Número: 5. Enero 2010
Puebla >> Crítica
La mosca
Rodolfo Pineda



Mosca de Fabio Rubiano Orjuela se estrenó el 2002 en Bogotá con la dramaturgia y dirección de Fabio Rubiano Orjuela quien, a través del rigor, logró un éxito que es de todos conocido. Basado en Titus Andronicus de Shakespeare, el texto de Rubiano pide para su montaje el uso de tres mesas donde debiera ocurrir toda una serie de acciones que unen, semiótica y teatralmente. La propuesta posmoderna de Rubiano se alimenta del original y logra contarnos otra historia a partir de un ejercicio teatral con el genio y el riesgo que implica retomar y retocar a Shakespeare.

Por decisión dividida entre dos jurados (y teniendo en contra de este premio a quien esto escribe) se le otorgó a Mosca dirigida por Abel Tovar de Teatrofilia AC, la mitad del premio entre dos obras ganadoras de la Muestra Estatal de teatro poblano Héctor Azar 2009, donde el tercer lugar se declaró desierto. También se le otorgó a Abel Tovar el premio como mejor director, con lo cual no quede conforme.

Hay que señalar que en el programa de mano aparece tachado el crédito de César Gonzalo (Bassiano, enamorado de Lavinia). Lo cual nos confirma que omitieron a un personaje del texto original de Rubiano que, debe llevarse a cabo con siete actores y dos actrices. A esta omisión hay que agregar la falta que se hayan copiado uno o más de los diseños de vestuario (véase la foto de Lavinia en ambos montajes), además de que incurren en el uso de la música de la película Titus protagonizada por Anthony Hopkins.



El personaje de Aarón (Olimpo de Corvera) en vez de mostrar la energía y peso escénico de uno de los más logrados villanos de Shakespeare. Vimos, en contraste, un Aarón débil, caracterizado superficialmente, cargado de clichés, que grita, manotea, gime y cae en un tono melodramático.

Procella Romero (Tamora) aparece en escena sobreactuada, con una estética de “mala de Disney” y no deja de gritar de manera sobreactuada, por lo que el rol antagónico de la obra queda reducido a una mala broma en escena. El personaje de Tito, que como sabemos debería encarnar el “prototipo del héroe trágico”, es decir, alguien que es capaz de soportar dolores que matarían a cualquier otro hombre y que es además el protagonista de la trama: exige una caracterización interna compleja del personaje (debe transitar de lo trágico a lo estrafalario) lo cual es un reto con muchos riesgos para el actor que lo encarne. Amancio Orta crea un Tito superficial. Un “héroe” que cojea con un pie doblado hacia adentro (recurso fácil pero no eficaz) que, sumado a la escaza proyección de imágenes y emociones del actor, nos deja ver sólo clichés, efectos superficiales y vicios, con lo cual el personaje (y su historia) que se nos muestra en escena, se queda muy lejos de conmovernos, emocionarnos o hacernos reflexionar ante la ironía o el humor negro (muy diferentes a la risa fácil) de la propuesta.

Lavinia (Susana López) es la misma cuando la vemos aparecer por primera vez, cuando la violan, cuando le amputan manos y lengua, cuando hace que aborte Tamora y cuando Tito la mata. Por otra parte todos los símbolos que se plantean a través de ella se ensucian y desdibujan en escena.

Quinto (Omar Karim) y Lucio (Roberto del Castillo) pelean con espadas, pero sin generar con ellas ningún peligro. Ni ellos mismos creen que se trate de armas: las usan como utilería e incluso llegan a tocarse, con los filos de la espada sus cuellos. No creen y no crean nada. Cada vez que se suben a las mesas evidencian que lo hacen porque así se les trazó, no porque tenga sentido para ellos. Así entran y salen de escena sin apropiarse del espacio, con ejecuciones superficiales. Pero las cosas no mejoran con Chirón (Alfredo Cruz) y Demetrio (Vlad Villegas) que en escena consuman la violación y mutilación de Lavinia, asesinan a los hijos de Tito y engañan al propio Tito hasta que él los mata, descuartiza y decapita mostrándonos, de manera simbólica, sus cabezas impresas en papel y luego los guisa para servírselos como alimento a su madre. Vemos a dos actores disfrazados de algo que no son. Ambos permanecen en escena complacidos y complacientes; desconcentrados e incapaces de proyectar emociones ni imágenes. Ambos ejecutan acciones sin objetivos y tiran por la borda toda posibilidad de salvación del que observa este trabajo falto de rigor.



Imagen: http://pueblaenvivo.com

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