funerarios y matrimoniales: el tragoedion y el komos, en el marco de las festividades olímpicas organizadas por el gobierno ateniense desde el siglo VI a.C. Los antropólogos deben tener algún término para ese fenómeno, pero es fácil darse cuanta de que en cualquier cultura, un rito apropiado por el Estado se convierte en espectáculo. Por cierto, las compañías surgieron precisamente en esa época, para satisfacer la necesidad de entrenamiento corporal y vocal, de especialización actoral, musical y poética y de estabilidad y continuidad que exigía la participación en las competencias olímpicas. Persistieron con el teatro romano, se convirtieron en puys durante la edad media, se transportaron en carros de comedias durante el renacimiento, se adscribieron a la corte en el barroco, el neoclásico y el romanticismo, inventaron el realismo y el naturalismo a finales del XIX y principios del siglo XX, siempre propiciando dramaturgia innovadora, métodos actorales inéditos, inventando nuevas poéticas y creando público teatral.

Volviendo al presente, si bien vivimos en una era totalmente diferente, las cosas no han cambiado demasiado en cuanto al sentido y a los elementos básicos de una compañía: gracias a los tres elementos básicos que dan sentido a una compañía: el financiamiento, la estabilidad y la generación de un proyecto teatral específico, acorde con las exigencias de su tiempo y, sobre todo, con la necesidad de transformar la realidad. Este último es el que, afortunadamente, si cambia de compañía a compañía, si varía del director de una misma compañía a otro, con base en su propia experiencia y visión del teatro, lo mismo que se transforman las épocas en que existen.

Todo funcionario público debe rendir cuentas. No sólo del dinero que se asigna a su proyecto, sino del propio proyecto. Para mí, el actual director de la Compañía ha sido claro al respecto desde el principio: anunció y realizó su reestructuración, generando plazas dignamente remuneradas para garantizar la calidad y concentración del elenco y residencias que aseguran la diversidad creativa.

Su repertorio, según declaró el director desde principios de este año, intenta ser una oferta equilibrada y plural para el espectador nacional, y contempla obras de la dramaturgia universal, teatro mexicano y nuevas teatralidades. “El repertorio de la Compañía estará vigente prácticamente todo el año e irá en aumento, calculo que en tres años, siguiendo este tren de trabajo, podamos contar con 15 espectáculos, lo cual es otra manera de entender el teatro y evitar el tremendo dispendio artístico que supone el seguir trabajando en la producción de eventos a agotar, según las leyes del mercado, creemos en las leyes de la interlocución que ha de crear un público nacional” (…) “Estamos anunciando un repertorio que cubrirá tres rubros principalmente, el patrimonio universal del teatro (…), la dramaturgia nacional (…) y en el tercer rubro será atendida la emergencia de las teatralidades de última hora, para que el espectador mexicano se ponga al día en las búsquedas de este momento” (El Universal, lunes 16 de febrero de 2009).

Desde mi perspectiva, el teatro mexicano enfrenta, por sobre todas las cosas, el problema de la falta de público. El éxodo paulatino de espectadores de las salas de teatro no es, ciertamente, un problema de los espectadores, es un problema del teatro. Con honestidad, se debe asumir que el teatro no constituye una necesidad para quien no asiste a verlo. Si la gente no asiste al teatro es, antes que nada, porque no le representa una necesidad, no le resulta útil ni conveniente, porque es dispensable. No es el espectador el que ha restado al teatro su pertinencia, es el teatro el que ha dejado de serle necesario y, por lo tanto, de figurar entre sus opciones y alternativas. El teatro mexicano tiene que asumir de manera urgente la responsabilidad de reaprender a serle necesario a un público cuya sensibilidad ha cambiado; tiene que analizar cómo constituir para el espectador latente una necesidad e inventar cómo satisfacerla. Tiene que reconstruir en la práctica la relación con ese público ausente. No olvidemos que, en México, de cada 10 habitantes, 6 no han ido nunca al teatro, y de 100 que asisten a algún espectáculo público, sólo 28 van al teatro.

Creo que la Compañía Nacional de Teatro, bajo la dirección de Luis de Tavira, ha asumido el compromiso de encarar este desafío, a través de la interlocución y de una oferta variada y equilibrada. “La meta que tenemos y no debemos olvidar es la formación del espectador nacional. Un espectador que no se forma como consumidor de eventos aislados, sino como interlocutor de un discurso escénico” (Milenio, 2 de julio de 2009). Por observar un compromiso con la sociedad a la que se debe, la Compañía Nacional de Teatro me parece viable, y considero pertinente y congruente el proyecto de su director. Las cuentas que deberá rendir permitirán evaluar, en el plazo de 3 años que él mismo señaló, si cumplió con ese cometido y, por lo tanto, si fue justa o no la asignación presupuestal otorgada a la Compañía.


Del director de la Compañía Nacional de Teatro

Como toda persona que haya ocupado y ocupe ese puesto, Luis de Tavira ha impreso a la Compañía Nacional de Teatro, inevitablemente, su propio sello. Le ha dado un sentido y una función, con base en su experiencia indiscutible y en la perspectiva que ésta le ofrece de lo que debe ser el teatro.

El contenido de su propuesta escénica, por más que desempeñe un cargo oficial al frente de una agrupación oficial no es, ni de lejos, una propaganda del régimen. Por el contrario, ve al teatro como una herramienta de transformación de la realidad, a través del análisis crítico de la sociedad y de la exploración existencial en la condición humana.

La gestión de un hombre como Luis al frente de la Compañía me da confianza porque, más allá de mi apreciación subjetiva sobre sus montajes, comparto plenamente el sentido que le da al teatro, su posición política y su visión transformadora de la sociedad. Con base en estos principios, en la amplia trayectoria que lo respalda y en la meta de crear un público a través de la interlocución, no sólo se legitima para mí su cargo, sino que también, y sobre todo, entiendo que lo que él haga dirigiendo la agrupación nos conviene a todos, me conviene a mí. Es en ese sentido que, si bien no pertenezco a la Compañía, veo que la Compañía me pertenece, nos pertenece.

Luis de Tavira no necesita quien lo defienda. Si es visto como un dios, volverá heroico para quien así lo vea cualquier enfrentamiento que se le haga. No soy su portavoz, ni pretendo protegerlo de la rendición de cuentas que, por lo demás, ya demostré que existe. Sólo comparto mis argumentos sobre la visión que tengo del teatro mexicano: no es la única, por eso estoy abierto al diálogo.

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