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  1. Alfredo Vargas Ortega
    6 julio, 2016 @ 5:26 am

    Concuerdo con lo expuesto aquí por El Rinoceronte Enamorado (ERE) y, de paso, me parece que es un tema que debería abrirse en el ámbito teatral nacional. El asunto de que los estados – la provincia- siga siendo vista desde la carencia y el rezago y no como una plataforma que sirve para entender los fenómenos teatrales y artísticos que nos acercan (y distancian también) en todo el país. Si las instituciones de cultura, además, se empeñaran en lo que menciona ERE: impulsar y profesionalizar a los artistas locales, la cosa no tendría mayor contingencia. Pero no, el centro sigue mandando. No creo que la MNT deba desaparecer, como se ha venido declarando desde hace tiempo. El problema es el centralismo que sigue vigente con una Coordinación Nacional de Teatro que sigue moviendo los hilos desde su cetro, con la complicidad de las instituciones que en lugar de impulsar los talentos regionales siguen las líneas de acción que ordena el INBA. En Aguascalientes, por ejemplo, luego de diez y seis años de ausencia del Programa Nacional de Teatro Escolar (siendo la entidad donde este proyecto cobró vida a nivel nacional) reapareció con un director y una obra que no cubrieron las expectativas. Una temporada que solo llegó a la mitad y un trabajo que quedó a deber. Bien. Quizás lo importante fue el acto simbólico de volver a contar con dicho programa. Pero, a un año de su reaparición, la selección de la última convocatoria, ofrece más dudas que certezas. Se elige a directores y creativos foráneos, de acuerdo al gusto y elección de un jurado que quizás no entiende el fenómeno teatral de Aguascalientes y que decide como cuando el pediatra diagnostica a un menor. Es decir, los artistas de los estados siguen siendo tratados como faltos de capacidad y como permanentes sujetos de aprendizaje. Es decir, con desdén. Lo mismo sucedió en la 36 MNT, el trabajo local fue casi ignorado y no hubo ni seguimiento ni atención detallada a los trabajos de los grupos (Telemaquia solo documentó las puestas en escena de los mismos, para decirlo coloquialmente); la ‘comunidad’ teatral -del centro, principalmente- no se tomó la molestia por saber quienes son la gente de teatro local; salvo honrosas excepciones. Lo que ERE reflexiona, debe abrir la posibilidad de que los institutos culturales inviertan adecuadamente, primero, en el desarrollo y profesionalización de los artistas locales y, luego, romper con esta terrible inercia que es ser súbditos de las ‘grandes figuras’ provenientes todas del centro. Saludos.

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